martes, 9 de agosto de 2011

La memoria de Ciges Aparicio en Ávila y lo de Poyales


En la madrugada del día 4 al 5 de agosto se han cumplido setenta y cinco años del asesina-to en Ávila del escritor Manuel Ciges Aparicio a manos de un grupo de falangistas de Valladolid.
Cuando se proclamó la República, Ciges militaba en la Izquierda Republicana de Manuel Azaña y ocupó el cargo de gobernador civil en varias provincias. En 1933 está en Baleares, donde coincide con Francisco Franco, que es allí comandante militar. Según me contó su hijo, el actor Luis Ciges, la relación de las dos familias fue correcta y Franco, en 1936, cuando supo la noticia del asesinato del escritor, habría expresado su pesar (pura anécdota que nada arreglaba). La caída de Azaña le devuelve a Madrid, donde lo encontramos poniendo en marcha un periódico para Izquierda Republicana con la cabecera de Política, que nació como semanario en marzo de 1935. Cuando en 1936 se produce el triunfo del Frente Popular, volvemos a verlo en el cargo de gobernador civil, esta vez en Santander. Allí tiene que enfrentarse a los falangistas e intervenir con firmeza en la implantación de la enseñanza laica. Dirigentes obreros, de un lado, y fascistas, del otro, le hicieron difícil cualquier labor de moderación y arbitraje. Llegamos a la etapa final de su vida comprometida, tema del que en su momento me ocupé entre dificultades sin cuento, que darían para un título que podía ser “Investigar a contracorriente”, debido a la nube de silencio que ha ocultado durante mucho tiempo su paso por la ciudad de Ávila, su muerte e incluso su enterramiento. Por ello, me detengo hoy en estos últimos días de la vida del escritor.
Tras un breve paso por el Gobierno Civil de Lugo, recala en el gobierno de Ávila en julio de 1936. Va a sustituir a otro gobernador-escritor, Antonio Espina, que ha pasado por la ciudad sin pena ni gloria. Seguramente va a ser un cargo breve porque, al parecer, según testimonio de su hijo Luis, le tenían reservado el puesto de embajador en Cuba. Llega Ciges a la ciudad el 4 de julio. La residencia y dependencias del Gobierno Civil se hallan en el viejo palacio de Los Serrano, hoy convertido en un centro cultural. Ciges, su esposa Consuelo, que era hermana de Azorín, y los cuatro hijos del matrimonio ―Manuel, Luis, Carlos y Pura― se acomodan en una ciudad “catedralicia” que por fuerza tuvo que traerle a la memoria aquella otra ciudad utópica, Villavieja, creada por él años atrás. El Diario de Ávila, “al felicitarle por su nombramiento”, le desea “grata estancia entre nosotros y aciertos para regir los destinos de la provincia”. Apenas le da tiempo al gobernador a fijar los días de visita “para evitar gastos y molestias a aquellas personas que vinieran a la capital procedentes de la provincia” y a publicar una circular “llamando la atención de aquellos ayuntamientos que aún no han enviado relación de los señoríos enclavados en los respectivos términos a los que pudiera aplicarse la reforma agraria”.
El día 18 de julio se suceden las idas y venidas desde la sede del Frente Popular y la Casa del Pueblo al Gobierno Civil. Las noticias de Madrid son confusas y las milicias rojas montan guardia en la Plaza de Castelar, frente a Los Serrano. En las primeras horas del 19 de julio, Ávila ya no es una ciudad tranquila. Las pocas fuerzas de guarnición que hay en la ciudad se han unido a la sublevación militar. En la mañana del mismo día llega una orden de Saliquet, general de la séptima división, ordenando al comandante militar, Costell, que declare el estado de guerra. Acompañado del comandante Rubio y de miembros de la Guardia Civil, rodea el edificio. Suben los militares a la residencia del gobernador y encuentran en ella a Ciges, acompañado del fiscal de la Audiencia y del presidente de la Diputación, entre otros. Costell, tras recluir a las milicias que forman la guardia en la cárcel, de la cual acaba de salir liberado un grupo de falangistas de Valladolid entre los que se encuentra Onésimo Redondo, comunica al gobernador Ciges que está destituido de su cargo y queda allí custodiado en calidad de detenido. Mientras, el alférez Vallejo procede a clausurar la Casa del Pueblo. El bando de Vicente Costell Lozano, que declara el estado de guerra, termina de esta forma tan “tranquilizadora”: “Ciudadanos de Ávila: Recomiendo y exijo a todos la máxima serenidad en esta situación que no va contra derechas ni izquierdas y mucho menos contra nuestros hermanos proletarios; sino únicamente a instaurar en la República Española de un modo radical y desconocido hasta hoy el respeto a la Ley, la Justicia, la Libertad y el Trabajo. (...) ¡¡ Viva España!!”.
Ciges, en compañía de su esposa y de sus hijos, se esfuerza en vano por conocer lo que ocurre. No tiene acceso a la prensa ni puede oír la radio. Según su hijo Luis, que en aquellos días fue su principal enlace con algunas personalidades de Ávila, la inactividad y el aislamiento le van inquietando cada vez más. La llegada de las escuadras falangistas de Valladolid marca un punto de inflexión en el estilo de vida de la ciudad, que había aceptado la sublevación sin que hubiera derramamiento de sangre. Comienzan las “operaciones de limpieza”, se producen los primeros fusilamientos en el patio de la cárcel, se cambian los rótulos de las calles y se encienden las hogueras de siempre para quemar libros y cualquier impreso que se pueda relacionar con la izquierda.
El día 4 de agosto llega la orden de reclusión del gobernador Ciges en la prisión provincial:

“Comandancia Militar. Ávila.- Sírvase V. admitir en esa Prisión como detenido gu-bernativo a disposición de mi Autoridad a D. Manuel Ciges Aparicio, exgobernador civil de esta ciudad.- Ávila, 4 de agosto de 1936.- El Comandante Militar: José María de Vilches.- Sr. Director de la Prisión Provincial de esta Ciudad”.

“Ingresa en esta Prisión, procedente de ésta, entregado por la fuerza pública en con-cepto de detenido a disposición del Comandante Militar de esta Plaza, con orden de dicha Autoridad que se une. Se acusa recibo”.

Ciges estuvo en la cárcel de Ávila solo ese día. Según su expediente carcelario, el mismo día 4 fue puesto en manos de la autoridad militar:

“Es entregado este sujeto al Teniente de Seguridad para conducción a esta Coman-dancia Militar, en virtud de orden de dicha Comandancia, que se une”.

Se estaba cumpliendo un protocolo siniestro que después se repetiría hasta la saciedad en los dos bandos: se procedía a la excarcelación por los mismos que lo habían encarcelado y, acto seguido, se le ponía en libertad lo bastante cerca de quienes serían sus verdugos:

“Es puesto en libertad el individuo a quien este expediente se refiere en virtud de or-den que se une.- Se acusa recibo”.

Esta nota anterior es el último documento que hace referencia a Ciges en vida. El mismo día 4 moría en el frente el capitán Jesús Peñas, un abulense muy estimado que había sido quien leyó el día 19 el bando de los sublevados en el Mercado Chico. Quizás la muerte de este militar fuera el detonante para un desenlace tan rápido. En la madrugada del día 5 el cadáver de Ciges aparecía con un tiro en la cabeza cerca del cementerio de la ciudad. Era el comienzo de la oleada de violencia y venganzas que ensangrentó Ávila durante todo aquel verano.
Manuel Ciges Aparicio, soldado enfrentado a Weyler en Cuba, periodista, escritor y político republicano de izquierdas, había escrito con su propia sangre y el testimonio de su vida la última historia, la que seguramente hubiera terminado siendo otro libro de no haber muerto asesinado. En los aledaños de mi ciudad de Ávila moría asesinado el más sincero y comprometido escritor del Noventa y Ocho. Ese fue el último pago de su compromiso social y político, el de su propia vida, cuando ya no tenía nada más que dar y tras haber sufrido en otros momentos la cárcel, el destierro e incluso la incomprensión de sus contemporáneos.
La amistad que trabé con Luis Ciges cuando preparaba el libro sobre su padre me permitió conocer detalles sobre los meses posteriores: el obispo Moro Briz acogiendo cristianamente a Consuelo y a Pura bajo su protección; los tres muchachos internados en San Antonio, tratados menos cristianamente de lo que se merecían; Luis, en la División Azul, con Berlanga, para hacerse perdonar no sabía muy bien qué (yo sí lo sé: la infamia del vencedor). Y Franco dando instrucciones para que a la familia se le diera una vivienda en Vallecas. Guardo apuntes y alguna grabación de aquellas conversaciones mantenidas en su casa de Martín de los Heros, con un perrillo ratonero como único testigo que intervenía con sus lametones de bastardillo consentido. Y guardo también fidelidad para su petición de no utilizar aquellos materiales nunca para levantar ampollas.
¿Sabes, Luis, querido amigo? En Poyales del Hoyo andan, de momento, a manotazos y a grito pelado en la plaza del Generalísimo (sí, del mismísimo Generalísimo de cuando entonces), en un cuento de nunca acabar por las cajas de otros fusilados ahora por fin reivindicados, una lápida hecha añicos, ni para vosotros ni para mí, y los partidos enredando lo suyo. César, el sucesor de tu padre, ha tenido que mandar refuerzos, aunque a él seguro que no le gusta decirlo así. Aquello vuestro de La escopeta nacional y La vaquilla sí que estaba bien, coño, y no esta mierda.

5 comentarios:

kika... dijo...

Maravilloso. Me he emocionado leyéndolo. No te creas que me he olvidado de lo que me dijiste casi cuando nos íbamos... "De aquí salió Ciges Aparicio"...

besos,
K

Anónimo dijo...

Enhorabuena por la reentrada, Jesús. Buena memoria contra los vodeviles acerbos, aunque creo que no es la desmemoria nuestro problema, sino la inmensa ineducación.
Juan Martínez de las Rivas

Vicente Ortiz García dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Hola
Me gustaria saber si hay mas fotos de Manuel Ciges cuantos hermanos eran y su partida de Enguera , mi bisabuela y Manuel Ciges eran hermanos y quisiera saber mas sobre sus vidas
Mi correo egarcias@bio-darma.com Mi nombre es Emilia

Anónimo dijo...

Manuel Ciges ni fue fusilado ni murió "siendo gobernador civil de Ávila": la autoridad militar le había destituido. En cuanto a la forma en que murió, el mismo autor de este artículo lo explica claramente: fue puesto en libertad y, a partir de ese momento, ya no se sabe nada. Pudieron ser los hunos o pudieron ser los hotros, como diría Unamuno. Digamos, por tanto, que Manuel Ciges fue víctima del terror que se adueñó de España en el verano del 36. Cargar esa muerte al franquismo parece sacar las cosas de quicio.

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