martes, 14 de septiembre de 2010

Vuelvo a Granada

No había estado en Granada desde hace más de treinta años, cuando cursaba el doctorado en Málaga. Volvía con el recuerdo sublimado de aquellos días y la esperanza de encontrar la ciudad como entonces la descubrí, desperezándose de la larga siesta que la había convertido durante décadas en símbolo y rutina de "la indisoluble unidad de España": Granada por los Reyes Católicos, Tanto monta monta tanto, Yo le arrancaré a esta Granada los granos uno a uno, Llora como mujer lo que no has sabido defender como un hombre y todos los demás tópicos al uso aprendidos en la Enciclopedia Álvarez. Me he traído la impresión de que el despertar de aquella siesta imperial no ha sido el más deseable, por lo menos en lo que se refiere al visitante de la ciudad. El centro histórico de la antigua capital nazarí es un muestrario de cómo se puede embadurnar con pintadas cualquier superficie sin arte ni gracia alguna. Los restaurantes de menú compiten por servir gazpacho de cartón -¡en Andalucía, oiga!- y una fritura que oyes vocear indecorosamente al camarero, ¡marchando una fritura de menú!, lo que te hace entender que la buena es la otra. Mientras almuerzas, un mendigo te pone en la mesa un mecherito con un papel mugriento que recoge minutos más tarde, una anciana desaliñada abre su mano sobre el mantel para que pongas en ella una moneda, la gitana se empeña en regalarte la ramita de romero y leerte la mano, el acordeonista coloca su instrumento a medio metro escaso de tu oído para implantarte en él la versión balcánica de un tango. En la Capilla Real de la Catedral, que cobra la entrada por libre, es decir, una para el templo y otra para la Capilla, después de apoquinar te piden ¡diez céntimos más! por un díptico que explica de mala manera el monumento. Te acercas a los sepulcros de Los Reyes Católicos y de Juana y Felipe y a nadie del Cabildo o del Patronato o de lo que sea se le ha ocurrido que hay procedimientos para dejar contemplar lo que no puede verse desde abajo: un estrado, unos espejos, en fin, algo.

La Alhambra ha sido convertida en un barracón de feria, a 13 euros la entrada, donde hay que hacer cola aunque hayas reservado con veinte días de antelación y el recargo correspondiente. Ni un cartel didáctico que explique el monumento, porque para eso están los audioguías, que también producen ingresos. Solo flechas que indican por dónde debes continuar para salir cuanto antes. Está prohibida la fotografía con flash, pero nadie hace caso. Los visitantes manosean las yeserías y atauriques, abrazan los fustes de las columnas para hacerse la foto en plan morisco, echan palomitas a las carpas de los estanques. ¡Vamos, vamos, que queda mucho por ver! Empiezo a entender que los islamistas radicales quieran recuperar el lugar. En los jardines del Generalife, un grupo de imsersos se rinde y deciden quedarse sentados a la entrada intercambiando recetas de conejo mientras regresan los más entrenados del paseo. Decido poner el oído, así por lo menos aprendo algo. La estancia en Granada se ha salvado por la visita a la Huerta de San Vicente para buscar en la casa familiar el fantasma del poeta: seis visitantes, gatos en el jardín que maúllan de memoria el Romancero gitano. Y la compañía de un guía que da la impresión de haber estado allí merendando en el verano de 1931.

En fin, que mucho voy a tener que oír a Miguel Ríos antes de decidirme a volver a Granada.

1 comentarios:

jmrwinthuysen dijo...

El cronista algo cascarrabias, como debe ser todo viajero sin riñonera, camiseta de tirantes, chanclas y gafas-diadema, ha estado sembrado. Me quedo con esta guasa: "...implantarte en el oído una versión balcánica del tango".
J.

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