domingo, 1 de diciembre de 2019
miércoles, 19 de octubre de 2016
Rico versus Pérez Reverte
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sábado, 28 de noviembre de 2015
Ocho apellidos catalanes... y ni uno más
La
historieta diferencial en clave catalana no funciona. Me divierten más las Telenotícies de TV3. Eso sí que es para
troncharse.
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martes, 18 de septiembre de 2012
Isabel
Lo he dicho esta mañana en SER-Ávila.
Esta ISABEL de la tele es una infanta de discoteca, que habla como una niña bien del Barrio de Salamanca o de Pedralbes y le suelta desplantes al noble que se le cruza en el camino. Y el infante Alfonso es un chico del colegio Diocesano que acaba de salir de clase. Con el paso de los capítulos, la veremos a ella cada vez más mandona e inmoderada, ya verán. La serie despide por ahora un cierto tufillo a LOS TUDOR pero en pobre (no hay más que ver cómo ambientaron anoche la llamada “Farsa de Ávila”), y puede acabar dando mucho juego. Ya sé que los tiempos de Josefina Molina y la Velasco montando TERESA DE JESÚS son irrepetibles, pero entre aquellas glorias exquisitas y estos postres industriales cabrían términos medios.
Entre mis amigos, cuento con dos que están empeñados en canonizar a la reina y le andan buscando milagros por México y España a toda costa. Espero vivamente que no consigan llevarla a los altares. “La vais a estropear” les digo, pero ellos erre que erre. Cuando les pongo el caso, para hacer de abogado del diablo, de la expulsión de los judíos, me salen con lo del contexto. Y cuando les saco el caso de su desconsiderada política matrimonial con los hijos, de una ambición sin límites casi cruel, también salta el contexto. Todo lo que les estorba es contexto.
Y a pesar de todo, me propongo ver la serie. Quiero ver a Diego Hurtado de Mendoza, defensor de los derechos de la Beltraneja (¡que los tenía!, vamos a ser serios), cambiando de causa y peleando por los derechos de la reina de Madrigal. Quiero ver a Fernando el aragonés cabreado con Colón. Es una historia que me explicó en tonos épicos el profesor Rumeu de Armas hace ya más de medio siglo. Quiero ver a Michelle Jenner en plan pijo recibiendo las llaves de Granada de manos del rey moro, como en los santos de mi primer libro de historia. Esta vez me importa un maravedí la historia. Necesito reír un poco en estos tiempos, compréndanlo.
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martes, 17 de julio de 2012
Con Hopper en el Thyssen
El domingo me encontré con Hopper en el Thyssen. Claro que no estaba solo, me rodeaba una multitud de turistas culturetas y también de amantes al arte: los primeros hablando a gritos, ponte más allá, más, más, para tirar la foto permitida ante la performance de Sol de mañana y participar en no sé que concurso, o buscando La casa junto a la vía del tren para recordar la película de Hitchcock, mira, es mismamente la casa del Tonicurtis; y estos otros (me incluyo) procurando encontrar un resquicio entre grito y grito o codo y cadera para admirar el atrevimiento de esta composición, estremecerse con la soledad que supuran los personajes, deslumbrarnos con los colores cálidos de los planos vibrando en el claroscuro.
Una celadora bisbisea y ordena guardar silencio, pero es inútil, crece el griterio porque los visitantes barruntan la hora del almuerzo mientras la mujer que lee en La habitación de hotel continúa sumergida en la desolación de la lectura. Hopper me mira un momento refugiado en la sombra leve que le proporciona el ala del sombrero, por qué has venido si ya sabes cómo es esto, con el catálogo habrías disfrutado más. No, le digo, tenía que verte aquí a la entrada, invitándonos a contemplar la poesía cotidiana -esta si que es una 'poesía de la experiencia'- de paisajes desolados, surtidores de gasolina para coches que nunca se detienen a repostar, mujeres solas, hombres corroídos por el tedio, he venido por verte a ti, podría declararte mi admiración desde que te descubrí no hace tantos años, aunque prefiero que sepas que tu pintura puede emocionarme pero también me deja el ánimo hecho un trapo.
De cualquier forma, gracias, tengo que volver otro día que no tengas tantas visitas.
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jueves, 15 de marzo de 2012
¡Viva La Pepa!
De aquellas Cortes de Cádiz (1810) que inmortalizó el pintor palentino Casado del Alisal medio siglo después, me queda el recuerdo de algún libro –tal vez un diccionario ilustrado− que representaba la escena en blanco y negro, con cierto gusto a representación de ópera de segunda. Las manos en alto de los que juran ante el obispo tenían en mi infancia el significado de otros juramentos que nos tomábamos en broma. Toda la pintura histórica de gran formato era una colección de cromos que valían para fomentar nuestro espíritu nacional(ista). Pero el caso es que, cuando preguntábamos qué paso en Cádiz, qué era la Constitución y si el Fuero de los Españoles era algo parecido a aquello, el profe miraba para otro lado y procuraba no meterse en jardines. Lo recuerdo con cariño y siempre me he puesto en su lugar. ¿Qué habría hecho yo en 1950?: lo mismo.
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domingo, 19 de febrero de 2012
Una tarde en El Hermitage
Todavía estás a tiempo de escaparte a Madrid para pasar la tarde en El Prado, visitando la exposición de El Hermitage. No lo dudes ni un momento. Reserva tu entrada a través de Internet, mejor para un día de lunes a jueves, entre cinco y seis de la tarde para evitar la multitud, y entra con el ánimo de quien va a asaltar el Palacio de Invierno. No te dejes intimidar a la entrada por los soberbios retratos de los zares. Los han colgado allí, más que para darte la bienvenida, para avisarte de que fue cosa suya lo de coleccionar tantos tesoros de arte; algo así como los retratos Tita y su barón en el hall del Thyssen. Falta allí otro de Lenin en actitud de recordar: y yo también, que procuré que todo el tesoro no fuera expoliado. ¿Por qué no pude quitarme de la cabeza la visión en blanco y negro de bolcheviques y soviéticos que aprendí en el cine?
Pero déjate asombrar con aquella riqueza: el oro de los nómadas escitas y los griegos (regalo el alejandrino a algún poeta rubeniano), La Magdalena de Canova, pinturas de Rembrandt y Rubens, de El Greco, Ribera y Velázquez, de Watteau, de los maestros contemporáneos: Monet, Matisse, Picasso, Kandinsky... Y de propina, Bruegel el Viejo con El vino de la fiesta de San Martín, recién vendimiado y recién adquirido por El Prado, en una sala adjunta que nada tiene que ver con el Hermitage, si no es que tienes que pagar si quieres ver.
Me quedo, de toda la muestra, con el misterioso Tañedor de laúd de Caravaggio, inquietante en su ambigüedad invitadora. Hago por olvidar lo que sé sobre el cuadro y me conformo con el festín de sensualidad que proporciona la luz de la figura emergiendo del fondo oscuro para cegar los ojos, el aire perfumado por las flores del búcaro, el dulzor natural de las frutas, la música acordada del madrigal... y el tacto prohibido del andrógino.
Tómate un café o un refresco en la cafetería antes de salir y vuelve al ruido de la calle, satisfecho de cuanto has disfrutado. Por unas horas, no veas la tele ni pongas la radio ni leas el periódico. Escucha la música de Apolo el tañedor, la voz del tenor castrado y sueña que toca y canta para ti, que eres el zar.
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domingo, 4 de abril de 2010
Gran Vía 100

El óleo de Antonio López -cinco años persiguiendo la luz del amanecer- es hoy la mejor postal de la Gran Vía. La avenida hacia 1975 ya estaba en plena decadencia. Tal vez por ello la visión de esta Gran Vía del maestro me deja el recuerdo de la que conocí, recién desenraizado de Ávila, en 1959. Hoy forma parte de mi "Colección privada".
La Gran Vía eran los billares de Callao,donde podía practicar sobre un paño bien cuidado lo aprendido con marrullería en el tugurio de Vallespín. Eran los bajos de Montesol, con las máquinas para disparar contra leones y gorilas, que por entonces no estaban protegidos. Fueron los cines, con películas que duraban en cartel seis meses. Podían coincidir en la cartelera Los siete magníficos, Raíces profundas y El último tren de Gun Hill y convertir la avenida en la calle principal de Dallas City. Desde las cabinas de Telefónica llamábamos a casa para pedir que nos mandaran algún paquete. En Espasa Calpe buscábamos la edición imposible de Blas de Otero o de León Felipe. Nos asomábamos a Chicote desde fuera para ver si encontrábamos a Mihura, del que nos habían dicho que iba por allí (luego supimos que eso había ocurrido veinte años antes). Espiábamos la puerta de Pasapoga para ver entrar vestidas a las diosas del cabaré que se anunciaban con menos ropa fuera, en los carteles. Y visitábamos Zahara porque sabíamos que la hija del dueño era un chica que venía por Ávila en los veranos.
Gran Vía no era solo la avenida, sino las calles de los alrededores: el Galerías de Preciados; la revista y la librería de Ínsula, en Carmen; los salones bellísimos de La India, en Montera, donde alguna vez guteábamos un pastel de nata; Ballesta para ver a las putas, por entonces todas del terreno. Y San Bernardo, Hortaleza o Fuencarral como vías de escape hacia otros universos.
Que una calle cumpla años es cosa de periodistas, pero bueno ¡felicidades a cuantos han disfrutado en cualquier época de esta Quinta Avenida manchega!
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Jesús Arribas
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sábado, 20 de marzo de 2010
Mujer leyendo una carta
Mi problema con la poesía es severo, lo ha sido siempre, mayor cuanto más me he zambullido en su lectura. Lo achaco a una formación adquirida en el análisis de métodos estilísticos que reinó hace cinco o seis décadas -de casi todo hace ya sesenta años, Dios- en la escuela de Dámaso Alonso y Carlos Bousoño. Así que, cuando leo a un poeta, parto de la deconfianza y tiendo a subrayar aquello que no entiendo o no es de mi agrado. Con frecuencia me vence el desánimo al descubrir que este o aquel poeta es solo un experto en juntar palabras para dejar una atmósfera de tibia evanescencia sin una pizca de significado que degustar.
Tal vez por eso nunca me animé a publicar poesía propia, temeroso de que alguien diagnosticara: "Claro, ya se entiende lo tuyo con la poesía, lo que te pasa a ti es que eres un vulgar prosaico". Pues sí, mire usted, pero no importa. Ahora pienso que hice mal quedándome en la trastienda. Por eso, muy de vez en cuando, colgaré cuadros de mi Colección privada para quitarme de encima el complejo.

Los campos inundados y el fragor de esta guerra
no me impiden, señora, imaginar las manos
perdiéndose en tus rizos y separando holandas
en busca del fulgor de la piel deseada.
Ya se están enfriando los besos encendidos
de aquella última noche de naufragio en tus labios.
Ya se borra la estela de tu mirada mansa.
Te veo cada tarde, tras la ventana abierta,
buscándome en la raya sinuosa del camino,
la tez iluminada por el sol que se esconde.
Que Vermeer de Delft pinte el perfil de tu rostro
y dibuje en el lienzo tu redondez de encinta
para que, cuando vuelva, pueda yo hallar completo
el tiempo que he perdido por no estar a tu lado
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Jesús Arribas
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