viernes, 30 de abril de 2010

Manqueospese

Desde Sotalbo, por una pista forestal que en su arranque no ofrece mayor esfuerzo y se vuelve abrupta a medida que se asciende por la estribaciones del collado, el paseo nos lleva a la contemplación del castillo de Manqueospese, ya saben, el de la leyenda de don Álvar Dávila, enfurruñado porque no le dejaban cortejar a doña Guiomar... y entonces va y se pone: "Mal que os pese, he de ver a vuestra hija", y construyó el castillo en un lugar imposible para ver desde allí en los días claros a la novia, que ondeaba el pañuelo desde el balcón de El Rastro a los turistas que bajaban hacia La Santa. No se me da lo de las leyendas, lo habrán notado, no tengo sensibilidad para estas cosas.
En algún recodo del camino, el castillo desaparece detrás de un roquedal imponente que lo protege como muralla natural. Algo más arriba, comienza a recortarse la mole maciza de la fortaleza, colgada del cielo como la ciudad de un cómic gótico.
No debí subir hasta la entrada, no debí entrar en el recinto, no debía haber paseado por el adarve. La otra tarde he sentido allí la vergüenza que sus dueños o inquilinos no conocen. ¿Que hacen tres pupitres desvencijados en la explanada de la puerta? ¿Y el esqueleto de otros diez o doce esparcidos por un patio de armas embadurnado con pintadas? ¿Que hacen estos dos colchones en un cuartucho? ¿Y los restos de entarimado sin orden ni concierto? ¿Y estas garrafas de agua vacías flanqueando la puerta principal? Y latas y restos de tarimas y plásticos y uralitas y más pintadas en una mampostería de pésimo gusto.
El escudo de los Dávila derribado en la entrada es un símbolo de cómo la barbarie puede acabar apoderándose de las leyendas que yo no sé contar. Don Álvar Dávila es hoy un quadtrero que habita en esta especie de comuna libertaria y guarra, y los sábados baja por la pista forestal, montado en su quad, reventando el firme del camino, a buscar a la chorba. ¿Quién es el dueño del castillo?, ¿quiénes lo habitan?, ¿cómo puede ser?

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