lunes, 29 de abril de 2019

Por qué fuimos de UPyD


Los dos firmantes de este artículo / manifiesto fuimos en su día candidatos por Ávila a las Generales por Unión Progreso y Democracia (UPyD), aquel partido que la prensa y los políticos se empeñaron en bautizar como “el partido de Rosa Díez” a la vez que le negaban el pan y la sal cuantas veces pretendía aspirar a ser oído, porque para eso ya estaba allí cerca (¿cerca?) Ciudadanos, con quien era obligado unirse, más bien disolverse.
Creímos entonces y creemos todavía en la existencia de una tercera España, heredera de la política que hizo posible el entendimiento entre izquierda y derecha para salir de la Dictadura franquista; que dio los mejores frutos de su historia para la convivencia y el progreso de los españoles.


Nosotros no creemos en maldiciones históricas ni en leyes divinas que nos condenen al enfrentamiento, al rencor y al sectarismo. Creemos en dirigentes que antepongan la visión de Estado a la contemplación de su propio ombligo; y desconfiamos de políticos “profesionales” y élites  que no dudan en condenar en unos lo que aplauden en otros, que fomentan el rencor y la desmemoria, y disfrutan despertando entre los ciudadanos el sentimiento de aldeanismo y exaltando las diferencias territoriales para encubrir sus intereses y ambiciones, que solo aportan victimismo y enfrentamiento entre españoles.
Creemos, con la Constitución, que España es una única nación, cuya soberanía reside en el conjunto del pueblo español. No creemos en una España plurinacional, entelequia grotesca heredera del carlismo más cerril.
No creemos que el pensamiento progresista / reaccionario que envilece a la izquierda española y a sus satélites mediáticos, intelectuales y artísticos tenga el monopolio de la verdad, la moral y la democracia. Tampoco creemos en una España empeñada en encontrar su mejor perfil en la herencia franquista y en aquella sociedad del NODO y las masas de la Plaza de Oriente. 
Por todo ello, nos enorgullecemos de haber sido de UPyD y de habernos quedado (por ahora) en tierra de nadie.
Porque en UPyD respaldábamos las palabras con los actos.
Porque la lucha contra la corrupción no fue un mero eslogan oportunista.
Porque UPyD  se negó a entrar en el obsceno  reparto del poder judicial.
Porque Montesquieu no ha muerto aunque los políticos “profesionales” se empeñan en enterrarlo.
Porque fuimos rebeldes y supimos decir no.
Porque consideramos que el lenguaje tiene género y no sexo.
Porque defendemos la existencia de Israel y el legado de la cultura judeocristiana.
Porque el comunismo y los neofascismos nos parecen aberración de otro tiempo.
Porque no olvidamos a las víctimas del terrorismo, para las cuales pedimos justicia, verdad y dignidad, sin justificar nunca al victimario en función de su carné.
Porque entendemos  cualquier nacionalismo como reaccionario.
Porque preferimos la razón al sentimentalismo.
Porque nos consideramos ciudadanos adultos, con derecho a no ser manipulados.
Porque contemplamos la unidad de España como un valor que debe compartirse por los españoles sin complejos de la izquierda y la derecha
Porque nunca hemos creído en el dialogo con nacionalistas ni terroristas.
Porque sabemos que no existe democracia sin el cumplimiento de la ley ni fuera de la Constitución.
Porque seguimos siendo reformistas y no revolucionarios de chalet y piscina.
Porque sigue importándonos poco que los grandes partidos hayan hecho y sigan haciendo lo posible por silenciarnos.
Porque nos gusta la fiesta de los toros, la zarzuela y la ópera, el fútbol de Tercera y el baloncesto, las caravanas de moteros y las competiciones de calva, el hornazo de Pascua y el gin-tónic, las ferias de ganado y los salones del automóvil, la poesía de Antonio Machado y la de Gil de Biedma, el cine de Garci y el de Berlanga; en fin, nada en exclusiva.
Porque sigue importándonos la política al margen de encorsetamientos de partido y proclamas. Por todo ello, nos es difícil encontrar dónde apuntarnos.
El pueblo envilecido por el rencor y el resentimiento deja de ser pueblo para convertirse en  “chusma”. La ciudadanía desinformada no es ciudadanía sino “gente”. Una nación solo es entendible si está compuesta por ciudadanos libres e iguales, y no por gente resentida o enajenada. Consideramos que nuestra dignidad reside en la dignidad de los demás. Nos declaramos, en fin, herederos del humanismo y el racionalismo que han conformado los mejores logros de nuestra cultura.

Luis Represa Conde / Jesús Arribas Canales

viernes, 28 de diciembre de 2018

Incorrectos insurrectos. (I) Hablando en plata

Con esta nueva etiqueta de INCORRECTOS INSURRECTOS me propongo ir escribiendo mi testamento político-ideológico (ahí es nada), seguro de que no le importará a nadie; pero también convencido de que, si ahora no escribo sobre todo lo que me importa / no me importa, no descansaré en paz en el círculo del infierno (el Sexto) que el Dante  ha reservado en su Commedia para que podamos reunirnos los herejes.
Hoy la insurgencia va por el tabú lingüístico. Reivindico el uso de palabras como “maricón” y sus derivados “mariquita”, “mariconazo” (tan entrañable en su matiz cariñoso), “mariconzón” (que tanto le gustaba a Fidel); “ puta “ (putón verbenero) , “tortillera”, “solterón  -a”, “negro  -a”.  Para qué seguir…
A propósito de “negro”: he asistido hace unos días a la presentación y proyección en Casa de América del documental  Gente de pelo duro, de Toni Romero y Fátima Osia, negros los dos. Fue una sesión  rica en sugerencias, no solo por la excelencia  del documental, sino por la naturalidad con que el público y los participantes en el coloquio se enfrentaban al término “negro, -a”, sin buscar ridículos subterfugios eufemísticos ni atajos; y menos, una excusa para justificar  insultos racistas contra quienes somos más o menos “blanquitos peste a leche”.

Exijo no ser contemplado como troglodita y viejuno cuando afirme que el mejor título para la obra de Fernando de Rojas es la que encabeza la edición de Alcalá de Henares (1569): Libro de Calisto y Melibea y de la puta vieja Celestina; o que El maricón de la tía Gila, de Francisco de Goya, es más que “una obra sobre la diferencia”, como se la ha calificado no hace mucho  para convertirla  en aceptable en estos tiempos de obscena pacatería; o que Pilar Millán Astray, hermana del fundador de la Legión y de Radio Nacional de España (se lo juro), me hizo reír en su día con una obrita que llevaba por título el incorrecto de La tonta del bote, interpretada en el cine (1970) por  María de los Ángeles López Segovia (más conocida como Lina Morgan, la cómica más tonta de todas las tontas); o que La solterona me parece una buena traducción para The old maid (The fifties) de Edith Wharton.

Cocina en miniatura, micromachismo, heteropatriarcado, técnico en eliminación de residuos sólidos, alumnxs, catalanas y catalanes…  ¡mandangas! Todo este lenguaje impostado solo sirve para que algunos y muchas adquieran en los medios la relevancia que nunca habrían obtenido con su cuota de mediocridad, más algún que otro sueldo suculento.

Pero ¡cuidado!, esta reivindicación no impide que proclame mi respeto por todos los hombres y mujeres que están  siendo marcados con el hierro amable del eufemismo por los mayorales de lo políticamente correcto; siempre que no se dediquen a levantar la bandera de la diferencia en beneficio propio o de sus padrinos o madrinas. Que banderas, ya sobran.

viernes, 31 de agosto de 2018

Premio LIBER 2018 para la más grande

Almudena Grandes, premio Líber al autor hispanoamericano más destacado

El premio reconoce la capacidad de la autora para “crear una obra literaria centrada en la mujer y en la historia reciente de España”


Hasta aquí, el titular y la entradilla (El País, 31 de agosto de 2018, el periódico de Almudena).

Me llega un wasap indignado por lo que se trasluce detrás de la concesión del premio otorgado por la Junta Directiva de la Asociación de Gremios de Editores de España. Corrijo y añado: 1.-No es el Instituto Cervantes la entidad que concede el premio (faltaría más). Así que nada que sospechar del nepotismo del marido. 2. Sí sería curioso investigar qué ha movido en realidad al "cojogremio" (Caldeandrín Ediciones no está en ninguna de sus asociaciones) para la concesión del premio a la autora de ´Las edades de Lulú´ (la mejor de sus novelas "centrada en la mujer", ¿o no?). 3. Hay un tufillo de querer arrimarse al poder, cuanto más cerca mejor: Cojogremio -- Instituto Cervantes -- Ministerio de Cultura  -- Gobierno (Guerra Civil, Memoria Histórica, Mujeres al poder, etc.) -- Negocio. 3. Echo en falta un poco de pudor por parte de los Gremios, que han elegido apostar a caballo ganador: ¿se imaginan el premio concedido a un escritor (sexo H) "por crear una obra literaria centrada en el varón"?
Pues eso. ¡Qué hartazgo!

viernes, 13 de julio de 2018

Lenguaje inclusivo, ¡ni hablar!


Se lo advierto: no practicaré el uso del lenguaje inclusivo en mi discurso hablado y menos en el escrito, por mucho que las ministras (también algún ministro) me lo quieran imponer bajo la amenaza de pasar a formar parte de su lista de “machirulos”. Mi condición de filólogo (poco relevante, lo sé, no ocupo ni ocuparé jamás un sillón en la Real Academia Española) me lo impide. Aprendí que el masculino en las lenguas del tronco indoeuropeo es abarcador de los dos géneros: el masculino y el femenino: “homo sapiens”, “el hombre y su circunstancia”, “el hombre de Neandertal”, “el artista del año”, “los incas”, “los miserables”, “los ricos”, “los catalanistas”, “los católicos”, etc.

Me pasa lo contrario que a muchas: que si empleo el –os, -as  (los incas y las incas, los ricos y las ricas, los y las periodistas) no puedo evitar en mi mente un sentimiento de “inclusión” condescendiente, en plan “bueno, vale sí, también ellas” que me sobresalta por el sema de patriarcalismo, que es justo lo que ellas, las legisladoras del neo lenguaje pretenden evitar: justo al revés.
Me temo que es demasiado tarde para mi reeducación, señora. Repaso cuanto he escrito con ánimo de corregirme y proceder a raspar con piedra pómez  mi escritura de palimpsesto, y no me sale, lo siento.

Así que si la RAE cae en la tontería de atender las demandas de ellas y de ellos (¿ven?: aquí sí que hay que “incluir”, porque hay lindos en ambos bandos), si las atienden, decía, tampoco pasará gran cosa: seguiré practicando mi español patriarcal, fiel a lo que aprendí en Nebrija, Rafael Lapesa, Dámaso Alonso, Fernández Ramírez y en la lectura de mis clásicos, desde al Arcipreste hasta Irazoky. Allá cuentas con quienes estén dispuestos a pasar a la posteridad por su ridiculez. No los acompañaré.