jueves, 22 de abril de 2010

Vencejos en la Muralla

Llegaron ayer, cualquiera sabe de dónde y cómo. Por la mañana aparecieron las primeras bandadas de vencejos, como surgidas de una explosión y, a lo largo del día, el grueso de la emigración fue enseñoreándose de los cielos. No se los ve todavía muy confiados. Los aviones, como siempre los llamábamos, están en la tarea de reconocer el campo de vuelo y los pasillos de acceso a sus cobijos. Ellos no aterrizan; se lanzan como pilotos suicidas contra los muros donde han establecido sus hangares y con un pliegue de las alas, visto y no visto, desaparecen en sus cuevitas. Las colas de horquilla, las alas extensas y el negro intenso del plumaje hace que parezcan a veces golondrinas, pero los traiciona el chillido enloquecido, el griterío salvaje.
Volaban por San Vicente y El Rastro inquiriendo qué habría sido de los antiguos nichos de toda la vida, los mismos que aprovecharon sus antepasados desde los tiempos de Ramón y Urraca. Muchos no encuentran cobijo y vuelan desconcertados, sin entender que la Muralla estaba necesitando un alicatado a fondo: "El nicho que me han dejado no está donde siempre", se queja un macho, "y lo han alisado, apenas puedo agarrarme". "Pues yo no quepo en el mío", grita una venceja grande que anida entre los dos cubos más arrimados de El Rastro. "Aquí no va a haber sitio para todos, debían habernos avisado". "Nadie avisa de nada que no sea el horario de las procesiones", comenta agrio otro cuyo tatarabuelo andaba por aquí en abril del 31.
He estado hablando con ellos un rato y les he sugerido que aniden por dentro, donde todavía no lo han enfoscado todo, pero gritan que ni hablar, que necesitan el paisaje abierto para distinguir el diminuto perfil de los insectos y para sentirse libres; que lo de vivir dentro es cosa de palomas cagonas y de ratas, tal para cual. Están pensando en organizarse y venir un día todos al Mercado Chico, a manifestarse y hablar con el Alcalde, para solicitar más accesibilidad porque algo han oído AL RESPECTO.
¡Que sobrevivan! ¡Que no se marchen a Arévalo o Medina! Los necesitamos aquí, rayando el aire del verano hasta dejar el folio del cielo hecho una red de borrajatos y ensordecernos con sus gritos de libertad.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya me parecía a mí que alguien más pensaría en lo del alicatado y los vencejos. Imagino que se reacomoden, por eso de que en la naturaleza sobreviven..., en fin, como se pueda. Tanto como nosotros ahora.

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