martes, 10 de enero de 2012

La Caja de Ávila

Lo he dicho esta mañana en SER-Ávila:

Lo suyo en esta segunda semana de enero es preguntar ¿y a ti que te han traído los Reyes? Los Reyes (podemos hablar aprovechando que los niños a estas horas están, por fin, en el colegio) los Reyes este año no traen más que disgustos. Ellos se han largado a sus palacios de Oriente, donde corren fuentes de hidromiel y cuelgan jardines con mil especies de plantas aromáticas, y nos han dejado aquí a los pajes (Soraya, De Guindos y Montoro ) para recordarnos que no debemos ser unos nenazas lloricas, que ha llegado la hora de la verdad, no de la fantasía, y que se ha acabado lo de volver a dejar los zapatos en la ventana porque se los llevarán, advierten.
A ver si, al menos, alguien me regala un calendario de 2012, me dije. Y salí, como otros años, camino de la Caja a buscarlo. Hacía sol por El Grande y atravesé la explanada evitando la pista de patinaje, que uno no está ya para proezas ni contoneos;  pero ufano, como si fuera el presidente del Consejo con sus doscientos veintitantos mil euros en el buchaco. Yo solo llevaba cincuenta, que es la cantidad prudencial con que se debe salir de casa (cuando la peseta, eran cinco mil: efectos del redondeo). Pasé por el hall. Ya no está allí María Jesús, que me recibía siempre como si llevara doscientos veintitantos mil en vez de cincuenta. Una cola ante la ventanilla  maldibujaba el eje de simetría en el salón. Se veía que la mayoría no íbamos a imponer, es decir, a meter dinero, sino a reintegrar, es decir, a sacar; o bien a la cosa del calendario. A la señora que estaba tres puestos por delante de mí se le ocurrió abordar a un empleado que cruzaba en aquel momento, por favor, suplicó, ¿no podría usted darme el calendario y así no tengo esperar? El empleado miró a la señora con cara de evaluador, ¿se trataría de una impositora, de una derrochadora que vendría a hacer algún reintegro, se le podría cobrar comisión por algo? De las palabras el bancario pasó a los hechos, ¿en que oficina tiene usted la cuenta, señora? A la señora se le puso gesto de desolación, como si la hubieran pillado in fraganti, pues es que yo, verá usted, ya no tengo cuenta en la Caja porque mi hijo me ha dicho que en su banco no cobran comisiones y me ha sacado de aquí, pero el calendario sí me gustaría tenerlo. Lo que siguió no quiero contarlo, para no desacreditar aún más a una entidad que pasaba por ser hasta hace poco una de las instituciones más respetadas desde su creación en 1878.
¿Cuánto cobraba al año su primer presidente, el insigne Tomás Pérez González?, al que, dicho sea de paso, no estaría de más devolverle la calle que le arrebataron para dedicársela a Alemania, la de Hitler. ¿Cuánto cobraría el obispo Moro Briz, cuya foto tengo delante mientras escribo, en la que se le ve acompañado de la Junta Directiva de la Caja Central de Ahorros y Préstamos ? Me consta que nada en ninguno de los dos casos.


La historia de la Caja, con su nacimiento fomentado por gentes benefactoras, la fusión de las dos entidades, su crecimiento, el desarrollo de su obra social y cultural, está escrita y puede consultarse. Mis amigos Maxi Fernández y Adolfo Yáñez más extensamente la han contado con pelos y señales. Sonroja contrastar esa historia con los datos aparecidos en los medios de comunicación en las últimas jornadas sobre remuneraciones, dietas, planes de pensiones y demás mamandurrias, momios y sinecuras de los políticos enquistados en su Consejo.
Pero yo estaba hablando del calendario, ahora que recuerdo. Cuando vi lo que no he querido contar, rompí la fila y me fui a Medrano a comprar dos calendarios Zaragozanos, que allí te pone cuándo hay que plantar los ajos, cómo va a hacer en julio y dónde debes colocar las conservas; total: diez euros. Así que volví a casa con cuarenta y un poco compungido. Entre la correspondencia, tenía una carta de Bankia en la que me comunicaban que me habían pasado un cargo de sesenta euros por un curso de fotografía en Los Serrano. Hasta aquí bien. Pero que la comisión por el servicio, ¡no sé cuál!, era de seis euros. O sea, el 10 por ciento. Es decir, que no solo tengo que ser cliente de Caja de Ávila para poder inscribirme en un curso en Los Serrano, sino que además debo pagar una comisión por pagar puntualmente. Así que ya pueden imaginarse cuál es mi decisión respecto de mis comedidos euros en relación con los desmedidos doscientos veintitantos mil al año. Con los seis euros de la comisión, tengo para regalar otro Zaragozano y me sobra un euro para dárselo a la artista callejera que me seduce en la calle de Tomás Pérez con su marioneta.

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