domingo, 10 de noviembre de 2013

Cómo organizar tu biblioteca


¿Qué hacer con los libros ya leídos? Riguroso orden alfabético atendiendo al criterio de autor, lo que puede arrojar resultados indeseados, como que Martín-Santos caiga al lado de Martínez Sierra y ninguno de los dos se encuentre cómodo en su destino. Separarlos por géneros, al más estricto estilo académico y, dentro del género, el subgénero –poesía, novela y teatro− y dentro del subgénero, el bisgénero –tragedias, dramas, comedias, sainetes, autos sacramentales y lo demás− y dentro del bisgénero, el tataragénero –comedias cómicas, comedias dramáticas, óperas bufas, zarzuelas palaciegas, sainetes costumbristas, operetas. Por tamaños, para aprovechar el espacio. Por estética, estos encuadernados en chagrén aquí,que me hacen juego con la plata. Por seguridad, los de Goytisolo, Baudelaire y Sade lo más arriba posible, no vayan a cogerlos los niños, y al alcance las colecciones de clásicos, Austral, Cátedra, Castalia. Por ideología, en las estanterías de la derecha Pemán, Camba, El Caballero Audaz, Zunzunegui y Cioran, y en las de la izquierda Alberti, Américo, Neruda y Azaña, y el resto en el centro izquierda o centro derecha, según, lo malo son las revisiones que los estudiosos suelen hacer de vez en cuando, sobre todo cuando llega los centenarios, que obligan a correr los libros de un lado para otro. Y ¿dónde colocar dicionarios como el de Autoridades o el María Moliner?, porque de inocuos nada. La combinación de varios criterios puede complicar la cosa hasta el infinito. El tiempo que debería ocupar en la lectura, Lesmes Andueza lo emplea en tener bien ordenada la biblioteca. Él se inclinó hace tiempo por un criterio de calidad. Apenas le queda tiempo para otra tarea que no sea corregir, evaluar, recuperar, sopesar. Es la costumbre que le ha quedado de su carrera de profesor. Ahora ya no lee de los libros casi nunca más que las solapas y las contracubiertas, primero el orden y después el placer de la lectura, pero el placer no llega casi nunca.

Hay libros recientes que se resiste a colocar con sus lomos a la vista, alineados como heridos en un hospital de guerra, y prefiere tenerlos al alcance sobre mesas, mesillas, consolas, aparadores, cómodas, con las cubiertas a la vista para que lo acompañen más allá de la lectura. Se resiste a almacenarlos. He aquí los dos últimos que ha salvado y le acompañan sobre la mesa de trabajo, como dos compañeros, temporales, porque detrás vendrán otros, está seguro. Diez bicicletas para treinta sonámbulos, el ejemplo de como un editor (Demipage) puede ejercer el buen gusto y el mejor criterio para celebrar el cumpleaños de su sello, con la invitación a treinta autores para que escriban un relato, una «clasica» en la que todos entran en la meta abrazados porque no hay ganador, todos lo son. Y una novela sorprendente, Intemperie, de Jesús Carrasco (Seix Barral), de cuya lectura Lesmes Andueza todavía no se ha repuesto. Hacía mucho que no le pasaba algo parecido.
Lesmes Andueza está pensando en dedicar una estantería a libros excepcionales, pero claro, ese no sería un criterio objetivo y, además, ¿cómo ordenarlos dentro de excepcionales?, ¿por géneros, subgéneros, bisgéneros y tataragéneros?, ¿por fechas de lectura?, ¿por la impresión que le han producido, asombro, abatimiento, gozo, nostalgia, pesadumbre, exaltación, rebeldía, ganas de matar?, sería imposible. Al final ha decidido abrir al menos un plúteo para los libros que volverá a leer. Allí pondrá entre otros el Quijote, para cuando vuelva estar en cama, el Cántico espiritual de Juan de Yepes, el Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez y algunos tratados de geografía de la desolación americana como el Pedro Páramo de Rulfo, los Cien años de soledad de García Márquez y Tulipa de Mayda Anias; y el Ideológico de Casares siempre a mano por si le da por escribir alguna cuartilla. Allí pondrá también Intemperie y Diez bicicletas para treinta sonámbulos cuando decida apartarlos de la mesa. Será cuando el sol que le entra por la ventana haya comenzado a deslucir la cuatricromía de las cubiertas, que es la forma amable de envejecer que tienen los libros.

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