miércoles, 13 de octubre de 2010

Vivíamos en un palacio / 11. Lo peor era en Navidad

A mediados de diciembre, en la casa de Caballeros se ponía en marcha la operación Navidad: desmomificación del belén, cura-pegamento de los traumatismos sufridos por lavanderas y camellos, reposición de cerdos y gallinas en la Librería Católica, búsqueda de musgo para las praderas, de serrín para los caminos, de papel de plata para ríos y lavaderos, harina para la nieve de los tejados, corcho para las montañas. Una colcha amarilla disimulaba la armadura de aquel paisaje por el que avanzaban los Reyes Magos en su camino hacia el portal de Belén. Mi padre sacrificaba con poco arte los gallos de corral (lo de pollos es poco decir) que llegaban del pueblo vivos y espantados y mamá preparaba dulces, flores y una sopa de marisco con ralladura de patata que mi hermana Rosa ha recreado con éxito hace poco. Los Reyes llegaban puntuales el 6 de enero con su carga de regalos, carbón dulce, cartas con escritura de espejo y recomendaciones de seguir portándose bien.



En el palacio de Arenas, aquellos días de Ávila que me parecían tan lejanos se convertían en nostalgia, en un deseo de salir corriendo para encontrar el brasero, los villancicos de la radio, niños pidiendo el aguinaldo y el aroma de la pepitoria que llegaba de la cocina. Los profesores hacían cuanto estaba en su mano para que nos sintiéramos bien: más miel en el desayuno, más higos (llegamos a maldecirlos), alguna golosina, un turrón marrón con más caramelo que almendra, el belén más grande que el que podíamos tener en casa; pero siempre el frío de las clases, de la sala de estudio, de los dormitorios, de los pasillos, el frío enseñoreándose del palacio. Solo se estaba bien en la capilla, allí todos juntos como en una tabla gótica, cantando villancicos y el coro entonando antífonas bellísimas, Puer natus est nobis. ¿Por qué cerraba los ojos don Constantino mientras nos dirigía?, ¿por qué no nos dejaba cerralos a los cantores?
Luego, un día de los que había paseo de aquellas navidades sin familia, llegaban los padres trayendo un rescoldo del calor de la casa, amable pero insuficiente: “hijo, qué delgado estás, te hemos traído turrón y peladillas y un regalo de Reyes, mira, unas botas de fútbol, a ver pruébatelas, sí, te están bien”. Y aquel ajuar deportivo casi compensaba de tanta ausencia, más adelante se verá por qué. De vuelta al palacio, con el paquete debajo del brazo y los padres despidiéndome en la esacalinata, ¿como no repartir peladillas y pasas con algunos que nada recibían porque seguramente no tenían nada? Los curas se empeñaban en llamar a aquello caridad, pero nunca lo sentí así, de hecho sigo sin entender muy bien el concepto. Era amistad, compañerismo, quizás la voluntad de no sobresalir, de no ser envidiado.

¿Qué por qué no he esperado a Navidad para colgar este post, perdón, el artículo? Pues porque no es una felicitación ni un cuentecillo de esos de “hondo interés humano”. Es que esta mañana he visto en El Grande ya instalado el chiringuito de la castañera y once grados en el termómetro de los soportales y se me ha venido el invierno encima de repente.

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