domingo, 10 de julio de 2016

Omara Portuondo & Diego el Cigala

Diego el Cigala y Omara Portuondo en el Circo Price de Madrid: un concierto olvidable. 


Leo críticas del día siguiente y me afirmo en la idea de que yo ya no veo bien. El Cigala acusa cierto cansancio existencial, se le nota. Todas sus canciones me sonaban a lo anterior con Bebo Valdés, aunque la voz desgarrada sigue siendo estremecedora. Le empieza a sobrar virtuosismo, ese manierismo molesto de los consagrados. Y Omara, echando mano de recursos cada vez que perdía la letra de sus boleros a base de son, de frases musicales repetidas hasta la extenuación, de alguna que otra payasada perdonable (son ochenta y cinco años). Sigue manteniendo la voz de cuando le cantaba al Comandante "No se rinde nadie, no señor". La sala casi al completo de cubanos de Omara y madrileños de Diego (La Flaca y yo), entregados ellos a la adoración a los dioses. Un fallo nuestro: olvidamos la petaca de Havana Club en casa. Hubo hasta su miaja de baile en las butacas.
Lo mejor, los músicos. ¡Cuánto siento no poder nombrarlos ahora! Ni los programas de mano, que no los había, ni las críticas se han ocupado de ellos. Pero escuché un solo de contrabajo, largo, profundo, arrebatado, que fue lo mejor de la noche.
El "Siboney" de Omara me transportó a la infancia, cuando mi madre me lo cantaba en la cama: "Mamá, cántame Siboney". Eso fue antes de que me llevaran a vivir en el palacio, pero es una historia para otro lugar. La nostalgia de mamá y del castrismo se nos borró con un cóctel de ginebra más tónica (lo de yintoniz no acaba de entrarme) en una terraza popular de Atocha.

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