miércoles, 13 de marzo de 2013

La Colón (Cuentos crueles)

Hacía más de quince años que no la veíamos. La Colón siempre había parecido una niña vieja con la piel de cuero, todavía se peinaba es un decir con la misma melena lisa de entonces. Por aquellos años estudiábamos en el  Ateneo, siempre en la sala de Santa Catalina, una olla a presión en la que se cocían lentamente los opositores  a cuerpos celestes, judicatura, notarías, registradores, cada día un poco más seguros de aprobar a la siguiente y  más paranoicos. La Colón llegaba todas las mañanas a eso de las diez y ocupaba siempre el mismo pupitre. Por acuerdo tácito, como otros muchos en aquella casa, sabíamos que aquel era el pupitre de La Colón, cómo se llamaría nunca nos importó. De una bolsa de Galerías sacaba papeles impresos por una cara en los que ella escribía por la otra frenéticamente con letra gigante, concentrada en su trabajo, impidiendo que nadie inspeccionara su tarea, si dejaba el pupitre aunque fuera por unos minutos recogía todo dentro de la bolsa. El paso de los años fue dejando en ella la marca del deterioro no tanto físico como mental, cada día escribía más compulsivamente, se estaba abandonando, era una ermitaña sin desierto, se confeccionaba los vestidos como una niña que hubiera improvisado el disfraz para una comedia, un tijeretazo  para meter la cabeza y otros dos para los brazos. Llegó un momento en que los opositores más veteranos, que iban enloqueciendo a la par que La Colón, se conjuraron sin mediar palabra contra ella y comenzaron a lanzar miradas a sus papeles con la excusa de salir por el pasillo donde se sentaba aunque hubiera que dar un rodeo. Uno que pertenecía a la junta de gobierno e iba para fiscal descubrió que La Colón llevaba ya dos años sin pagar la cuota de socio y puso el grito en el cielo, ¡así cómo iba a sostenerse la economía de aquella digna institución!, ¡de dónde le venían aquellos privilegios!, ¡no había derecho!, hasta que una mañana ya no la dejaron pasar de la conserjería. No nos compadecimos de ella y hasta nos sentimos más seguros sin la presencia de la escribidora, representaba la imagen insoportable de un futuro peor.

Aquella tarde era sábado de gloria, estrenaban Viridiana en un cine de Fuencarral y allí estaba en el hall, mira, es La Colón, pregonando ¡cuentos de amor cinco duros!, ¡compre historias de amor a cinco duros!,  con su sayo, la melena canosa y la bolsa de Galerías, ¿sería la misma bolsa? Estaba vendiendo su vida de escribidora, las historias escritas a contrapelo mientras fue niña vieja aplicada. Durante la proyección me dio por imaginar que podía estar allí el antiguo miembro de la junta de gobierno ya convertido en fiscal. Cuando salimos una marea de banderas rojas ondeadas desde coches de todos los colores inundaba la calle, ¡nos han legalizado!, ¡viva esto y aquello y lo de más allá!, y La Colón arrojando papeles al aire alborozada, como quien ve cumplido el sueño de toda la vida, ¡hoy los cuentos son gratis!, ¡cuentos de amor gratis!, ¡todos los cuentos gratis!

1 comentarios:

kika... dijo...

Te voy a contar una cosa. Mi madre siempre se retorcía y hacía lo posible para que yo no me dedicara a escribir. Un día, cuando le dije que me parecía que no creía nada en mi yo literario, me dijo que temía que terminara como La Colón...

(te dejo la prueba... http://kikamagia.blogspot.com.es/2011/07/lo-que-he-tardado-veinte-anos-en.html )

besos,
K

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