martes, 20 de abril de 2010

Vivíamos en un palacio / 2. Sierra contra Moraña


El segundo día se nos fue en organización. No habíamos llegado todos la tarde de los mareos, pero a lo largo de la jornada siguiente el palacio recibió a los que venían de los pueblos del Tiétar y de la vecina Toledo. En aquellas pocas horas, ya habíamos adquirido la categoría de veteranos para mirar con cierta compasión a los recién venidos: simplemente, ya no éramos los últimos.
De manera natural -aunque también es posible que se debiera a algún sustrato oculto-, los nuevos fuimos clasificados en dos formaciones que no tenían identidad ni reglamento: Moraña o Sierra. Se daba por sabido que los morañegos eran toscos, nobles y hacían el saque en el frontón más lejos; mientras los serranos se mostraban astutos y más ágiles con la pelota para buscar la banda. Los morañegos eran rubicundos y macizos, mientras los serranos parecían cetrinos y un poco tirillas. Aquellos primeros días nos aplicamos en reconocernos dentro de las etnias que alguien había fijado. Era evidente que lo teníamos difícil. ¿Dónde encajábamos los de la Capital? Nadie nos quería en su tribu: los de la Moraña nos contemplaban con cierto desprecio, y los serranos, otro tanto. A unos y otros les parecíamos demasiado blanquitos, con una fisionomía (así lo decía Ingelmo, el más etnólogo de todos) un tanto blanda, de nenitas. Nadie nos quería en el frontón. No nos quedó más remedio que formar una tribu particular y minoritaria para defender nuestra condición de niño-de-ciudad, con la ayuda de los de otros cursos que ya habían pasado por lo mismo. Nos relegaron a jugar en el frontoncillo divido en dos que era, en realidad, la parte trasera del frontón grande.
Toda aquella segregación se venía abajo cuando pasábamos de la pelota al fútbol. Entonces, serranos y morañegos echaban la alineación a pies y nos elegían primeros porque, al parecer, éramos buenos en los regates y en el área.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Uno se queda con ganas de más. ¿Cuándo saldrá el 3?

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