martes, 7 de febrero de 2012

Vamos a la plaza

Lo he dicho esta mañana en la SER 
 El turista llega a la ciudad con alguna información que ha obtenido en Internet o en aquella guía antigua que ha encontrado en casa revolviendo entre los libros. Hace unos meses, uno se me acercaba con la guía en la mano, oiga, podría decirme dónde queda la calle Estrada, que vamos a ir a comer a Piquío, que nos han dicho que se come muy bien. Cuando le expliqué que Piquío llevaba veinte o treinta años cerrado, le noté cierto propósito de tirar la guía, lo que no hizo, y bien que lo sentí porque yo las colecciono.
El turista, además de ir a las ciudades históricas a comer, también lleva (trae) programadas un par de visitas culturales: la catedral, tal o cual convento, este museo, aquella muralla.
El turista, en fin, suele llegar con un objetivo más, que es el de darse una vuelta por las pastelerías en busca de canillas de San Segundo, huesos de Santa Cristeta o ricitos de Santa Barbada. ¿Por qué los dulces tienen nombres de santo y las tapas otros más rufianescos como patatas bravas, alitas del diablo, huevos rotos, morro rebozado?
Luego el turista se marcha a última hora de la tarde a su lugar de origen o, rara vez, hace noche en la ciudad visitada para que diario local tenga la oportunidad de componer el enésimo titular sobre porcentajes de pernoctaciones y su deriva trimestral, semestral y anual, que es cosa que interesa casi tanto como lo del congreso del PSOE.
Pero ya saben, como recuerda cierta publicidad,  que una cosa es ser turista y otra bien distinta ser viajero. Al viajero le interesan además otros escenarios. Digamos que su cámara fotográfica busca otros registros distintos de la postal clásica. El buen viajero quiere salirse, aunque solo sea un rato, del circuito turístico y callejear por los barrios aledaños en busca de la gente para descubrir cómo anda la cosa de la convivencia, el comercio y los parques. Quiere visitar los lugares de paseo o de reunión para poner el oído y comprobar que a los indígenas de aquí nos interesa muchísimo quién se ha muerto y si la señora Paula ha salido ya del hospital.
Pero, sobre todo, el viajero está empeñado en visitar el mercado municipal o mercado de abastos, porque allí está el día a día de la mesa, alejado de los chuletones casi siempre medio fríos, los asados casi siempre recalentados y los cocidos casi siempre grasientos de los restaurantes para turistas. Es un gozo para los sentidos entrar en el mercado de Palencia y poder elegir entre cinco o seis puestos de quesos de Cerrato; o en El Campillo, en Valladolid, con sus galerías abiertas a varias calles; o el de Torrijos, en Madrid, con más de treinta establecimientos, entre los que hay  varias tiendas de gourmet, una al menos de vinos, tiendas de arreglo de ropa y zapatos, floristería y hasta un restaurante. ¿Cómo pasar de largo sin disfrutar de tanta riqueza de color y de olores, de tantas tentaciones?

(Foto de Ángel Redondo de Zúñiga)

Pero aquí, en mi ciudad, hemos echado a perder el mercado, la plaza, como se sigue diciendo en los barrios del centro… voy a la plaza a comprar algo de pescado. El Mercado de Abastos actual ocupa el lugar del antiguo mercado, la antigua Cárcel Quemada, al que íbamos a regañadientes acompañando a las madres o a la tata, que era la novia de Luis el pescadero. ¡Aquel mercado de estructura de hierro que era el estómago de la ciudad, ocupado en sus dos plantas por carnicerías, pescaderías, casquerías, verdulerías! Hoy es un ámbito de dependencias municipales de dudosa o nula utilidad en su planta alta y, en la planta baja, un vestigio pobre de lo que fue. Un lugar mortecino, mal iluminado, incluso maloliente a veces, en el que los clientes (yo lo soy y quiero seguir siéndolo) entramos con desgana y prisa cierta por salir.
Así que cuando veo a algún viajero que se las promete felices porque ha descubierto que… mira, aquí está el mercado, vamos a entrar…, me asalta un sentimiento de contrariedad: es la vergüenza que deberían sentir otros, más responsables que yo de esta decadencia, por la excepción que el mercado de Ávila marca respecto de las ciudades de su entorno. Seguro que el viajero se vuelve a su ciudad preguntándose ¿y estos dónde compran? Pues en cualquier gran superficie, donde se empeñan en que les seas fiel expidiendo a tu favor tarjetas cargadas de descuentos ridículos. En las demás ciudades, los mercados municipales han resistido el embate de los macros con carro. Aquí no, aquí somos más modernos.

1 comentarios:

jmrwinthuysen dijo...

¿Mercados tradicionales?¿Un mercadillo de ropa usada los sábados en El Grande? (Pareceríamos ingleses, mejor todo nuevecito). ¿Unos puestos con vinilos, cerámicas y hojalaterías los domingos? (Pareceríamos franceses, con una ferretería y dos chinos nos vale). ¿Un mercadillo de productos ecológicos o biodinámicos, es decir, naturales? (Pareceríamos alemanes, nosotros no picamos en tontunas sacacuartos). ¿Saldos domésticos a las puertas de las casas? (Quita, que pareceríamos americanos pobrunos). Siendo abulense te ahorras esas gansadas extranjeras. ¿Qué mejor plan que un vuelto por Carrefour con una bolsa de pipas?

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