domingo, 8 de agosto de 2010

Veraneante playero

Ocho y media de la mañana. El paseante recorre la playa por la orilla dejando que el agua le mordisquee los pies. No consigue explicarse por qué apenas hay dos docenas de personas en un kilómetro y, sin embargo, toda la primera línea frente al mar aparece sembrada de sombrillas, como si se tratara de lepiotas que han nacido con el sol de levante. Decide investigar. ¿Las habrán dejado plantadas desde ayer? La respuesta no se hace esperar. Desde el fondo del paseo marítimo avanzan en batería mujeres bien pertrechadas con sillas plegables y sombrillas enfundadas. Llegan a la orilla, calculan la declinación del sol y deciden «aquí». A continuación, colonizan pequeñas parcelas que consideran aceptablemente despobladas, miran con recelo al paseante temiéndose que pueda afanarles algo y, finalmente, se retiran temibles y con paso marcial por donde han llegado. El paseante se las imagina vigilando desde las terrazas los asentamientos.
Nueve y media de la mañana. Comienzan a llegar los hombres. Traen puestas las ojeras del aburrimiento y la noche sofocante. Rastrean el territorio y, cuando encuentran los campamentos que han plantado sus gordis, allí se repatingan, fuman y muchos se ponen a leer. Sobre las diez y media llegan ellas con los críos, los bolsos y las neveras.
El paseante prosigue con su trabajo de campo, ahora sobre hábitos de lectura: ¿qué leen? Es evidente que hay mono de fútbol, porque la mayoría prefiere el Marca. Luego están los de la prensa nacional y regional, todos muy cariacontecidos. Una chica ha decidido intoxicarse con la última de Larsson, pero el paseante piensa que allá ella, cada una hace con su tiempo lo que quiere. El paseante decide tirarse el moco y despliega un número atrasado de Ínsula, que se ha llevado al Mediterráneo para leer unos artículos en torno al canon literario, que como todo el mundo sabe es asunto del mayor interés. Frente al mar comienza a haber niños con pelotas vigilados por sus madres. Hay un gafitas que ha elegido sumergirse en la lectura de un Jarripóter.
Las doce en el reloj, beato sillón de Guillén, pero este no el reino de la plenitud, sino del llenazo. Las exiguas fronteras entre asentamientos se han ido reduciendo. El grupo familiar ha devenido en tribu y la tribu en nación, hasta que las tres primeras líneas de playa se convierten en legión macedónica que no deja ver el Mediterraneo de Homero, ni siquiera el de Serrat.
Uno de la meseta (se le nota en el el tostado albañil de antebrazos y escote) pone la única nota racional de la mañana espléndida, con bandera verde en el mástil del socorrista:
-No sé para qué hemos venido -dice, mientras se le ve añorando el huerto que tiene plantado en el pueblo, con su nogal de sombra envolvente. Y se le ve echando cuenta de lo que le va costar lo de desconectar o cargar las pilas, como dice el gilipollas de su yerno. ¡Dita sea!
El paseante se retira y da por terminado su trabajo de campo. Esto, piensa, no da ni para un triste artículo. Es lo de simpre.

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