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domingo, 1 de diciembre de 2019

El Vergel de San Pedro del Arroyo

Para el año que viene (2020) se anuncia la apertura al público de los restos espléndidos de la villa romana de El Vergel en San Pedro del Arroyo. Su descubrimiento se remonta oficialmente al año 1905: “La primera noticia conocida acerca del descubrimiento de restos arqueológicos romanos en San Pedro del Arroyo se encuentra en una misiva enviada por D. Fausto Rico, fechada el 1 de abril de 1905, en la que el autor notifica a D. Manuel Gómez-Moreno sobre los hallazgos realizados en San Pedro del Arroyo y su posible trascendencia”. (Wikipedia). Pero, habría que retroceder al menos unos meses (2018) en el rastreo de su origen. La Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, Enero de 1905, pág. 73, incluye en la sección de Variedades la siguiente nota:

“Ávila. Según leemos en El Diario de Ávila, se están encontrando muchas antigüedades en las cercanías de San Pedro del Arroyo, pueblo de aquella provincia y distante de la capital unos 20 kilómetros, en la carretera de Ávila a Salamanca. Dice el mencionado periódico que al practicar algunas excavaciones que el dueño del terreno creyó necesarias para ciertas obras, se hallaron dos sepulturas de piedra conteniendo restos humanos y una vasija en cada una. A flor de tierra, y con la reja del arado, se han descubierto multitud de objetos de barro, piedras labradas, y como más notable se cita el hallazgo de un pavimento de más de ocho metros cuadrados, de piedra artísticamente labrada y con inscripciones que nadie en el pueblo ha podido descifrar. Dicho se está que el periódico que publica esta noticia se abstiene de formular juicio sobre la importancia y antigüedad de estos descubrimientos hasta ahora no estudiados”.

Si la noticia apareció en Enero, hay que pensar que los primeros hallazgos hayan sido de los últimos meses de 1904, no de 1905; y, mucho menos, de 2005 como se lee en una crónica del diario El Mundo publicada el 23 de septiembre de 2008: ÁVILA.- La villa romana descubierta por casualidad hace tres años junto al cementerio de San Pedro del Arroyo (Ávila) puede ser considerada como "una de las de mayores dimensiones" según el catedrático de Arqueología de la Universidad de Valladolid y director de las excavaciones la villa romana de 'La Olmeda', en Palencia, José Antonio Abásolo”.

Lo que se comunica a los efectos oportunos, como habría dicho un funcionario de los de antes. Un efecto oportuno: que cuando se publique el folleto de acompañamiento a la visita, además de no dar demasiada coba a los políticos que han tardado más de un siglo en encontrar recursos para abrir la instalación, se cuente bien el descubrimiento, no vaya a ocurrir otra vez lo del origen romano de Ávila o el hallazgo del cementerio judío, también en Ávila, redescubiertos hace pocos meses para escándalo de quienes saben (sabemos) algo  de Historia.

Quiero ir pronto a visitar El Vergel. No será La Olmeda de Palencia, pero las imágenes que se van conociendo de los mosaicos me tienen en ascuas.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Rico versus Pérez Reverte

La polémica de estas semanas entre Francisco Rico y Pérez Reverte ha conducido desde el uso de -os/-as para el género, aburrido y coñazo donde los haya, a rifirrafes entre “Quijotes” y “Alatristes”, como en los mejores tiempos de las Gradas de San Felipe y otros mentideros madrileños. ¿Estaremos volviendo al Barroco? La polémica me recuerda otra de una década atrás, a propósito de la novela de Trapiello Al morir don Quijote, en la que Rico también se empleó a fondo. Y otra rabieta suya: cuando en 2002 apareció la edición de Florencio Sevilla del Quijote, acogida con fervor por El País en un extenso artículo. Llevé el tema, disfrazado, a mi relato titulado El festín del Quijote, escrito y publicado en prensa en 2006 y en segunda edición en 2012 (Siete entre cuatro, Caldeandrín). Tomo partido por Pérez Reverte, por Florencio Sevilla y por cualquiera que se atreva a bajarle los humos a Rico, al que, por otra parte admiro como filólogo y estudioso de nuestra literatura. La Historia y crítica de la Literatura Española que él coordina no puede faltar en la biblioteca de ningún filólogo. Y su edición del Quijote (2004) es hoy imprescindible. Pero el personaje…
Así que me animo a traer a esta bitácora aquel relato, absolutamente prescindible, que escribí cuando andaba metido en “cervantismos”.


El festín del Quijote

Las celebraciones del Cuarto Centenario le habían dejado un vacío difícil de llenar, como un enorme hueco después del gran festín donde el ego no encontraba un rincón en que cobijarse o un plano sobre el cual poner la mano abierta para comprobar que existía algo más que su propia obsesión. Su discurso había perdido aquel encantador decir que seducía a las señoras socias, profesionales en la disciplina de oír conferencias y devorar canapés para irse ya cenadas a casa. Ahora fluye como un regato sin más rumor que el que generan las palabras sin aquella música.
−Y ahora me vienen de la Academia con que debo redactar una memoria de actividades para no sé qué publicación institucional en la que mi trabajo excelente va a perderse entre tanta morralla de mujeresdelquijote cocinadelquijote florifaunadelquijote músicadelquijote indumentariadelquijote edicionesenrusodelquijote creo que no voy a poder soportarlo comienzo a no dormir bien y esta obsesión me va a matar me inventaré un curso en Berkeley y que alguien del grupo editorial se encargue por mí lo firmo cuando esté listo y en paz y además tantos enemigos como he dejado por el camino se me aparecen en sueños y los veo dispuestos a pelear en sangrienta desigual y singular batalla ya no suena el teléfono tanto como estos meses de atrás los quijotes comienzan a venderse a precios de saldo y algunos hasta sirven para calzar muebles cojos organizar rifas y encender estufas.
El profesor Cavanillas, sin duda el más reconocido de todos los filólogos gracias a su esfuerzo y, por qué ocultarlo, también a su ambición, anda rebotando desde hace semanas por el laberinto de sus lecturas, resúmenes, notas, artículos, presentaciones, prólogos y ediciones críticas. Trata de poner orden en todo él solo porque no confía en Marina, su fiel documentalista, que lleva diez años a su lado en estado de devoción permanente.
−No vaya ahora al final a traspapelar algún programa alguna crítica aparecida en un periódico de provincias todo vale Marina no lo olvide lo mismo si se refiere a Cavanillas directamente como si se me menciona indirectamente ¿tiene ya lo de López Navío?
−Sí, profesor, ya nos ha llegado.
−¿Ha consultado la fonoteca de Radio Albacete?
−No todavía no he tenido tiempo.
−No lo deje Marina quiero grabación de cuanto se haya emitido al respecto.
−Sí, profesor, descuide.
Ha sido oír descuide y un sudor frío se le ha derramado por toda la epidermis hasta dejarlo helado y tiritando.
−Profesor, ¿quiere que le prepare un té?
−No no necesito un té lo que necesito es que acelere usted su trabajo para que la adenda pueda salir el mes que viene coincidiendo con la feria.
Marina está perdiendo su juventud y la ilusión de vivir, encerrada en este enorme despacho, ahogada entre libros, revistas, recortes, cintas, cedés y otros objetos cuyo volumen sigue creciendo a razón de un metro cúbico cada dos meses.
−Hay tres yelmos de Mambrino, profesor, los tres distintos y los tres acompañados de sus respectivos estudios y yo no sé qué hacer con ellos, cómo clasificarlos, profesor.
−Pues abra usted un capítulo para ajuar Marina ponga algo de su parte que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes ni mucho menos estar en todo, para estas cosas está usted ¿no?
Marina está a punto de llamar al ama y a la sobrina porque el profesor empieza a dar muestras de estar perdiendo el juicio. De hecho nunca hasta ahora se había dirigido a ella tan desabridamente.
−Ahora me menosprecia, se lo noto en esa mirada cruel desde detrás de las gafas, en el rictus despectivo de sus labios. ¿Lo ves, Mercedes? −comenta en el café.
−Hija, en qué cosas te fijas, yo nunca le había mirado los labios, pero tienes razón.
Claro que tiene razón Marina, porque los labios son ya una línea dibujada con desgana entre la nariz y la barbilla. Mercedes solo piensa en que ya es viernes, en que su amigo tendrá el coche preparado para irse de fin de semana.
−Nos vamos a Consuegra a ver los molinos de La Crestería y luego a comer duelos y quebrantos en cualquier venta y a dormir donde nos pille de la ruta.
−¿Es que no hay otros sitios, que siempre acabáis allí?
−No, no hay otros sitios, parece que te molesta.
−Hija, cómo te pones tú también.
−¿Y si nos gusta la ruta, qué?
−Yo no puedo más, Mercedes. Este trabajo va a acabar conmigo.
−Pues, mira, yo con el mío no me hago problemas: no limpie hoy el despacho y no lo limpio, no toque los papeles de la mesa y no los toco.
Cuando vuelve del café preceptivo, al que han bautizado en la casa “café de conveniencia” porque está contemplado en el convenio, Marina interpreta su papel de madre soltera-secretaria con el profesor.
−Tenga, profesor, tómese este té, que me temo que no ha probado bocado desde ayer.
Eso haré yo de muy buena gana Marina que aún la cola falta por desollar.
“¡Dios mío! −confiesa casi en voz alta−, cada vez habla más como ellos. Acabaremos todos mal. Debería renunciar de una vez por todas a esta comisión de servicios y volver a mi plaza en el Consejo: sota caballo y rey y la nómina a fin de mes. Esta ya no es vida”.
−Profesor, se le va a quedar frío.
Eso no es de maravillar Marina.
−Pero, profesor, el té le va a entonar y se va a encontrar mejor.
No estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos así que se lo ruego recoja y déjeme que necesito estar solo con la razón de mi sinrazón.
Esto ocurrió, como decía, el viernes. Marina dejó a Cavanillas a las dos y media perdido en sus papeles, no sin antes ofrecer, demandar, suplicar.
−Profesor, puedo venir esta tarde si lo desea para ayudarle con la conferencia del miércoles, no tengo ningún plan.
Si fueras caballero como lo eres ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento márchese Marina y disfrute de su falta de planes Dios lo que debe de ser vivir sin planes.
Y allí lo dejó a su pesar, parapetado detrás de sus gafitas redondas, con aquella cara de funcionario aburrido que colecciona crucigramas resueltos poniendo al pie el día y la hora.
El fin de semana fue de lo más vulgar. Marina lo aprovechó para hacer la casa, la suya y la de su madre. Mercedes para pararse en todas las tiendas de productos típicos de la ruta a comprar rosquitos de Sancho, trenzas de Dulcinea, vino del bachiller Carrasco, jamón de la venta, licor de Barataria, paté de la cueva de Montesinos, y para demandar amor de su novio detrás de cada barda. Cavanillas apenas salió de su despacho para comer algo, lo justo para reponer las fuerzas que necesitaba. Esta conferencia del miércoles debe ser el broche de oro a las celebraciones, su página más brillante y definitiva. “Quiero ver al auditorio incapaz de respirar con mi descubrimiento justo ahora cuando todos ya han bajado la guardia y andan buscando qué celebrar este año llego y lo expongo con la mayor naturalidad sin efectismos tengo que hacer lo posible para que asista Pellero a ver qué dice cuando lo oiga atreverse a polemizar conmigo para tratar de oscurecerme con su novelucha no con un estudio riguroso sino con una novela como si no estuviésemos al cabo de la calle de que una novela es prueba de que no se sirve para escribir algo más sólido”.
El lunes, temprano, Marina se encontró con que no podía entrar en el despacho.
−Profesor, buenos días, ¿está usted ahí?
No se oía ruido alguno detrás de la puerta y mira que Marina tiene buen oído. Insistió en vano hasta que al cabo de un rato:
−¿Qué quiere? márchese no la necesito hasta el jueves.
−Pero la conferencia… ¿No se la voy a pasar?
−No, esta no quiero que la vea nadie, ni siquiera usted, la pasaré yo mismo.
Profesor, ¿está usted bien?
−Sí, Marina y muy contento de que te quieras valer de mi ánimo para mostrar el instinto maternal que te hace tan amable en el más fiel sentido etimológico del adjetivo amable.
Marina supo entonces que aquello era el comienzo del inicio del fin, idea por otra parte nada original porque se le había quedado colgada en un momento reciente que entonces no alcazaba a fijar. Así que decidió dejar a Cavanillas en su soledad de ermitaño, con la esperanza, con la esperanza no, con la ilusión vana de que pudiera tratarse de uno de sus ataques de neurosis, que más tarde se resolvería en furioso artículo contra el primero que se atreviera a entrar en el Quijote sin permiso, o en unos acrósticos afilados o en cualquier otra maldad exquisita.
Entre el lunes y el martes llegaron las mil invitaciones para asistir al día siguiente a la conferencia que pronunciará el profesor y académico Arisco Cavanillas sobre el tema Don Quijote personaje de la realidad etcétera etcétera entrada con invitación, mil invitaciones con la intención de que se llenara el salón con capacidad para setenta, y otras cien que podrían escucharla por megafonía en los salones.
El martes, a las seis de la tarde, Marina sintió que no era capaz de esperar pacientemente ni un minuto más sin interesarse por su jefe, patrón, maestro, dios, padrino, director, amante; «amante no, porque lo de hace dos años no cuajó, bien sabe Dios que por su culpa, que yo estaba dispuesta. No quiero irrumpir en tu vida, tú eres joven y tienes toda la vida por delante y yo no sabría cómo comportarme contigo. Como si yo necesitara que se comportara de alguna manera, pero en fin él lo quiso, mejor dicho él no lo quiso».
−Profesor, ¿está usted bien?, ¿no necesita nada?, estoy muy preocupada.
−No necesito nada ¿tiene por ventura una resolución gallarda necesidad de consejo alguno? he resuelto no salir de aquí hasta mañana, con el tiempo justo para llegar a las siete y media que en esto debe consistir la sustancia de este milagro en que yo vele aquí las armas antes de enfrentarme a mis terribles enemigos.
Mercedes, a quien habíamos dejado el sábado colocándose la ropa detrás de un tapial, trataba de tranquilizarla.
−Mira, Marina, ya lo conoces, se le pasará como otras veces.
−No, esta vez es más serio, esta vez no le va a bastar con arremeter contra cualquier cervantista que lo haya contrariado o que haya encontrado algo interesante, esta vez se trata de algo mucho más serio. ¿No ves que habla como ellos?
−¿Como quién?
−Como los personajes del Quijote. Está abandonando su propio discurso. Creo que está hechizado, que puede estar perdiendo el juicio.
−O sea, que crees que le está pasando lo mismo que a don Quijote.
−Pues sí, Mercedes, lo mismo.
−Ándate con ojo, Marina, no vayas a ser tú la próxima en la rueda de hechizos. Deberías buscarte un hombre y poner un poco de alegría en tu vida −y lo dijo acompañándose de un movimiento casi imperceptible que en otra circunstancia hubiera vuelto a ponerla entre el estoque y la pared, como el sábado.
Por fin llegó el jueves. La del ocaso sería cuando Arisco Cavanillas salió tan ufano... (Ten cuidado tú también hombre que esto es contagioso qué clase de narrador eres tú omnisciente mejor omnipresente metomentodo garrapata capaz de chuparles la sangre a los personajes y a los personajes de los personajes y además medio plagiario así que escríbelo mejor.) El jueves al atardecer el profesor Cavanillas se dirigió andando desde su despacho de la Academia hasta la Imprenta de Juan de la Cuesta. Salió de la acrópolis a las siete menos cuarto, bajó hasta El Prado, contempló con desprecio la cuadrícula del edificio de Sanidad, aspiró profundamente la fragancia que despedía el Botánico, correspondió al saludo solícito de los libreros de antiguo que habían puesto sus casetas allí provisionalmente:
−Buenas tardes profesor, cómo me gustaría escucharle.
−Profesor, pásese por la caseta que le tengo una sorpresa.
−Apabúllelos, joder, que se enteren de quién es el que más sabe, ¡tanta novelita ni tanta mandanga! −El gordo siempre acababa disuelto en bilis cuando se le aparecía cualquier famoso.
En la glorieta de Atocha el paisaje dejó de ser amable y dieciochesco para convertirse en escenario barroco de agua va, confesión que me han herido, a mi la guardia, locutorios, tiendas de chinos y bazares de sexo. A la altura de Fúcar la gente parecía ya otra, más gafas, mejor olor y más saludos: «buenas tardes profesor, que alegría volver a verle profesor, enhorabuena por su edición profesor, definitiva sencillamente definitiva profesor, nos gustaría que viniera a dar una conferencia en nuestro club profesor, venimos de Barcelona no queríamos perdérnoslo profesor». Cuando Profesor llegó a la Costanilla, ya era aquel profeta que va a entrar en la ciudad aclamado por sus seguidores. No se cabía en los despachos, salas, escaleras, y el salón de actos era como el corazón de una colmena.
−Ya te dije que era una barbaridad enviar mil invitaciones, Marina, a ver ahora qué hacemos. −Mercedes parecía invadida por un sentimiento de pánico.
Pero no se trataba del número de invitaciones, sino del propio Cavanillas, que se había dedicado a calentar el ambiente desde hacía un mes, hoy aquí mañana allí, diciendo sin decir. Era una técnica que dominaba: “Creo que estoy en condiciones de desvelar el secreto mejor guardado de Cervantes no no puedo adelantar nada por ahora quedan algunos cabos sueltos que anudar pero pronto tendrán noticias”.
−Y así hemos llegado a donde hemos llegado, Merche. Tengo un presentimiento.
−Hija, mira que eres agorera.
−Ya verás como el día termina mal.
A las siete y media en punto, el de siempre, doscientas cincuenta y ocho con esta, como reza en el libro de actas y anales, dijo aquello que siempre repetía, pura fórmula para ocultar la pereza que le invadía cada vez que tenía que presentar a un conferenciante: que si no necesitaba ser presentado, que si sería un atrevimiento por su parte resumir aquí y ahora una obra tan extensa y excelente, que solo las actividades del pasado año dirigidas y protagonizadas por el profesor Cavanillas constituían un currículum difícilmente superable, que la Imprenta se sentía honrada con poder tenerlo en su tribuna, que no iba a cansarnos más con su pobre presentación, por lo que iba a proceder a cederle la palabra para que pudiera comunicar a los amantes del cervantismo tan fenomenal descubrimiento, en fin.
Cuando los flases y los aplausos de cortesía se apagaron, eran las ocho menos cuarto. El profesor Cavanillas agradeció los elogios inmerecidos: «siempre tan amable tan buen amigo y buen anfitrión tan miserable con la minuta» pensó aunque no lo dijo, y dio comienzo a la lección.

−Señoras y señores −el silencio se cortaba, nadie se habría atrevido a respirar si no es porque en un móvil sonó Paquito el chocolatero para desesperación de todos, menos de su dueño−, quiero empezar agradeciéndoles su generosidad por acompañarme esta tarde voy a procurar no defraudarles porque tengo que hacerles partícipes a ustedes de un secreto que llevaba años intuyendo y ya ha terminado de sustanciarse tras larga y minuciosa investigación ha llegado el momento de revelar que Miguel de Cervantes se inspiró para crear el personaje de Alonso Quijano en alguien real en un hidalgo caballero que existió en la realidad que todavía vive y vivirá por siempre jamás Alonso Quijano soy yo Arisco Cavanillas y vámonos poco a poco pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño esto es todo.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Ocho apellidos catalanes... y ni uno más

Pues a mí, qué quieren que les diga, Ocho apellidos catalanes me aburrió. Nada que ver con los vascos. Tanta promoción para eso. La pareja de Amaia y Rafa (Clara Lago y Dani Rovira) con poca gracia, como actuando porque venga, va. La abuela Roser (Rosa Sardá), una mueca esperpéntica de Christiane en Good Bye, Lenin! Imposible no recordar aquella fábula. Berto Romero (lo suyo es la conversación) es Pau, un pijiprogre que por sí mismo justificaría el desfile de la Legión por las Ramblas. Y Belén Cuesta, me temo que sea el anzuelo para una posible repesca de apellidos en otros mares, quizás gallegos.


Lo mejor:  Karra Elejalde en el papel de Koldo y Carmen Machi en el de Merche; la sala con treinta o cuarenta espectadores, aquí en Ávila, donde ya es difícil superar la media docena en la primera sesión; y unas chicas en la última fila que se reían a destiempo, sospecho que con mensajes que les llegaban por wasap.

Puede ser que el jueves no tuviera yo el ánimo en clave de comedia, pero, por favor, basta de apellidos.
La historieta diferencial en clave catalana no funciona. Me divierten más las Telenotícies de TV3. Eso sí que es para troncharse.


Propongo una peli seria con Danny De Vito haciendo del honorable (¿?) Pujol. A lo mejor De Vito no quería.

martes, 18 de septiembre de 2012

Isabel

Lo he dicho esta mañana en SER-Ávila.

 
Buenos días, oyentes de la SER. Quiero desearles un feliz curso. He decidido que éste no voy a ocuparme de ningún asunto que les amargue a ustedes el aperitivo. Bastantes comentarios acerados tenemos a diario, para que yo a estas horas les haga probar aceite de hígado de bacalao antes del almuerzo. Así que vamos a ello.
 
  Foto RTVE
 
En la tele están echando ISABEL. La reina era de Madrigal, entonces sin el moderno y pomposo “de las altas torres”, que suena a urbanización de nuevos ricos. Yo me encontré con la infanta Isabel una mañana de primavera de 2004 en Madrigal. El frío hacía temblar a los galgos. Habían montado una sugerente exposición para conmemorar el V Centenario de su muerte y allí, en un cuartito donde según la tradición pudo haber nacido, estaba ella, la infanta preadolescente,  seriecita, ajena todavía a los tejemanejes de la política que más tarde se vio empujada a protagonizar para no quedarse sin el trono. Esa es la Isabel que me sedujo en el retrato supuesto de un pintor flamenco. Pudimos estar frente a frente largo rato porque era no festivo y la exposición no contaba con visitantes a tales horas. Podía haberme llevado el cuadrito, ahora que lo pienso, y haberlo colgado en el salón, junto a la foto de la nieta, pero no lo hice. Era la Isabel relegada a vivir en Arévalo con su hermano Alfonso y su madre, la familia vista como peligrosa por el rey Enrique: y con razón.
Esta ISABEL de la tele es una infanta de discoteca, que habla como una niña bien del Barrio de Salamanca o de Pedralbes y le suelta desplantes al noble que se le cruza en el camino. Y el infante Alfonso es un chico del colegio Diocesano que acaba de salir de clase. Con el paso de los capítulos, la veremos a ella cada vez más mandona e inmoderada, ya verán. La serie despide por ahora un cierto tufillo a LOS TUDOR pero en pobre (no hay más que ver cómo ambientaron anoche la llamada “Farsa de Ávila”), y puede acabar dando mucho juego. Ya sé que los tiempos de Josefina Molina y la Velasco montando TERESA DE JESÚS son irrepetibles, pero entre aquellas glorias exquisitas y estos postres industriales cabrían términos medios.
Entre mis amigos, cuento con dos que están empeñados en canonizar a la reina y le andan buscando milagros por México y España a toda costa. Espero vivamente que no consigan llevarla a los altares. “La vais a estropear” les digo, pero ellos erre que erre. Cuando les pongo el caso, para hacer de abogado del diablo, de la expulsión de los judíos, me salen con lo del contexto. Y cuando les saco el caso de su desconsiderada política matrimonial con los hijos, de una ambición sin límites casi cruel, también salta el contexto. Todo lo que les estorba es contexto.
Y a pesar de todo, me propongo ver la serie. Quiero ver a Diego Hurtado de Mendoza, defensor de los derechos de la Beltraneja (¡que los tenía!, vamos a ser serios), cambiando de causa y peleando por los derechos de la reina de Madrigal. Quiero ver a Fernando el aragonés cabreado con Colón. Es una historia que me explicó en tonos épicos el profesor Rumeu de Armas hace ya más de medio siglo. Quiero ver a Michelle Jenner en plan pijo recibiendo las llaves de Granada de manos del rey moro, como en los santos de mi primer libro de historia. Esta vez me importa un maravedí la historia. Necesito reír un poco en estos tiempos, compréndanlo.

martes, 17 de julio de 2012

Con Hopper en el Thyssen

El domingo me encontré con Hopper en el Thyssen. Claro que no estaba solo, me rodeaba una multitud de turistas culturetas y también de amantes al arte: los primeros hablando a gritos, ponte más allá, más, más, para tirar la foto permitida ante la performance de Sol de mañana y participar en no sé que concurso, o buscando La casa junto a la vía del tren para recordar la película de Hitchcock, mira, es mismamente la casa del Tonicurtis; y estos otros (me incluyo) procurando encontrar un resquicio entre grito y grito o codo y cadera para admirar el atrevimiento de esta composición, estremecerse con la soledad que supuran los personajes, deslumbrarnos con los colores cálidos  de los planos vibrando en el claroscuro. Una celadora bisbisea y ordena guardar silencio, pero es inútil, crece el griterio porque los visitantes barruntan la hora del almuerzo mientras la mujer que lee en La habitación de hotel  continúa sumergida en la desolación de la lectura. Hopper me mira un momento refugiado en la sombra leve que le proporciona el ala del sombrero, por qué has venido si ya sabes cómo es esto, con el catálogo habrías disfrutado más. No, le digo, tenía que verte aquí a la entrada, invitándonos a contemplar la poesía cotidiana -esta si que es una 'poesía de la experiencia'- de paisajes desolados, surtidores de gasolina para coches que nunca se detienen a repostar, mujeres solas, hombres corroídos por el tedio, he venido por verte a ti, podría declararte mi admiración desde que te descubrí no hace tantos años, aunque prefiero que sepas que tu pintura puede emocionarme pero también me deja el ánimo hecho un trapo.
De cualquier forma, gracias, tengo que volver otro día que no tengas tantas visitas.

jueves, 15 de marzo de 2012

¡Viva La Pepa!


De aquellas Cortes de Cádiz (1810) que inmortalizó el pintor palentino Casado del Alisal medio siglo después, me queda el recuerdo de algún libro –tal vez un diccionario ilustrado− que representaba la escena en blanco y negro, con cierto gusto a representación de ópera de segunda. Las manos en alto de los que juran ante el obispo tenían en mi infancia el significado de otros juramentos que nos tomábamos en broma. Toda la pintura histórica de gran formato era una colección de cromos que valían para fomentar nuestro espíritu nacional(ista). Pero el caso es que, cuando preguntábamos qué paso en Cádiz, qué era la Constitución y si el Fuero de los Españoles era algo parecido a aquello, el profe miraba para otro lado y procuraba no meterse en jardines. Lo recuerdo con cariño y siempre me he puesto en su lugar. ¿Qué habría hecho yo en 1950?: lo mismo.


La medalla que se acuñó con motivo de la promulgación de aquella Primera Constitución de la Monarquía Española tenía un diámetro que superaba las tragaderas del rey Fernando VII, el gran traidor.

Hoy, la Constitución de 1812 que se promulgó en Cádiz −¡qué vergüenza!, todavía no conozco la ciudad, pero voy a ir ya− es para los españoles, doscientos años después, una vuelta a las raíces. Su lectura nos devuelve a tiempos en los que todavía los ideales levantaban pasiones y armaban revoluciones, sin compadreos ni miedos a ser calificados de liberales. En estos tiempos de mayorías absolutas, gobiernos eternos en algunas administraciones y mamoneo a destajo, sueño con el Articulo 2 del Capítulo I, tan claro, tan ingenuo:

¡Viva La Pepa!

domingo, 19 de febrero de 2012

Una tarde en El Hermitage

Todavía estás a tiempo de escaparte a Madrid para pasar la tarde en El Prado, visitando la exposición de El Hermitage. No lo dudes ni un momento. Reserva tu entrada a través de Internet, mejor para un día de lunes a jueves, entre cinco y seis de la tarde para evitar la multitud, y entra con el ánimo de quien va a asaltar el Palacio de Invierno. No te dejes intimidar a la entrada por los soberbios retratos de los zares. Los han colgado allí, más que para darte la bienvenida, para avisarte de que fue cosa suya lo de coleccionar tantos tesoros de arte; algo así como los retratos Tita  y su barón  en el hall del Thyssen. Falta allí otro de Lenin en actitud de recordar: y yo también, que procuré que todo el tesoro no fuera expoliado. ¿Por qué no pude quitarme de la cabeza la visión en blanco y negro de bolcheviques y soviéticos que aprendí en el cine?
Pero déjate asombrar con aquella riqueza: el oro de los nómadas escitas y los griegos (regalo el alejandrino a algún poeta rubeniano), La Magdalena de Canova, pinturas de Rembrandt y Rubens, de El Greco, Ribera y Velázquez, de Watteau, de los maestros contemporáneos: Monet, Matisse, Picasso, Kandinsky... Y de propina, Bruegel el Viejo con El vino de la fiesta de San Martín, recién vendimiado y recién adquirido por El Prado, en una sala adjunta que nada tiene que ver con el Hermitage, si no es que tienes que pagar si quieres ver.


Me quedo, de toda la muestra, con el misterioso Tañedor de laúd de Caravaggio, inquietante en su ambigüedad invitadora. Hago por olvidar lo que sé sobre el cuadro y me conformo con el festín de sensualidad que proporciona la luz de la figura emergiendo del fondo oscuro para cegar los ojos, el aire perfumado por las flores del búcaro, el dulzor natural de las frutas, la música acordada del madrigal... y el tacto prohibido del andrógino.
Tómate un café o un refresco en la cafetería antes de salir y vuelve al ruido de la calle, satisfecho de cuanto has disfrutado. Por unas horas, no veas la tele ni pongas la radio ni leas el periódico. Escucha la música de Apolo el tañedor, la voz del tenor castrado y sueña que toca y canta para ti, que eres el zar.

domingo, 4 de abril de 2010

Gran Vía 100


El óleo de Antonio López -cinco años persiguiendo la luz del amanecer- es hoy la mejor postal de la Gran Vía. La avenida hacia 1975 ya estaba en plena decadencia. Tal vez por ello la visión de esta Gran Vía del maestro me deja el recuerdo de la que conocí, recién desenraizado de Ávila, en 1959. Hoy forma parte de mi "Colección privada".
La Gran Vía eran los billares de Callao,donde podía practicar sobre un paño bien cuidado lo aprendido con marrullería en el tugurio de Vallespín. Eran los bajos de Montesol, con las máquinas para disparar contra leones y gorilas, que por entonces no estaban protegidos. Fueron los cines, con películas que duraban en cartel seis meses. Podían coincidir en la cartelera Los siete magníficos, Raíces profundas y El último tren de Gun Hill y convertir la avenida en la calle principal de Dallas City. Desde las cabinas de Telefónica llamábamos a casa para pedir que nos mandaran algún paquete. En Espasa Calpe buscábamos la edición imposible de Blas de Otero o de León Felipe. Nos asomábamos a Chicote desde fuera para ver si encontrábamos a Mihura, del que nos habían dicho que iba por allí (luego supimos que eso había ocurrido veinte años antes). Espiábamos la puerta de Pasapoga para ver entrar vestidas a las diosas del cabaré que se anunciaban con menos ropa fuera, en los carteles. Y visitábamos Zahara porque sabíamos que la hija del dueño era un chica que venía por Ávila en los veranos.
Gran Vía no era solo la avenida, sino las calles de los alrededores: el Galerías de Preciados; la revista y la librería de Ínsula, en Carmen; los salones bellísimos de La India, en Montera, donde alguna vez guteábamos un pastel de nata; Ballesta para ver a las putas, por entonces todas del terreno. Y San Bernardo, Hortaleza o Fuencarral como vías de escape hacia otros universos.
Que una calle cumpla años es cosa de periodistas, pero bueno ¡felicidades a cuantos han disfrutado en cualquier época de esta Quinta Avenida manchega!

sábado, 20 de marzo de 2010

Mujer leyendo una carta

Mi problema con la poesía es severo, lo ha sido siempre, mayor cuanto más me he zambullido en su lectura. Lo achaco a una formación adquirida en el análisis de métodos estilísticos que reinó hace cinco o seis décadas -de casi todo hace ya sesenta años, Dios- en la escuela de Dámaso Alonso y Carlos Bousoño. Así que, cuando leo a un poeta, parto de la deconfianza y tiendo a subrayar aquello que no entiendo o no es de mi agrado. Con frecuencia me vence el desánimo al descubrir que este o aquel poeta es solo un experto en juntar palabras para dejar una atmósfera de tibia evanescencia sin una pizca de significado que degustar.
Tal vez por eso nunca me animé a publicar poesía propia, temeroso de que alguien diagnosticara: "Claro, ya se entiende lo tuyo con la poesía, lo que te pasa a ti es que eres un vulgar prosaico". Pues sí, mire usted, pero no importa. Ahora pienso que hice mal quedándome en la trastienda. Por eso, muy de vez en cuando, colgaré cuadros de mi Colección privada para quitarme de encima el complejo.


"Mujer leyendo una carta"



Los campos inundados y el fragor de esta guerra
no me impiden, señora, imaginar las manos
perdiéndose en tus rizos y separando holandas
en busca del fulgor de la piel deseada.

Ya se están enfriando los besos encendidos
de aquella última noche de naufragio en tus labios.
Ya se borra la estela de tu mirada mansa.

Te veo cada tarde, tras la ventana abierta,
buscándome en la raya sinuosa del camino,
la tez iluminada por el sol que se esconde.

Que Vermeer de Delft pinte el perfil de tu rostro
y dibuje en el lienzo tu redondez de encinta
para que, cuando vuelva, pueda yo hallar completo
el tiempo que he perdido por no estar a tu lado