martes, 28 de julio de 2015

La pecera de Juan Gracia Armendáriz

Tengo en nómina a dos asesores de lectura a los que no pago para evitarme gastos más la cuotas de la SS, el IVA y todo eso. El Jardinero casi nunca me defrauda con sus “prescripciones”, aunque no siempre nos gustan las mismas literaturas. La Flaca está atenta a lo que me conviene dependiendo de mi estado de ánimo, la estación del año y las fobias cíclicas que me asaltan. Los consejos de ambos son impagables, como he dicho. ¿Qué me llevo a la playa, Flaca? Toma, La pecera de Juan Gracia Armendáriz, esto es lo que vas a leer y después me dices. ¿De qué va? De un profesor de literatura. Pienso si será una trampa corporativa: yo lo he sido y ella también. Y así es como frente al mar, mientras ella le lee a Rosa su última novela como le había prometido en la dedicatoria, me sumerjo en el piélago profundo de La pecera. Entro en las treinta primeras páginas con todas las precauciones, como el niño ordenado que se moja la nuca, los brazos, el pecho y la espalda antes de zambullirse en el agua (cada vez me tomo mayores precauciones, los libros vienen muy peligrosos). No aparece el profesor por ninguna parte. El comienzo es prometedor:
«Soy malo y sentimental. Respiro bajo la cota de malla del alcohol. En vano, el aire cristalizado trata de morderme las mejillas. En la radio del coche suena Ride Like The Wind.»

Desde hace tiempo, ya no soy capaz de leer «de seguido», como recomendaba un profesor un poco paleto de mi colegio. Así que, sobre todo en los arranques, me pierdo en paréntesis que nada aportan a la historia, pero que no puedo evitar: malo y sentimental, como Alioscha, el personaje de Dostoyevsky… el alcohol es una cota de malla, o sea que protege, en contra de lo que predica la DGT… qué emisora va oyendo, debe de ser Radio 3 porque Cristopher Cross no se programa en las radio fórmula. Está claro que la historia me interesa desde las cuatro primeras líneas, porque me permite curiosear en el contexto. Te imaginas que hubiera empezado: «Me llamo Fulano, soy malo, sentimental, alcohólico y profesor de literatura en la Autónoma». No puedo desprenderme de la puta didáctica, ni siquiera cuando estoy leyendo una historia, siempre poniendo ejemplos.
Ya en la tercera página, desaparecen los fantasmas del contexto y me dejo llevar por el narrador en su larga confesión de adicto impenitente al alcohol, una confesión que conduce al abismo a través de un paisaje terrible construido sin misericordia con imágenes que golpean al lector: «el hollín de la conciencia», «la casa muerta de la memoria», «el sopor de cenizas volanderas», «la bombilla sucia del sol», una estética de lo terrible que se extiende a la narración en primera persona del viaje a los infiernos de Miguel Quer y de sus alucinaciones, sin las cuales ya no es capaz de sentirse libre. Al final, en la última página, cuando todavía no sabe si va a ser capaz de construir un discurso para el círculo de alcohólicos que esperan su «testimonio», lo que se le ocurre que va a decir y no dirá es: «Ojalá mi memoria fuera una laguna. Me gustaría tener tantos agujeros de olvido como algunos de vosotros, pero yo me acuerdo de todo». Es la tregedia del alcohólico que ha asumido su papel de «malo y sentimental» y ha elegido seguir acompañado de sus fantasmas: «Sentados a la mesa, están Jhonny, el hombre invisible, el pez eléctrico». Ellos son la garantía de la continuidad.
No busquen en La pecera un libro de autoyuda y menos aún una lectura de verano. Sepan que van a ser absorbidos sin remedio por la dura historia que Gracia Armendáriz ha creado para su personaje Miguel, poderosa, morbosamente atractiva (me atrevo a decir), con una construcción narrativa eficacísima. Comparto con el profesor Miguel Quer, si no la adicción al whisky, aunque acaba de regalarme mi hijo una botella de Cardhu 12 años, ¡exquisito!, sí la visión desmitificada de la literatura.
Piélago, abismo, laberinto, infierno, pecera.

Léanla.

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