martes, 10 de abril de 2012

El Resucitado

(Foto: Archivo Caldeandrín)

La llegada de la primavera no tiene fecha fija en Ávila, pero sí festividad señalada. Aquí la primavera no es proclamada por ninguna cadena comercial, tampoco por los programas del tiempo de la televisión, cada vez más largos y prolijos; ni siquiera por la floración de las plazuelas y jardines, generosos por naturaleza y poco rencorosos con el trato que solemos dar a sus árboles.
En Ávila, en la capital, la primavera llega con el Resucitado recorriendo las calles a hombros de sus cofrades, precedido de la cohetería y acompañado con la música rural de los dulzaineros. Después de una Semana Santa de interés regional pero más bien escaso, cada año un poco más andaluza con levantás y bailes de imágenes incluidos, impostada por exigencias del turismo y la tendencia mimética de las hermandades, llega el Resucitado mirando al cielo, triunfante y optimista, recorriendo las calles con sus dos docenas de cofrades, herederos de aquellos campesinos que plasmó Sorrolla en La fiesta del pan para el descomunal mural de la Hispanic Society.
He vuelto este domingo a la ermita de El Pradillo después de muchos años. No es cierto que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, como afirmaba Manrique (¡lo que habría dicho hoy!); más bien, al contrario: cualquier tiempo pasado ha sido peor. Es la memoria selectiva la que nos traiciona y se empeña en recordar, por ejemplo, las meriendas en El Pradillo, pero evita acordarse del frío pelón que convertía la fiesta en sacrificio. Sin embargo, cada uno se administra los recuerdos en las dosis que prefiere, en una práctica de automedicación que depende de cómo andemos de nostalgia y visión del porvenir. En la memoria está aquella ermita humilde anterior a la restauración de los años 70 (muy digna, por cierto), el juego de la calva en que siempre destacaba un personaje bigotudo al que admirábamos, los puestos de avellanas tostadas que reaparecían después de haber acompañado a los Difuntos allá por noviembre; y la Fuente del Pradillo, una construcción municipal del Siglo de Oro, algo posterior a La Sierpe, espléndida, motivo de inspiración para folcloristas y fotógrafos. He vuelto a verla, con su heráldica de piedra carcomida, sin agua en los caños, con la pila abrevadera convertida en corralito de juego para los niños y, lo que es más grave, con un enorme casetón que hace décadas levantó el Ayuntamiento delante de ella para guardar no sé que trastos y eclipsarla. Hoy el casetón, descuidado, más las edificaciones que han ido asfixiando la campa en torno a la ermita, han dejado un espacio estrecho en el que se amontonan con motivo de la fiesta puestos, bazares de chinerías, atracciones ruidosas y chiringuitos que obligan a pasear por allí de uno en uno. Apenas si en las cuatro peñas que han sobrevivido a los barrenos en la campa, se atreven todavía algunos grupos a exhibir el suculento hornazo y la limonada servida en vasos de plástico.
Es nuestro patrimonio inmaterial deteriorado, despreciado porque seguramente nos molestaba el tufillo medio rural y obrero de su origen: los antiguos canteros de los alrededores de La Viña, los lecheros y huertanos de La Encarnación, los obreros de Ajates que mantuvieron viva la fiesta auténtica.
Pero el Resucitado ha vuelto a las calles de la ciudad, con su cohetería y sus músicas serranas, anunciando que llega el tiempo de fiesta de los barrios, de las cofradías. Ojalá nos traiga algo de resurrección a todos, que falta nos hace. Ojalá sepamos salir de la humillación del costalero, abrumados como estamos por el peso de recortes que son amputaciones crueles (ayer mismo, 10 mil millones en educación y sanidad). Ojalá nos dejen mirar de nuevo el azul del cielo con optimismo. Entre el domingo de Ramos y el de Resurrección, me quedo con el de Resurrección.

¡Feliz Pascua!

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