sábado, 12 de abril de 2014

Cadáver exquisito


Esta ciudad nuestra o se pasa o no llega con los muertos, a veces tampoco con los vivos, no conoce el término medio. Estoy por escribir, si me quedara tiempo suficiente, un ensayo que podría titularse Algunas  bajezas de la ciudad, como réplica incorrecta de aquella novela histórica o historia novelesca que publicó en 1607 el fraile benito Luis Ariz con el título de Historia de las grandezas de la ciudad de Ávila.

Dedicaría un capítulo al jocundo hereje Priscialiano, quien, según el maestro Rodríguez Almeida, puede estar enterrado en la Soterraña de San Vicente; al cual los abulenses negaron durante siglos el mérito de haber sido el primer obispo de Ávila. Todavía hoy su nombre se oculta en beneficio de un tal san Segundo que se alzó con la primacía en 1519 a pesar de no haber pisado seguramente estas tierras jamás. Y conste que sé de lo que hablo.

Cómo no abrir un capítulo para la expulsión de los judíos en 1492. Y para la expiación reciente que ha tenido lugar con la inauguración del Jardín de Sefarad. Un niño, el de la Guardia, que seguramente tampoco existió nunca, sirvió para  que la Reina se decidiera a firmar el edicto. Y otro niño, mira por dónde, encuentra un día un hueso y ¡Anda, pues esto va a ser del antiguo cementerio judío, que debía de estar por aquí!, como si no se supiera de siempre que el antiguo cementerio de los hijos de Abraham había sido expoliado y entregado para construir sobre él la ciudad de las carmelitas.

Otro capítulo podría ser para Teresa de Ahumada, hoy queridísima por instituciones, patronatos, devotos y hosteleros, pero insultada y hostigada por sus vecinos cuando se le ocurrió fundar en San José. ¡Dónde se ha visto que una monja se escape del convento llevándose a unas cuantas hermanas para fundar en otro barrio!

Otro para Juan de Yepes (San Juan de la Cruz), encarcelado por sus hermanos del Carmen Calzado, envidiosos de su influencia y recelosos de su piedad, y entregado a los de Toledo por atreverse a ser más místico y asceta que nadie. Ni una palabra sobre él en los dos historiadores abulenses más próximos: Cianca y Ariz.

La Guerra Civil última y la consiguiente postguerra me habría dado para varios capítulos, sin necesidad de desenterrar muertos; solamente subrayando apellidos para desvelar el organigrama antiguo de la ciudad y rastrear la huella que han dejado en el tejido social actual. La lectura que he podido hacer recientemente de Yugo y Flechas, un periódico de combate inencontrable que se publicó en Ávila a partir de agosto de 1936, pone los pelos de punta. ¡Atentos, doctorandos de Historia en busca de tema!: pueden consultarlo en la la Biblioteca Nacional.

Y no dejaría de tratar el asunto de los dos cadáveres exquisitos de la Catedral, bueno, tres. El de Claudio Sánchez Albornoz, un rojo católico y de derechas (hubo más), al que los periodistas han recordado estos días como presidente de la Segunda República en el exilio, pero sin una palabra para su condición de historiador medievalista de primer orden (siempre prima la política), cuya casa fue expoliada por falangistas de Valladolid y de aquí.

Y el de Adolfo Suárez, que tuvo que estudiar Derecho por libre porque la madre no contaba con recursos para envirlo a Salamanca; militante de Acción Católica (mi amigo Luis Fernando acaba de pasarme una foto en la que aparece en unos ejercicios con su misal en la mano), pasante en el despacho del gobernador Herrero Tejedor, menospreciado por algunas de las familias de toda la vida porque era un chico de pueblo sin futuro; y mucho más tarde, cuando ya era presidente de Gobierno, traicionado de mala manera por los suyos, muchos de ellos de Ávila, aunque ya sabemos que en política no existen las traiciones, sino las tomas de postura; hoy, por fin, convertido en atractivo turístico en su tumba, junto a la esposa.

Los dos presidentes han sido enterrados en la Catedral, pero no dentro de la Catedral, según el matiz semántico explicado desde el Cabildo, no vaya a ser que ahora se le ocurra a cualquier impertinente invocar la prohibición canónica de convertir los recintos sagrados en cementerios.

Descansen en paz los tres si los dejamos.

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