miércoles, 5 de mayo de 2010

Vivíamos en un palacio 4 / Estudio


Dos ratos al día, cada uno de hora y media o dos horas, teníamos Estudio. En un antiguo salón del palacio con balcones a la huerta, el prefecto nos cuidaba, "¡No quiero oír ni una mosca!". Los prefectos eran seminaristas de Quinto, a punto de saltar a Ávila y convertirse en filósofos. Ellos también estudiaban durante aquellas sesiones si les dejábamos. Podía levantarme a consultar, pero antes debía armar bien la pregunta para que no se notara que, en realidad, se trataba solo de estirar las piernas y dar una mínima muestra de independencia. Uno de los prefectos más serios y exigentes con la cosa del silencio era Olegario: ¿el teólogo González de Cardedal?, es posible. Allí pasábamos las horas muertas repartiendo la atención entre las diez frases, "las diez siguientes para mañana, bien traducidas", y la luz cegadora del cielo estrellándose en los tableros plantados de la huerta.
José Luis no se concentraba si no estaba sobándose el lóbulo de la oreja izquierda con la mano derecha, y Tomás, su hermano, columpiaba las piernas, que le colgaban de la silla, como un autómata. Vicente era la garantía de que nada era intraducible y Rafael era un maestro en ordenar aquello hipérbatos violentos de los textos latinos, ¡qué manía de ponerlo todo patas arriba, los clásicos". Joseantonio, mi amistad particular, se carteaba conmigo desde dos filas más atrás, a la derecha, mediante recados escritos en diminutas esquelas que volaban certeras: "¿Te acuerdas de la tarde del bautizo?" (que no se me olvide contarlo otro día), y yo: "Cállate, que nos la vamos a cargar"; pero a Josantonio solo era capaz de callarle su tío el canónigo, y no estaba allí por suerte para él. "A ver, Bescós y Arribas (para algunos superiores solo teníamos apellidos), ¿qué os traéis entre manos?".
Una tarde, Domingo estudiaba sin poder sentarse, de codos sobre el pupitre. Se lo impedía un divieso rebelde en el culo, que llevaba siendo motivo de bromas crueles desde hacía días. Pero la peor, la más dolorosa, estaba por llegar. Joseantonio, que ocupaba el pupitre detrás del suyo, me había advertido: "Estate atento". Fue mirarle y le vi catapultar el pie izquierdo, con el que lanzaba siempre el córner a pesar de ser diestro, para practicarle una cura cruenta del divieso. Gritos de dolor de Domingo, reprobaciones del prefecto, desconcierto y risas. Y el prefecto:
-Arribas, ¿qué ha pasado?
No sé de dónde me salió:
-¡A mí qué me cuenta!
A Joseantonio, la operación quirúrgica le costó una carta a su tío y que se pusiera en entredicho su vocación, ¡con lo claro que lo teníamos los dos! Y yo debí escuchar una plática del vicerrector por maleducado, que no me pareció demasiado convencida, por un leve rictus que se aproximaba a la sonrisa. Poco a poco, iba yo labrándome una fama.

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