miércoles, 20 de julio de 2016

Alzamiento Nacional. Concordancias

No explicaré el porqué, pero el caso es que ando envuelto en lecturas sobre el Alzamiento Nacional del 18 de Julio… de 1854, hoy, 18 de julio. Oigo en alguna emisora recuerdos desvaídos —menos mal— del Alzamiento del 36. A la mayoría de españoles vivos esto les suena ya a Viriato o más atrás.
Aquel 18 de julio, el de 1854, O’Donell se alza en armas para restablecer LA PAZ y EL ORDEN, ¿por qué me suena esto? Es “La Vicalvarada” , que desemboca en una revolucion(cita) y abre el periodo conocido como Bienio Revolucionario, presidido por Baldomero Espartero, el del caballo. El otro 18 de julio, el de 1936, ha dejado de interesarme desde hace años: otro general, Franco, se subleva contra una República desmadrada, le declara la guerra y una vez “vencido y desarmado el ejército rojo”, se instala, inmisericorde, con los más amplios poderes durante cuarenta años en todas las jefaturas habidas y por haber.
Hoy, 18 de julio de 2016, me dispongo por la tarde a catalogar en Caldeandrin Anticuaria un libro de José Pemartín (José María Pemán), lujosamente encuadernado en piel con el escudo real dorado en cubierta (seguramente para algún regalo institucional), titulado Los valores históricos de la Dictadura española, con prólogo del general Primo de Rivera (1928), otro dictador, aunque éste algo más respetable. En su interior un registro de lectura, todavía no se utilizaba el término “marcapáginas”.


Se trata de la invitación que hace el dictador congoleño Joachim Yhomby-Opango, sanguinario, a una recepción en mayo de 1978 en La Habana, Cuba comandada por otro dictador en pleno esplendor por aquellos días: Fidel Castro. Busco información sobre Yhomby-Opango, el único de este póker de dictadores del que no sé nada, y casi entro en estado de pánico.
Recapitulo: En la conmemoración de la victoria de un dictador, leo la invitación de un dictador que se encuentra de visita en la nación de un dictador, contenida en un libro sobre un dictador, cuando estoy estudiando la revolución de un dictador.
Me queda el eco de expresiones de conveniencia: alzamiento nacional, revolución social, revolución nacional-sindicalista,estado mayor especial revolucionario, revolución martiana, directorio… ¡Que manera de disfrazar los crímenes! Con lo diáfanos que son los términos DEMOCRACIA y DICTADURA.

domingo, 10 de julio de 2016

Omara Portuondo & Diego el Cigala

Diego el Cigala y Omara Portuondo en el Circo Price de Madrid: un concierto olvidable. 


Leo críticas del día siguiente y me afirmo en la idea de que yo ya no veo bien. El Cigala acusa cierto cansancio existencial, se le nota. Todas sus canciones me sonaban a lo anterior con Bebo Valdés, aunque la voz desgarrada sigue siendo estremecedora. Le empieza a sobrar virtuosismo, ese manierismo molesto de los consagrados. Y Omara, echando mano de recursos cada vez que perdía la letra de sus boleros a base de son, de frases musicales repetidas hasta la extenuación, de alguna que otra payasada perdonable (son ochenta y cinco años). Sigue manteniendo la voz de cuando le cantaba al Comandante "No se rinde nadie, no señor". La sala casi al completo de cubanos de Omara y madrileños de Diego (La Flaca y yo), entregados ellos a la adoración a los dioses. Un fallo nuestro: olvidamos la petaca de Havana Club en casa. Hubo hasta su miaja de baile en las butacas.
Lo mejor, los músicos. ¡Cuánto siento no poder nombrarlos ahora! Ni los programas de mano, que no los había, ni las críticas se han ocupado de ellos. Pero escuché un solo de contrabajo, largo, profundo, arrebatado, que fue lo mejor de la noche.
El "Siboney" de Omara me transportó a la infancia, cuando mi madre me lo cantaba en la cama: "Mamá, cántame Siboney". Eso fue antes de que me llevaran a vivir en el palacio, pero es una historia para otro lugar. La nostalgia de mamá y del castrismo se nos borró con un cóctel de ginebra más tónica (lo de yintoniz no acaba de entrarme) en una terraza popular de Atocha.

domingo, 24 de abril de 2016

Miguel de Cervantes, mi vecino

Han pasado diez años y  acabamos de dar sepultura a doña Catalina, la viuda de Miguel de Cervantes. Los recuerdos se me vienen a la memoria. El día del entierro de Miguel, nuestro vecino, había mercado en Antón Martín, y el tráfago en el barrio no se debía precisamente al óbito. Habíamos dejado su cuerpo amortajado con el hábito de san Francisco  en  el convento de Las Trinitarias. Allí se había sentido acogido en los últimos meses cuando asistía a la misa los domingos y encomendaba a Dios, eso decía él, en el memento defunctorum a fray Juan Gil, el trinitario de Arévalo muerto ya hacía algunos años, el que puso fin a su cautiverio en Argel. Lope, el vecino que vivía casi enfrente de nosotros, envidioso a ratos y siempre envidiado, no asistió al sepelio. ¡Qué se le iba a perder a él allí, en el entierro de aquel viejo que escribía malas comedias y peores versos! Claro, que tampoco asistíó ningún otro poeta ni amigo del Parnaso, ¡y mira que hay poetas en este barrio, más que tabernas! Apenas una docena de vecinos de Francos, el León y Cantarranas que en sus últimos días le habíamos asistido y confortado.
Dos días antes nos había leído a Tello el tonelero  y a mí en presencia de su mujer la dedicatoria del  último libro que le había tenido ocupado en los últimos meses:  “ Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…”
—Voy a dedicárselo al Conde de Lemos —nos dijo— con la esperanza de que lo haga llegar a las prensas, porque es mi mejor obra. Otra cosa ya no cabe esperar.
—¿Mejor que el Don Quijote?
—La mejor de todas cuantas he escrito será esta historia que ya no veré impresa. Se titulará Los trabajos de Persiles. Ojalá el producto de la venta sirva para aliviar las estrecheces en que dejo a Catalina.
Doña Catalina se apartó para llorar sin que él la viera.
  
*  *  *

La casa de Francos ha quedado cerrada y vacía. Tello y yo y los demás vecinos del barrio recordamos muchas veces la última vez que visitamos a Miguel, tan convencido de que su Persiles le iba a dar fama imperecedera. Yo creo que erró. Aunque está repleta de aventuras, nada hay comparable a aquellas otras del Caballero de la Triste Figura y su escudero Sancho. Tampoco sirvió para sacar de pobre a Catalina. Que Dios los tenga en su seno. Amén.

lunes, 8 de febrero de 2016

Teoría de Pradosegar 7 / El tío Lobero

Hace cien años. Lo contaba mi padre, que en sus primeros años fue un niño de pueblo, no un niño yuntero, pero casi. Aunque la redacción sea mía, a él le debo la historia.

El tío Lobero, que era saludador, venía todos los años por febrero, cuando El Frontal brillaba con el hielo en las lanchas y el arroyo de Los Tejos se precipitaba impetuoso desde las majás de Serrota. Una tarde cualquiera llegaba el tío Lobero a la casa del abuelo Valentín, el secretario, al arrimo de la lumbre donde calentarse, esperando un zañico de pan con queso que le diera la abuela Inés, el ama, y goloseando un trago de vino y alguna perra para picadura. Recorría los pueblos exhibiendo una piel de lobo que había cazado una mañana—eso decía— después de perseguirlo por cañadas y cordeles, hasta que de un garrotazo lo había dejado seco a sus pies (no lo tengan en cuenta nuestros ganaderos, que puede costarles caro). El relato espeluznante terminaba con un ofrecimiento de ensalmos: «Que sepan ustedes que un servidor, además de lobero, es saludador. Ensalmo a las vacas y las protejo de lobos y otros males, porque tengo los poderes que me da la cruz de Caravaca que llevo… aquí, aquí mismo». Y abría la bocaza desdentada para meterse el dedo en el paladar y mostrar la enseña milagrosa. Nadie iba a comprobar si lo que decía era verdad verdadera asomándose a aquella caverna que apestaba a vinazo. Pero el abuelo Valentín no dejaba pasar la ocasión del examen. «¿Y dónde dices que llevas la cruz?, a ver que la veamos bien», quería asegurarse. Y cuando el tío Lobero abría las fauces, el abuelo Valentín, «abre más, más», mientras le examinaba el paladar ayudándose con con el hierro de capar a los marranos. «Algo sí se ve», afirmaba con su media sonrisa. Después llegaba el ensalmo en el pajar. El saludador echaba un trago de la bota y lo espurreaba sobre la suiza: «Que la Virgen de Caravaca te libre de lobos y de todo mal, amén». Y ya la vaca quedaba ensalmada y protegida para todo el año.


Que tomen buena nota los ganaderos, la Consejería de Fomento y Medio Ambiente y la Diputación. No hay por qué armar tanto ruido con los lobos. Basta con buscar al tío Lobero.