domingo, 11 de octubre de 2020

El Porvenir Avilés, presentación

 El Porvenir Avilés, presentación.

Inmaculada Zaragoza García, directora de la Hemeroteca Municipal de Madrid; Jesús Arribas, investigador y doctor en Filología Española, y Mayda Anias, escritora y editora de Caldeandrín Ediciones, explican qué es y cómo se publicó el primer periódico de intereses materiales, de industria, literatura y arte de Ávila (1852-1853).

Joya bibliográfica, con un excelente estudio introductorio de Jesús Arribas. 




sábado, 13 de junio de 2020

Vivíamos en un palacio / 19. Ana Mari

Ana María Arribas Canales (Ávila, 1945 – Valladolid, 2020), el personaje de “la hermana” en Vivíamos en un palacio y la hermana real que quedaba con vida hasta ayer; hoy, ya solo el recuerdo inmediato de nuestra última conversación telefónica, en la que nos habíamos comprometido para almorzar juntos cuando levantaran a los viejos la prohibición de aparecer en público. Ha fallecido el pasado día 12, cuatro días después de cumplir los setenta y cinco años.
Es también el recuerdo de los años de infancia en la casa de Caballeros donde había nacido, cuando fue apropiándose de mis juguetes y libros (El príncipe destronado, de su vecino Delibes).

En alguno de ellos ha quedado estampado el ex─libris ingenuo de su paso por el colegio de Las Nieves y alguna que otra “chuleta” entre sus páginas.

No he llegado a tiempo de que pudiera ver impreso el librito que preparo y del que, al menos, me habría gustado leerle el fragmento de un capítulo donde aparece como personaje, pero ni eso ha sido posible. Lo doy aquí como recuerdo emocionado y también como regalo emotivo para sus tres hijas: Anabel, Beatriz y Marta.

“Misa en el pasillo

Las primeras vacaciones tuvieron su remate con la celebración de una misa en el pasillo de mi casa con Bescós como oficiante. Nos lo tomamos muy formalmente. A mí me tocaba hacer de monaguillo una vez más. El tío de Bescós, el canónigo, tenía una réplica perfecta en miniatura del altar mayor de la catedral que no dejaba que nadie tocara; pero bueno era el sobrino para acatar prohibiciones.
Una tarde de finales de agosto decidimos decir nuestra primera misa. Convocamos a Espe y a mi hermana, las dos feligresas de confianza que acababan de cumplir los seis años, ofreciéndoles confesión, misa y bautizo de la muñequería. Habíamos invitado también a las Espín, que eran aficionadas a la escena, pero no lo vieron claro. Las feligresas hicieron también de sacristanas: convencieron  a mamá para que les dejara instalar los reclinatorios, que eran dos sillas del comedor, prepararon las hostias con recortes que les dieron las Adoratrices en un sobre y pusieron sobre el altar improvisado dos velas de las que encendíamos cuando había apagones. Espe y la hermana, con el velo cubriéndoles la cabeza y un rosario nacarado en las manos, se colocaron en los reclinatorios con sus criaturas. Bescós y yo nos vestimos nuestras sotanas y roquetes, el mío primorosamente bordado por la tía Sor con símbolos cuyo significado ya comprendíamos: el pez, el pan y las uvas, la ballena de Jonás, el crismón… Aquel roquete era el pasmo de palacio.

─Tú harás de monaguillo─ había sentenciado el padre Bescós ─y, si viene Escribano,  te pasas a diácono.
Escribano, cuando se incorporó:
─Yo no sé latín.
Y Bescós:
─Es igual, el diácono sí que sabe.
Cuando todo estaba dispuesto para el introito, Bescós:
─Antes hay que confesarlas.
Las sillas pasaron de reclinatorio a confesonario, las lamas del respaldo eran las celosías y nosotros en el asiento, con las dos penitentes arrodilladas y compungidas por sus pecados, todos veniales: no obedecer, no lavarse las manos antes de comer, no rezar antes de dormir… todos, pecados por omisión.
Una vez arrepentidas, confesadas e impuestas las penitencias, tres avemarías y un padrenuestro, dijimos la misa en latín, el oficiante le propinó alguna que otra patada al monaguillo cada vez que a este le fallaba la liturgia, dimos la comunión con los recortes de las monjas y pasamos a la ceremonia del bautizo: los muñecos, una palangana y una concha de vieira de las que mamá utilizaba los domingos para servir el helado casero. Mi padre, tan escéptico él, derramó una rebatiña de grageas y perras gordas que hicieron que oficiantes y feligresas se olvidaran de sus papeles y rodaran por el linóleo del pasillo a la caza de aquel regalo llovido del cielo gracias a la súplica:
                            Eche usted, padrino,
                            No se lo gaste en vino
                            Eche, eche, eche, eche,
                            No se lo gaste en leche.
Al día siguiente tuvimos que confesarnos en la convivencia con don Baldomero. A los dos nos pareció que no se lo había tomado tan a mal como temíamos”.

Descanse en paz la hermana.

lunes, 18 de mayo de 2020

Atriles y tribunas para una pandemia

Dentro de unas semanas cumpliré ochenta años. No solo no me importa confesarlo, sino que me siento satisfecho de haber sobrepasado con creces el año 1984, aquel hito que me parecía inalcanzable en tercero de bachillerato, cuando don José Muñoz nos reveló en clase de historia que un tal Orwell había escrito un libro con ese título. El confinamiento me pilla recuperándome de una intervención quirúrgica a vida o muerte y una hospitalización que ha coincidido con la fase crítica de la COVID 19, así que me ha tocado vivir en directo el trajín y el desconcierto de las UCI, los cambios de una planta a otra a medida que la pandemia iba ganando terreno, incluso el traslado de centro cuando la situación se convirtió en crítica. Mi familia me ha salvado. También buena parte de los sanitarios que me han atendido se merecen mi gratitud profunda; algunos otros, los menos, ni fu ni fa.
Ahora, contemplo la vida desde la butaca que he instalado frente al balcón y vigilo en plan vieja del visillo el comportamiento de la gente: mira, este no guarda la distancia social, aquel lleva la mascarilla en el cuello, esa ha decidido que la pandemia no va con ella… Admiro con envidia el vuelo enloquecido de los vencejos. Leo con la Flaca  el Quijote, como otras veces que he estado malo. Oigo la radio y echo un vistazo a la prensa en Internet. Estoy empeñado en terminar un librito de memorias de infancia que he ido adelantando por entregas hace tiempo en este blog. Hago esfuerzos por no vomitar si me encuentro con ellos y ellas en el paso rápido por la pantalla, hablando sin la menor empatía desde sus tribunas y atriles (ellos y ellas, innombrables, lo siento). Miro con nostalgia un proyecto de edición que se nos quedó colgado en la imprenta en febrero, pendiente solo de revisar las pruebas (¿llegará algún día a presentarse?). Me entretengo devorando series, hojeando revistas antiguas de nuestra librería y sacando tiempo para ponerme al día de lecturas pendientes. Doy paseos por la casa: treinta y dos pasos de un extremo a otro, calculo que unos veinticuatro metros, o sea más de setecientos metros en media hora (que es lo más que aguanto de un tirón), por tres tirones al día son algo más de dos kilómetros. Hablo por “guasap” con la familia y los amigos.

En fin, hago lo que puedo por no convertir en cárcel el confinamiento.
Procuro no salir de casa: además de no confiar en los del atril, me resulta deprimente encontrarme las calles vacías, la gente como zombis, los establecimientos cerrados y las palomas guarras arrullándose a sus anchas. ¡Vaya primavera de mierda!

Así que dejen de dar bandazos y de animarnos a los viejos con canciones de ánimo, conciertos a media tarde y mensajes de aliento. Ocúpense en decirnos la verdad desde el atril, en proteger a los sanitarios, garantizar la atención de los desasistidos y aceptar de una vez que el estado de alarma no basta, que el estado es excepcional, se llame como se llame.

Y muestren alguna empatía con los que estos años de atrás han venido echando una mano en las familias: cuidando a los nietos, ayudando a los hijos a pagar el alquiler o la hipoteca, estirando sus pensiones. Se merecen algo más que acabar siendo un número en la estadística de los fallecidos. 

viernes, 3 de enero de 2020

2019-2020. Antes de entrar dejen salir

Renuncio a hacer balances. Tampoco quiero hacer una lista de buenos propósitos que, por lo general, conducen al aburrimiento. Mi memoria, cada día que pasa más selectiva, hoy solo retiene lo acontecido los últimos días. Es lo que sigue:

23 de diciembre. Coincido en la churrería Alameda de El Rollo con Óscar. La cola de los vecinos de San Nicolás sale por la puerta. Comentamos las ventajas e inconvenientes de preferir el chocolate al café con leche para mojar. Tema bizantino.

24 de diciembre. La Flaca me saca a pasear por El Soto, que todavía muestra las huellas del temporal reciente: prados que perecen lagunas y algunos patos que debían de pasar camino del Sur y se han encontrado con el regalo del arroyo Grajal corriendo. Por la noche, cena familiar con los hijos y la nieta. No oímos el discurso del Rey ni las gansadas de la tele. Improvisamos las nuestras.

25 de diciembre. Felicitaciones desde Estocolmo, Amancio (Cuba), Amberes, Argel, Madrid, Ávila. La tarde para ver en Netflix Los dos papas, una peli reveladora.

26 de diciembre. Suenan en la radio los ecos desganados de las negociaciones más bien negocios de ellos, con el ruido de fondo de tribunales, abogacías del Estado, partidos políticos y analistas: ¡un asco! Por alguna razón relaciono la confusión con la pularda rellena de ayer y estoy a punto de potar.

27 de diciembre. En el Mercado Chico se agolpa la gente para reforzar la despensa con vistas a Nochevieja y el Año Nuevo. Mi verdulero de cámara me mira con desconfianza cuando pido dos kilos de zanahorias, kilo y medio de calabaza y un par de granadas. Apenas se atreve a desearme feliz salida y entrada.

28 de diciembre. Recibo mi pedido de vinos y cavas catalanes. Mi rechazo de los “indepes” no llega a la paletería de maridar la política con la mesa: impugnar el queso Roquefort  por lo del Dos de Mayo o el ron cubano por el Desastre del 98. Dada nuestra historia, apenas podríamos poner en el plato algo más que nabos y borraja.

29 de diciembre. Nos las prometíamos felices en Madrid visitando la exposición de Los impresionistas y la fotografía  en el Thyssen, pero la cola y la hora prevista de acceso nos hacen desistir (otro día será); así que atravesamos la Acrópolis madrileña ─Neptuno, el Ritz en obras, la Academia, el Casón, el Salón de Reinos─ para entrar en  en El Retiro y pasear por el jardín del Parterre recordando otro tiempo. El sol y la mañana radiante anuncian UN PORVENIR mejor (otro día explicaré esto). Camino del almuerzo, entramos en Casa Mira: una cajita de marron glacé en recuerdo de Mamá y un roscón de Reyes, todo carísimo y el personal de la tienda como cuando Galdós. La comida en un restaurante gallego previa reserva. No se puede hacer caso de opiniones de los clientes en los foros.
Llegamos ansiando una buena merluza a la gallega, como aquella que servían en Pereira, en la Calle Cervantes; pero no, lo que sirven es merluza a la vasca en salsa verde, o un cogote, por cierto reseco. Pido llevarme las sobras (casi todo) para preparar un sopa de pescado con el acompañamiento de unas almejas para la comida de mañana. Eso me pasa por no ir donde siempre, a Las Bravas del callejón del Gato.

30 de diciembre. La sopa resultó riquísima.

31 de diciembre. Vamos a Pradosegar a felicitar a los amigos. Charo nos pone al día de acontecimientos y afanes, y nos regala unas morcillas de las de toda la vida. Ángel se pelea con la estufa. Ángeles y Begoña nos reciben en la casa familiar, (año 1903 reza en en dintel), que sigue guardando el recuerdo de los veranos de la infancia. Águeda se ha caído por la escalera y está magullada. Ya en casa, más felicitaciones y deseos de que antes de entrar dejen salir. Cena sencilla con cava. Pactamos no cumplir con el ritual de las doce uvas, ni con el de ver las memeces de Mota y los demás.

1 de enero. La mañana pegado al televisor. Primero la Misa desde San Pedro del Vaticano, ¡brillante espectáculo! El papa Francisco anda algo cojo.Y después, el Concierto desde Viena, este año dirigido y protagonizado por el letón Andris Nelsons, un entusiasta disfrazado de catalfalco. Genial todo: la misa y el concierto. La mañana de Año Nuevo es el último respiro antes de que mañana (hoy ya cuando escribo) dé comienzo el “año de la pularda”. ¡Que Dios nos tenga de su mano!