miércoles, 16 de julio de 2014

Ars moriendi

Consumió los últimos día de vida con serenidad, procurando molestar lo menos posible a pesar de que el cáncer y las sesiones de tratamiento se lo pusieron difícil. Intercambiamos lecturas, como teníamos por costumbre, casi hasta el final. Habíamos proyectado, en una broma de humor negro que a La Flaca le costaba entender, encerrarnos los dos este verano como en un lazareto en la casa del pueblo y esperar allí a que los paisanos nos socorrieran arrojándonos por encima de la verja un calabacín, un par de tomates, un manojo de acelgas, «gracias, muchas gracias, que Dios os lo pague»; aislados del trato de los vecinos, para que no pudieran preguntarnos qué tal estábamos ni compadecernos. ¡Cómo se reía! Siempre habíamos jugado un poco a descolocar en broma a los demás con nuestros comentarios. Se fue apagando ya sin dolor, ajena al pesar de quienes la acompañábamos. Recogimos su último aliento de madrugada y se fueron para siempre las risas, la lectura, la música, los paseos por La Garganta, las recetas y los recuerdos de infancia. Sobre su lecho ha quedado una colcha  de retazos que estuvo cosiendo hasta poco antes de morir, en sus horas de soledad final, seguramente empeñada en dejar alguna prenda que le sobreviviera.

Adiós, hermana.

1 comentarios:

La Flaca dijo...

Tenemos, sin embargo, una cita, no sé si en verano, cuando las dunas se hacen brillantes. O en invierno, cuando el mar bate aquellos acantilados que recorrimos mirando el horizonte brumoso y pensando en mares cálidos yo; en quién sabe qué horizontes eternos ella. Entonces leeremos una novela y estaremos, una vez más, en compañía.

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