lunes, 22 de abril de 2013

Día del libro

Mañana volveremos a celebrar el Día del Libro.
Es lo que nos queda hoy de Cervantes y su caballero don Quijote, secuestrados los dos por cervantistas y conmemoraciones más o menos rimbombantes. Debería volver el rector Unamuno para poner orden en el escuadrón que se proponía rescatar el sepulcro del caballero, pero seguramente nadie le entendería.
Abril es el mes del libro, ese montón de hojas encuadernadas que sufre la embestida de ordenadores, tabletas, libros electrónicos y artefactos varios que amenazan su supervivencia. Yo soy más del libro, así que expondré aquí su apología, escrita antes negro sobre blanco con pluma, a la antigua, después pasada por el ordenador y, por fin, impresa. Podía haberme saltado, como acostumbro a hacer, la fase de manuscrito, pero hoy no he querido porque este es un acto de protesta a la antigua. El legado de Gutenberg, que ha protagonizado la aventura del saber desde mediados del siglo XV, va a ser desplazado –eso dicen− por la nueva galaxia Bill Gates, que, por lo pronto, está entonteciendo a una humanidad más interesada en informarse que en saber.
Entras en esta librería de Barcelona, recorres sus secciones, compruebas que es preferible leer a Saramago en portugués que en español porque todavía recuerdas la lengua que estudiaste en la carrera, admiras la exquisitez de esta edición, te asombra que se publiquen tantos libros de cocina en la civilización de la comida rápida, eliges un marcapáginas que entone con el libro de Espriu que vas a llevarte, te interesas por una edición de bolsillo de El collar de la paloma que prestaste y nunca te devolvieron, respiras el aire de las artes gráficas, el mismo que disfrutabas hace unos meses en la Oficina Plantiniana de Amberes. Y caminas hacia la Rambla, dispuesto a leer versos de Cementiri de Sinera  en una terraza. Cuando llegues a casa, le harás sitio entre la E y la F, porque es el lugar que le corresponde en la organización alfabética que un día decidiste para la biblioteca de literatura. Y vigilarás que sus vecinos Vicente Espinel, Concha Espina o Fernán Caballero sean amables con el poeta que escribió en otra lengua.
Los libros son tu paisaje cotidiano. Cada uno de ellos cuenta una historia y es, como objeto, una historia en sí mismo. Este lo encuadernó el maestro Nicolás, que tenía el taller en la Casa del Caballo; este otro lo escribiste tú, ¿recuerdas?, ¡cómo no vas a recordarlo si te llevó cinco años de aislamiento casi absoluto!; aquel fue un regalo de convalecencia y aquel otro te sirvió para preparar la conferencia sobre Lepanto en 2005; este de Galdós, en fin, que tiene el lomo desprendido –a ver si lo arreglas de una vez−, es el que la madre leía y releía en los últimos años, olvidando por la tarde lo leído en la mañana.
¿Qué haríamos los letraheridos sin los libros, sin las librerías? Aquí tiene usted una tableta con 1.500 libros incorporados, si lo piensa bien le sale cada libro a menos de 1 euro, y puede usted descargarse otros 1.500 por 50 euros más. Algunos ciberpasmados® se emocionan con la idea de que pueden llevarse a la playa o a la isla desierta una enorme biblioteca, más desmesurada que la que inventó Borges, pero, en realidad, solo se llevan una carga del estrés del que dicen querer desprenderse.
Me quedo con este librito de Azorín, Un pueblecito. Riofrío de Ávila, que releo, editado para Austral en rústica con sobrecubierta. Lo compré en Medrano cuando cursaba 5º de bachillerato y hoy sus hojas son algo más oscuras que entonces. Estamos envejeciendo juntos y hemos establecido una relación que va más allá de la del usuario que busca con displicencia su fichero en la pantalla digital. Cuando vuelva a Riofrío un día de estos, buscaré una flor de tomillo para dejarla entre la solapa y la cubierta en señal de alianza.

 

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