miércoles, 23 de marzo de 2011

¡Oh, qué bonita es la guerra!


La sesión del Cogreso de los Diputados de ayer, con Zapatero intentando justificar lo injustificable y, tras él, todos los demás, excepto Llamazares, componiendo la figura para salir airosos del ruedo, silencio y algunos pitos, me ha traído a la memoria otro conflicto personal de hace cuatro décadas.
El director de escena Carlos Herans montaba en el colegio SEK de Arturo Soria, que yo dirigía por entonces, la obra ¡Oh, qué bonita es la guerra!, de Joan Littlewood (el dibujo que encabeza este artíulo es el diseño para el escenario: un regalo de Carlos). Era y es un excelente director, pero era un "rojo" y el SEK no estaba para muchas rojerías, le advertí de parte del patrón de ambos. El montaje y la puesta en escena fueron inolvidables, como otros suyos (Tiempo del 98, de Juan Antonio Castro) que le valieron primeros premios en el Certamen Nacional de Teatro Juvenil. Lo de Carlos acabó con el tiempo como el rosario de la aurora. El SEK perdió con su despido a uno de los mejores profesores (nunca he dejado de lamentar mi presencia en aquello) y yo no perdí al amigo porque los dos entendimos que la amistad estaba por encima de otras fidelidades.
Ayer por un rato me sentí otra vez descolocado, esta vez por otro rojo con el que de vez en cuando estoy de acuerdo. El "quién te ha visto y quien te ve", arrojado por Llamazares a la cara del presidente, fue una llamada a la conciencia y la confirmación personal de que van siendo ya varias las ocasiones en que no me veo representado por mis previsibles "legítimos representantes". A Llamazares solo le faltó rematar la faena con la segunda parte del título que el poeta Miguel Hernández le puso a su auto: Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras.
Ahora resulta que a la tipología de las guerras -mundial, civil, carlista, de religión, de los Cien Años, etc.- hay que añadir una nueva categoría: la guerra humanitaria, diseñada para salvar a la población civil del despotismo de sus gobernantes, eso sí, con la condición de que huela a petróleo en la zona, que si no, de qué, a la población civil que le vayan dando.
Como comerciantes honrados, tendríamos que devolverle a Gadafi el dinero de la factura de aquellas armas que le vendimos hace poco y ahora le embargamos o destruimos con la ayuda, humanitaria, de nuestros cuatro flamantes F-18, la fragata, el submarino amarillo (amarillo el submarino es) y todo el resto de material, humanitario por supuesto, que le estamos enviando, ministra Carme, pronúnciese [kármae] con la [a] final algo cerrada, que todavía me acuerdo algo de mi curso de catalán en Filología.
Oh, qué bonita es la guerra humanitaria, Carlos.

4 comentarios:

Ranita Azul dijo...

Irónico si estás querido amigo, pero se merece esta realidad una reflexión así. Es que hasta que no se les pierda el petróleo no le dan importancia a la sangre vertida. Indudablemente que el dictador es un impresentable y no deja de ser extraño que todo esto pase en plena crisis económica, quizá sea para que las cosas cambien a los de siempre y se genere otra economía. La cuestión es que ahora lo que más vale es el "oro negro", ¡no sea que se pierda una gota ya la vida es lo de menos, siempre hay repuestos!

Un beso. A. Elisa

La Flaca dijo...

A mí lo de Libia se me parece mucho (y eso que no escuché ayer a Rajoy) a lo de Iraq. Que haya habido acuerdo tácito y explícito es secundario, que lo primero primario es el petróleo. ¡Menos mal que en Cuba no tenemos de eso! Bueno, ni de eso ni de lo otro, quiero decir, revueltas pues, como decimos allí, nos va a coger el comunismo esperándolas (a las revueltas y a la transición).
No hay que ser analista político ni estratega de las muchas guerras para darse cuenta de que lo de Libia pica y se extiende.
Y de que Llamazares y tú, amigo mío, tienen razón. Por esta vez doy todo el crédito a los argumentos de la izquierda.

Tulio H. Demicheli dijo...

El gran drama del colegio más liberal de Madrid durante el tardofranquismo fue la aparición de un personaje siniestro, un tal Luis Gómez Cornejo, y su cuñada, que llamaba golfas a las chiquillas si se soltaban el pelo. Él acabó con el lema que Federico R. de Castro imprimió en el ideario del SEK a mediados de los 60: "Educar en libertad". Hasta él, 1971 o 1972, fui educado en libertad por maestros de huella indeleble como Jesús Arribas, Carlos Herans, el padre Ángel Ortiz de Villajos (jamás intentó convertirme y me leía poemas de León Felipe y Blas de Otero cuando iba dizque a confesar), Horacio (no recuerdo el apedillo, daba Química) y a quien encontré en Barajas recibiendo a Alberti cuando volvió del exilio... Y tantos otros... Mi colegio fue mi casa... Recuerdo muy bien cuando estrenamos el "Cátaro-Colón" en diciembre de 1970, tras el proceso de Burgos. Alguien se levantó y gritó "¡Esto es de ETA!" Sólo eran unos versos de arte menor para un varón ilustre (ganamos en Jaén un montón de premios). Aunque teníamos censura... sólo era para la sesión de padres. Aquellos chicos del grupo de teatro estábamos a la última: Grotowsky, el Living Theatre, Roy Hart, el psicodrama... Además de "¡Oh, qué bonita es la guerra!" (nunca olvidaré cuando fui a comprar los ejemplares de la obra a "Cuadernos para el diálogo" y Pedro Altares me dijo: "Pero tú ¿de dónde sales?" y le dije: "Del Kostka". También hicimos "El proceso por la sombra de un burro" (Dürrenmatt), "Antígona" según Brecht, y su versión de "Coriolano"; el "Julio César" más tiranicida, "El canto del adolescente" de Stockhausen o el romántico "Woyzeck"... entre otras muchas obras. Aquellos chicos hicimos la primera huelga en un colegio privado en 1971, para recuperar la relación entre profesor y alumno que rompía un estúpido experimento de "agrupación flexible" cuyo único objeto era reducir la plantilla de docentes. No, "rojos" no éramos, ni siquiera Carlos, más bien la primera generación de demócratas antifranquistas no marcados por la Guerra Civil. ¡Benditos maestros!

Carlos Pla dijo...

El falta de continuidad del "gran SEK" de Arturo Soria en los primeros 70 acreditó que entre el pilarismo y simil -por una parte- y las capillas de la institución (Equipo, Estudio, etc) -por otra- no había sitio para esfuerzos renovadores en la enseñanza privada. También, visto con los años, aún no entiendo quien incorporó, en los mismos tiempos, a Félix Ugarte...y a Miguel Pineda

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