viernes, 11 de marzo de 2011

11-M 2011

Este es un país de extremos. Hoy es un día como para que todas las personas de bien estuviéramos unidas en el dolor, acompañando a las víctimas del 11-M en el recuerdo: a los muertos, a los heridos y a los familiares. Pero no, cada uno va por su lado porque los políticos y los medios ya se encargaron, desde minutos después de aquella tragedia, de sembrar cizaña y oscurecer en lo posible lo que pasó. Sonroja echar una mirada al pasado reciente: el acoso a las sedes del PP aquella tarde, el portavoz proclamando lo que se merecía y no se merecía España, la policía sembrando el vacío desolado de pruebas falsas y ocultando las buenas, los medios afínes al poder mirando para otro lado y los otros, los más próximos a la oposición, sin soltar la presa ni dar respiro. Y lo que es más grave, las asociaciones de víctimas politizadas, divididas, manejadas por intereses políticos, cuando su única reivindicación debería haber sido obtener justicia de la Justicia y apoyo de la sociedad. Hoy, siete años más tarde, cuando ya parece irrisorio (no lo es del todo) relacionar aquel crimen horrible con la participación de España en la guerra de Irak, siguen sin esclarecerse zonas de sombra demasiado comprometedoras. Pero hay una desmovilización de las conciencias que ahora están ya en otros asuntos: ERES falsos, corrupción, paro, limitaciones de velocidad, neumáticos con el 20 por ciento de descuento, calificación de la deuda, el Barça, elecciones… En fin, que hemos decidido (o han decidido, yo no) echar más tierra sobre los muertos y levantar una nube cegadora de polvo sobre aquella página espantosa de nuestra historia.
No quiero pasar página. Me niego a que unos cuantos políticos prepotentes y unos periodistas ególatras, a veces enfrentados y otras de acuerdo según convenga a sus partidos y sus empresas, me conduzcan a conclusiones interesadas, al pensamiento políticamente correcto. A mí no se me ha pasado aquello y no quiero que se me pase hasta que no me digan quiénes fueron los asesinos, con qué arma cometieron la masacre, por orden de quién lo hicieron y qué interés tenían las fuerzas de seguridad en enmerdarlo todo. Lo único que tengo claro hasta el momento es el recuerdo de las víctimas y el Cui prodest, es decir, a quién favoreció la carnicería. Me da igual si alguien me acusa de retrógado, proclive a las tesis de un periódico o de de otro, fascista, anarquista o cualquier otra lindeza. Quiero la verdad, la exijo, tengo derecho a ella en este caso y en todos los casos. Reclamo mi derecho a que no se me tome por idiota.

1 comentarios:

La Flaca dijo...

Si pusiéramos un poco de energía como esta, la tuya, a la hora de exigir nuestro espacio como y de ciudadanos, a lo mejor retardábamos entre todos este Mal de Alzheimer nacional que vengo observando desde que vine de una dictadura a ver si en democracia no había censuras, manipulación de la noticia (léase verdad), intereses particulares por encima de intereses nacionales y todo aquello que me dijeron que diferenciaba una dictadura (de izquierdas, por cierto) de una democracia. Lo lamentable es que haya que esperar otro Julian Assange para enterarnos de lo que ahora parece ser impronunciable ni siquiera como osada hipótesis.

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