domingo, 17 de enero de 2010

En La Adrada

Ayer fue un día de los que no se olvidan. Me había propuesto Juan: "Voy a presentar Fuga lenta en La Adrada. Podemos ir por la tarde a primera hora y pasear por el Jardín Botánico, luego merendamos algo antes del acto con amigos". Las propuestas de Juan siempre ofrecen garantía, así que dije sí.
El Jardín Botánico de Axel Mahlau, a quien Martínez de las Rivas ha convertido en personaje literario en su novela, es una república natural donde conviven especies vegetales de todo el mundo. Recorrer sus paseos conduce a pensar en que necesitamos un buen puñado de "locos egregios" como Axel, que ha preferido para su hacienda un destino de amor a la naturaleza en lugar de enriquecerse con la cosa del ladrillo.
Ante la chimenea hablamos de libros, de corrientes de la narrativa, de cine. Luis me pregunta por Baldomero Jiménez Duque, a quien conoció en Tenerife, y tenemos un recuerdo amable para el maestro. Joaquín me deja ver la edición del diario de un año de su vida en La Adrada. Y Juan, en vez de hablar de su libro (¿recuerdan?: "¡Yo he venido aquí a hablar de mi libro!"), habla a los amigos del mío, de Ávila de memoria.

Después, en el Salón Polivalente de La Adrada, Martínez de las Rivas ofrece al público una lección viva de lo que se debe hacer con las palabras antes de decidirse a ponerlas en negro sobre blanco, responde a preguntas sobre la oportunidad de hacer compatibles fábula y memoria y consigue tener pendiente de un hilo al auditorio sin recurrir a trucos de compadreo, de esos que tanto gustan a los conferenciantes.
En el viaje de vuelta nos enredamos con placer en una conversación sobre críticos, y más tarde sobre el empleo del pronombre lo frente a le, que nos ocupa casi hasta Sonsoles. Cada vez me gustan más estos filólogos con título de médico, de abogado o de inspector del timbre, apasionados por nuestra lengua. Y cada vez recelo más de los filólogos "nominalistas", más pendientes de oscurecerlo todo con la terminología, que de alumbrar un uso.
Ah, que no se me olvide. El bizcocho de Mónica, para renunciar de por vida a todo lo demás que sepa a dulce. Y la presencia de Monika, estimulante: aprovechó el viaje de ida para terminar la lectura de un libro que no le gustaba, pero eso sí, muy recomendado; y me dejó leer unas impresiones que ha redactado sobre la novela de su padre. Va camino de convertirse en su agente.
Esta vez no hubo ataques de risa.

1 comentarios:

Una que piensa dijo...

Mientras escucho a Pepa Fernández pienso en los verdaderamente famosos: esos que viven en silencio, creando un mundo como el que tanto proclaman (solo eso) en Copenhague o sitios afines. Si alguna vez puedo hacer algo por ayudar a Mahlau en su jardín, lo haré sin dudar, tal vez me digan cómo; los otros famosos, los de mentira, allá ellos...

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