lunes, 15 de julio de 2013

¡Fiesta!

He visto los encierros cada mañana en directo, atraído por el caos que pastores y mozos de casta se empeñan en convertir en una cosa de orden. El periodista especializado va desmenuzando pormenores sobre cogidas, muertos por año, ganaderías más o menos peligrosas, montones y otras delicadezas. No puedo apartar la vista de la pantalla, lo confieso, a pesar de la repugnancia que me produce el espectáculo desde el momento mismo de la oración amenazante al patrón hasta el parte final de heridos que nunca logra conmoverme, qué le voy a hacer.
Sobra el color. La transmisión debería producirse en blanco y negro NODO, para evitar la distracción que producen los atuendos payasescos de quienes quieren ser distinguidos por sus novias, que se han quedado en casa. Así podríamos concentrarnos en lo esencial: la fractura abierta, la herida manando sangre o la muerte en directo y porque sí. Hemingway nos hizo un regalo envenenado con aquella novela mediocre, como todas las suyas. La verdad es esta fiesta de vino tinto, casquería y quirófano que nos hemos empeñado en convertir en seña de identidad nacional. El toro que se cebó la otra mañana en el bulto del bombero se estaba vengando de todas las humillaciones sufridas por sus antepasados, aquellos toretes bisoños con los que "El bombero torero" arrancaba las risotadas del respetable. ¡El respetable!
(La foto es de EFE)
 

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