jueves, 15 de agosto de 2013

Todo lo que era sólido

Necesitaba descansar del aturdimiento que me había producido leer y escuchar noticias y comentarios durante meses sobre este revoltijo de truhanerías que los medios llaman política nacional. Así que me me he pasado este verano, por lo menos hasta octubre, a la clásica de Radio Clásica y los discos propios. A la vez me he propuesto no leer literatura durante algunos meses como dieta necesaria antes de ponerme en serio con la escritura de un par de libros que llevan años con las cincuenta primeras páginas en sendos cuadernos esperando mejor ocasión. Llega a mis manos un libro inesperado. Leo:
«Las únicas carreras administrativas que se han hecho en España a lo largo de los últimos treinta años son las de los mediocres arrimados a los partidos que han llegado a ocupar los puestos más altos sin poseer ningún mérito, sin saber nada, sin adquirir a lo largo del tiempo otra habilidad que la de simular que hacen algo o que han aprendido algo. No hay lugar de la administración cultural o de la política o la vida económica que no hayan escalado. Nadie puede calcular el número o el costo total de los puestos que se fueron creando para no cubrir ninguna necesidad racional prevista de antemano sino para dar colocación a parientes más o menos cercanos o pagar favores políticos. Ahora mismo nos hundimos bajo el peso muerto y combinado de su innumerable incompetencia». (Antonio Muñoz Molina: Todo lo que era sólido, Seix Barral, 2013, pág. 52)
Recomiendo la lectura, si se prefiere con un lápiz a mano para ir anotando en los márgenes nombres propios que el autor ha querido evitar, pero que al lector le vienen a la punta de la lengua según va abriéndose paso por la selva de tropelías que allí se analizan. Deberían leerlo cuantos se ocupan de la  res publica y viven de ella: presidentes, ministros y consejeros, altos cargos, alcaldes y concejales, funcionarios de carrera y de los otros y empleados públicos, sindicalistas, periodistas arrimados y tertulianos, nacionalistas de todos los pelajes; y cuantos viven, y cómo, a su alrededor. Lo más probable es que piensen que eso no va con ellos, ¡qué barbaridad!, pero algo se les quedará. El análisis de Muñoz Molina  me reconcilia con la idea que había ido desvaneciéndose sobre el papel que los intelectuales deben jugar en las crisis históricas.
Más adelante: «Si hay otros países el doble de ricos y con el doble de población que nosotros que tienen la mitad de ayuntamientos nos hará falta prestar atención y poner remedio a lo que parece un despropósito. Si existen las comunidades autónomas es muy probable que no hagan falta las diputaciones provinciales. Si se llegó a un acuerdo de urgencia para reformar la Constitución incluyendo en ella el límite en el déficit público no debería ser difícil acordar con la misma rapidez la supresión del Senado». (Pág. 222)
Esto lo dice alguien con menos ‘nombre’ y lo corren a gorrazos, eres un demagogo, solo pretendes llamar la atención, siempre buscando el voto para ti y los tuyos a costa de lo que sea, un mal patriota. Por eso lo traigo hoy a mi blog: porque si se tratara de un manifiesto habría firmado cada uno de los ciento y pico capitulillos. Se lee en tres o cuatro horas. Si se decide a hacerlo es probable que desde el próximo curso comience a interesarse por la política de verdad y abandone la política de corrala en la que están empeñados en que participemos.
¿Y que hace este, se dirán, promocionando aquí uno de los 6.500 títulos del Grupo Planeta cuando su editorial acaba de publicar el quinto libro en cuatro años?, seguro que anda buscando algún premio Planeta o que Lara le compre el sello. Pues sí, han acertado… pero no dejen de leer el libro de Muñoz Molina.

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