miércoles, 19 de enero de 2011

José Luis Pajares edita a José Francés

Hay escritores con más fortuna que calidad, pienso cuando he rematado la lectura de la novela titulada Como los pájaros de bronce, del escritor madrileño José Francés: larga vida, fortaleza física envidiable, don de gentes, admirado por las lectoras de los años veinte y treinta, crítico de arte respetado y perejil de todas las salsas culturales en el Madrid de posguerra. Y, por si fuera poco, ahora viene José Luis Pajares a reeditar aquella novela absolutamente olvidada, no sé si espoleado por la excelente tesis doctoral de María Piedad Villalba Salvador sobre “José Francés, crítico de arte”. Que José Luis Pajares es persona de iniciativas, que asume riesgos y no depende de las instituciones para echar a andar proyectos, lo acaba de demostrar una vez más hace algunas semanas, cuando presentaba la página web avila.es con un caudal de información riquísimo. Cuando lo saludé, finalizado el acto, le dije con sinceridad “gracias”, porque era un regalo lo que ponía a nuestra disposición generosamente. La escasa atención que los medios de comunicación de la ciudad han prestado al acontecimiento, en contraste con la extensión concedida siempre a “los de siempre” y por lo de siempre, es señal, José Luis, de que caminamos por buena senda quienes confiamos en nosotros mismos y hemos decidido desprendernos de la lactancia obligatoria.
¿Qué vio José Francés en Ávila para convertirla en escenario simbólico de la historia que cuenta en Como los pájaros de bronce? Creo que Francés fue el continuador, ya un poco tardío, de una corriente narrativa que arrancó en 1876 con Pérez Galdós, cuando coloca la acción de Doña Perfecta en Orbajosa. Poco después, en 1884, Clarín construye con La Regenta una ciudad, Vetusta, de nombre también simbólico, pero reconocible desde el principio por los lectores: Oviedo. Aquel era el escenario perfecto para mostrar a una sociedad poseedora de todos los vicios de la burguesía urbana o semirrural. El fenómeno de su difusión y el éxito editorial animaron a continuar la fórmula con mayor o menor fortuna. Había nacido el género de la “ciudad levítica”, un término manido que le serviría a Unamuno para escribir alguna broma intelectual de las suyas. Pero el caso es que el camino fue recorrido por otros narradores menores y mayores, como el abulense José Zahonero, autor de El señor obispo (1887), una historia descalificadora de la sociedad abulense, que más tarde, tras la “conversión” del autor al catolicismo radical, sería edulcorada en Cantarín cautivo (1906); por Pío Baroja cuando inventó Castro Duro, más rural que urbana, para su novela César o nada (1910); por Manuel Ciges Aparicio, el gobernador asesinado en esta ciudad en 1936, con Villavieja, para ubicar la acción de su novela del mismo nombre (1914); y, dando un salto en el tiempo en busca de la brevedad, por el prolífico José Francés en la Urbesacra de Como los pájaros de fuego, publicada en 1917, reeditada en 1921 e incluso traducida al francés.
Urbesacra es una ciudad terrible, catedralicia y feudal (¡como hubiera disfrutado Unamuno con la frase!), en la que a veces asoma de manera difusa el urbanismo de Ávila, más evidente cuando la acción transcurre en el escenario de la Catedral, convertida por el autor anticlerical en crisol de lascivias; y desvaído cuando se aleja de referencias tan obvias como las murallas o el Adaja. No contaré aquí el argumento galante y cruel, porque el editor no querrá perder ni uno solo de los lectores posibles de esta tercera edición, pero sí les aviso de que la mejor manera de enfrentarse a la historia de amor-desamor de Tulio Moncada y Elisa Toeger sería disfrazarse por dentro de lectores de los de antes, de aquellos de mesa camilla con brasero y café con pastitas. Y dejarse llevar por la experiencia de descubrir qué leían nuestros abuelos medio a escondidas: libros que siempre residían en la parte alta de las estanterías para evitar, casi siempre en vano, que los nietos descubriéramos el mundo antes de tiempo.
Los abulenses de Urbesacra son estereotipos inventados desde el prejuicio, la misma Urbesacra es poco fiable en su apariencia, pero el caso es que Francés, seguramente influenciado por su trato con el pintor López Mezquita, decidió que Ávila podría ser motivo de inspiración para su “novela levítica”, uno de los muchos relatos que escribió. La obra constaba en el Índice de libros prohibidos de 1922: un aliciente más para leerla, ahora que ya se han clausurado los actos de celebración del XXV aniversario de la proclamación de Ávila como ciudad Patrominio de la Humanidad y podemos volver a ser heterodoxos. Esto también es patrimonio.
También hoy, gracias, José Luis. Que tengas tanta suerte con tu protegido, José Francés, como él ha tenido contigo, tú con mayor merecimiento.

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