domingo, 15 de abril de 2012

El Tío Poeta


Este libro arrinconado en la parte de atrás de la estantería nos ha parecido durante muchos años insignificante. Pero hoy, haciendo orden en la librería, hemos descubierto que ha crecido en nuestra estimación. El libro, calladamente, ha estado esperando décadas a que alguien lo saque del olvido, a él y a su autor.
Se trata de Espigas de mi cosecha, del rimador extremeño Ramón Lencero. De haber vivido, hoy tendría noventa y ocho años. En el prólogo de su poemario (1976), escribe con emoción sobre su infancia trabajadora, como la de tantos niños de pueblo de su generación. Lo leído me lleva al pensamiento de que eran los «niños yunteros» hernandianos, los pastores de Gabriel Galán, hombres precoces sin apenas infancia que subían a ramos a la sierra, madrugaban porque tocaba el agua, ordeñaban vacas que no eran las suyas por un pucherete de un cuartillo y segaban como el primero la cebada de La Vega. Y la aventura de autoeditarse a los sesenta años, dejando en su libro las señas limpias sobre su persona y pensamiento, pesa más que cualquier crítica desfavorable que pudiera hacérsele a tal o cual poema. (¡El día que me decida a hacer crítica de algunos poetas re-conocidos va a arder Troya!, advierto.)

Un día, allá por los años ochenta, Ramón desembarcó en Pradosegar con su mujer, Apolonia. Se acomodaron en una casita próxima al Mercadillo y el poeta se dedicó a dos actividades que dominaba: cultivar la tierra y cultivar la palabra. Plantó un huerto en Los Llanos −«del monte en ladera»−, que era la envidia de todos los veraneantes empeñados en hacer crecer algo siguiendo las instrucciones de El horticultor autosuficiente, donde crecían bancales de judías verdes; y calabacines, tomates, pimientos y cebollas que eran la materia prima para un pisto suculento. Regalaba casi toda la producción a los vecinos, a cambio, eso sí, de que le escucharas la última «poesía» sobre el vuelo de las campanas el domingo, la gallina que ponía huevos de dos yemas, el río que bajaba fresco y claro de la sierra, la vaca que había parido la noche anterior el ternero más tierno o los quesos que cuajaban las mujeres cada tarde en los patios. Era la otra cosa que sabía hacer: rimar versos sonoros y muy dignos, como un cronista en arte menor de lo cotidiano. Así que se ganó el merecido título de Tío Poeta; que en Pradosegar, que te pongan el «tío» delante de la profesión es todo un reconocimiento: la tía Maestra, el tío Lucero (encargado del alumbrado público)… El Tío Poeta vendía su libro −y si alguien no podía comprárselo, se lo regalaba− casa por casa, en un ejercicio de distribución arcaico y envidiable.
Entre las páginas del poemario, encuentro papeles escritos a máquina que Ramón debió de hacer llegar a mi madre, quien siempre lo escuchaba e intercambiaba con él finezas en la temporada de vacaciones del verano: generalmente, queso por verduras. Dos de esos papeles llevan por título «Pradosegar». El Tío Poeta escribe en «Pradosegar / 1»: «Gargantas y gargantillas, / los valles y las laderas / resplandecen de contento / con su frondosa arboleda. // Corre Los Tejos gozoso / chorreando por las peñas, / haciendo guiños al sol / sobre el lecho de la arena». Y en «Pradosegar / 2»: «Eres un lugar sencillo / de la estirpe castellana, / con nogales gigantescos / y riquísimas manzanas. […] «El curativo poleo, / el tomillo y otras plantas /exhalando sus aromas / te dejan bien perfumada».
Mi reconocimiento, Ramón, y mi respeto por los poetas como tú, que se autoeditan porque no son re-conocidos ni encuentran el alcalde o el consejero que firme el imprimatur de la subvención, y deciden arriesgarse con su propio dinero –no con el de sus vecinos− para no permanecer en silencio.

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