domingo, 14 de noviembre de 2010

Berlanguiano

berlanguiano, -a (adj.).- Referente a la estética de Luis García Berlanga.

O sea… que si se trata de que España no entró cuando entonces en el Plan Marshall porque lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, en vez de enfocar el objetivo hacia una historia enfurruñada de brazo en alto, contubernio y mirada clarilejo(s), se inventa una historia folclórica de castellanos vestidos de andaluces y a los americanos que los vayan dando. O un verdugo entrañable que todos quisiéramos tener de invitado en casa. O una muñeca hinchable para sentarla desnuda en el sofá, que escuche sin decir ¿ah, sí? cada treinta segundos. O un marqués como Luis Escobar, un capellán como Agustín González, un hijo como José Luis López Vázquez y un criado como Luis Ciges (¡Dios, qué solos nos estamos quedando!), capaces de convertir la caspa en valor cotizable. Que nadie sueñe con ser sacralizado, aunque sea director de periódico, militar de alta graduación, obispo o político-con-espléndido-porvenir. Que nadie pueda refugiarse en guerras en las que venció o fue vencido, para sacar pecho o andar lloriqueando por los rincones, os robamos la vaca en cuanto os descuidéis. ¿Qué hay que irse con la División Azul al frente ruso para purgar los pecados de los demás y los propios nunca cometidos, porque así puede uno abrirse algún camino en la España miserable de la posguerra?: pues allá se van los dos Luises (Berlanga y Ciges), ¡vaya par de soldados!, tan lejos de los gastadores que abrían los enésimos desfiles de la victoria. Que nadie espere misericordia para discursos huecos ni para caridades institucionales poco sinceras. ¿Cómo no ser berlanguiano si ha crecido uno esperando la siguiente película, otra clase de erotismo más o la última falta de respeto a los valores acendrados?
Como Kennedy, cuando dijo en Berlín aquello de “yo también soy berlinés” (siempre he creído que pudo haberlo dicho porque prefería las berlinas para sus encuentros con la Monroe), me proclamo berlanguiano en mi manera de ver la realidad. Y también un poco austrohúngaro.

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