lunes, 16 de noviembre de 2015

Descartes / 1. Ramon Llull y la "fanciulla"

Lorenzo Riber, Raimundo Lulio (Ramon Llull), Barcelona, Labor, 1935.

Ramon Espasí podía repetir de memoria capítulos enteros de la  biografía de Llull escrita por Riber, tal vez porque compartía nombre con el personaje y poco a poco había ido cayendo en la fascinación que le producía aquel varón paje, senescal, ermitaño, viajero y filósofo, todo lo que había soñado para sí mismo y solo había satisfecho en lo de viajero, si es que puede considerarse tal al que ha peregrinado a Monserrat, a Santiago y Caravaca, en ese orden.

Cada noche elegía un fragmento para repasar lo ya leído, memorizar lo repasado y corroborar lo memorizado. ¡Oh, el llanto de Blanquerna, cómo lo conmovía! “Cuando fui crecido y la vanidad del mundo me tentó, empecé a mal obrar y entré en pecado, olvideme de Dios y fuime en pos de la carnalidad”, había escrito él, Llull, no Espasí, porque él, Espasí, abrigaba el proyecto de redactar su tesis, inscrita hacía ya tres años sobre el Libre de Amich e Amat, ¡en la hora que atendió la sugerencia!; pero “la carnalidad” se lo impedía, sólo pensaba  día y noche en cómo traer a la realidad el recorte publicitario que le servía de registro. Estaba ya entre las páginas del libro cuando lo compró en un puesto callejero, ¿cuántos años habían pasado?



Aquella “fanciulla” de Publicità Cavadini que se desnuda cada noche delante de él, de Espasí, no de Llull, “per lavare” sin “nesuna fatica” en “pochi minuti” la ropa que la abriga, dejándole asistir al asombro de la segunda piel en negro y gris envolviendo la primera blanquísima. Muchas veces pensó en destruir aquella imagen y librarse de la cárcel de amor en que el dibujante lo había recluido, pero siempre le hacía desistir la esperanza de que una noche, aunque solo fuera una vez, la “fanciulla” le dejara ver al fin su rostro.  

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