Cómo organizar tu biblioteca
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Lo
de año nuevo vida nueva le suena a Lesmes Andueza a imposible. Lo dice por
experiencia. Son muchos años de hacerse propósitos cada 31 de diciembre para
despertar el día 1 proclamando que nunca más volverá a comer las uvas al son de
las doce campanadas, que nunca más volverá a escuchar a Raphael ni a reírle las
gracias al primer paleto que aparezca en la tele haciendo de humorista, que nunca
más volverá a participar en el juego de la lotería, ni a oír la Marcha Radetzky
con el corazón al trote forzado, ni a felicitar a desconocidos o indiferentes,
ni a asistir a cenas o comidas de empresa, hermandad, comilitancia o comandita,
ni a informase por los noticiarios.
Lesmes
Andueza está un poco harto de los ciclos anuales: ahora tocan villancicos y
buenos deseos, ahora procesiones, luego playa y cremas, más tarde difuntos y,
de nuevo pandereta… y vuelta a empezar. Siente que se le va pasando el tiempo rutinaria
e inexorablemente, como en los viejos tacos de los que se arrancaba la hoja cotidiana
cada mañana cuando era niño.
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Cuando llevan media hora de persecución de
ratones, visitas al veterinario, caza incruenta de gorriones y otras
actividades, Lesmes, agotado, propone ahora tú eras pintora y yo visitaba tu
exposición. Entonces nieta se acuerda, espera, abuelo, que voy a traerte el
cuadro que te dejaste aquí el otro día, desaparece corriendo y vuelve de su
habitación con el regalo generoso de una aguada en la que flores y otras formas
compiten en desorden, no es así, abuelo, eso es para abajo, pone orden la pintora,
lo de arriba abajo y lo de abajo arriba, con cara de estar pensando tú no
entiendes de arte.
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La relación de Lesmes Andueza con Vargas Llosa nunca se ha sustanciado ni siquiera en la firma de un ejemplar en feria del libro. Mario no sabe que Lesmes existe; sin embargo, Lesmes ha seguido los pasos del peruano desde los años sesenta del siglo pasado, cuando ambos eran jóvenes, cuando el autor publicó La ciudad y los perros y él era profesor y algo más en aquel colegio y se empeñó en que los estudiantes del bachillerato experimental leyeran la obra y el jefe de estudios se resistía, ¿quién es ese Vargas Llosa que dice usted?, ¿es que no hay autores españoles que leer?, Delibes o Cela mismo, sí, si no digo que no, pero hay que leer a Vargas Llosa, bueno, pues haga usted lo que mejor le parezca, pero quiero un informe a final de curso para el inspector que recoja también la opinión de los alumnos, lo tendrá. Lesmes Andueza sabe que aquellos estudiantes lo agradecieron (¿se acordarán todavía?), porque después siguieron lecturas de García Márquez, otro novato del boom aquel que tanto irritaba a Gironella.
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Lesmes Andueza lleva tiempo haciéndose un lío con las palabras: ¿indignaos o indignaros, como se ha dicho toda la vida?, ¿o es que indignaos es para el masculino y si se trata de las chorbas debe decirse indignás? Ha consultado el Manuel Seco y allí no dice nada. Ha preguntado a sus antiguos colegas filólogos y le han respondido con un yo qué sé, mira yo estoy en otras cosas. Así que el otro día, aprovechando que se le habían terminado las cápsulas de la cafetera (otra nueva sevidumbre), el té negro desteinado y el muesli malteado para los yogures, se acercó a Madrid, a ver si en la Puerta del Sol se lo aclaraban. Todavía no se había levantado oficialmente el campamento de refugiados del 15M, así que Lesmes Andueza pudo recorrer el solar y pasear entre las jaimas: cultura, con los carros del súper atestados de libros; medios de comunicación, con dos o tres ordenadores y muchos papeles y una tribuna desde la que disparaban y rodaban algunas cámaras; dos cabinas sanitarias, o sea, dos retretes de cuya base escurrían sendos hilillos pestíferos. Una pareja, en el interior de un cobertizo a medias entre lo que viene siendo una tienda de campaña y un puesto de melones, dormitaba en un sofá tapizado en azul abuela. En todo el zoco olía a mierda, como en los viejos tiempos. En la asamblea diaria, que Lesmes Andueza no podía perderse, la joven indigná pedía “no aplaudáis, mejor que mostréis vuestro acuerdo como venimos haciendo”, y todos se pusieron a hacer los cinco lobitos con las dos manos. Y cuando dio por terminada la asamblea, agradeció con su tono más pijo y encantador “gracias por indignaros”. O sea, “por indignaros” y no “por indignarse”, pensó, no vale decir “si me queréis, indignarsus” ni “se indignen, coño”. Y Lesmes Andueza entró en un estado de espiral gramatical con lo de la indignación que solo pudo superar en el Callejón del Gato con una de bravas y otra de boquerones fritos.
Al día siguiente, asistío a la toma de posesión de los concejales en Ávila, cuatro de ellos sus amigos. A la salida los indignaos locales lo abuchearon porque iba con corbata y debieron de pensar que era un baranda más, a él, que había mostrado sus simpatías con el movimiento desde el primer día. Y se le vino el pronto de decirles “irsus, versus”, como se espantaba a los muchachos revoltosos en su pueblo; pero no lo dijo, porque se acordó de hace muchos años, cuando también él estaba harto del sistema, y aquello sí que era un sistema, y no se podía abrir la boca sin que te la cerraran de un sopapo.
En los días posteriores el 15M ha emprendido otros derroteros y ya Lesmes Andueza está en otros asuntos. Ha recuperado el orden de la gramática y el lexicón y vuelve a sentirse seguro.
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Lesmes Andueza, desde que se ha jubilado, no hace otra cosa que asesorar. "Lesmes, majo, que como ahora tienes mucho tiempo, he pensado que voy a dejarte mi novela, que tú tienes buen criterio, para que le eches un vistazo antes de ver si me animo a mandarla a algún premio". Y ahí está Lesmes Andueza leyendo el tocho de cuatrocientos folios, subrayando aquí y proponiendo expresiones más propias allá, corrigiendo en fin y buscándose un lío con el amigo, porque no acaba de entrarle en la cabeza que nunca se debe corregir el original de un amigo, ni se debe pasar del "me ha parecido muy interesante" si hay algo que no te ha gustado, que lo de corregir solamente vale para las redacciones de los alumnos y no siempre.
"Mi querido amigoLesmes -ahora es el untuoso- nos sentiremos honrados si accedes a formar parte del jurado que ha de fallar el premio de poesía Cueva del Maragato de este año; bueno, ya sabes, quiero decir del comité de lectura que selecciona los treinta mejores poemarios, porque el jurado, jurado, lo vamos a formar Colinas, Andreu, Cuenca y yo (le ha faltado decir: que somos los que cobramos)". Y ahí está Lesmes Andueza levantando montoncitos con los poemarios, aquí los de verso blanco y parecido, y allí los de ritmo interno, y en este otro los de microcosmo inextricable. A Lesmes Andueza le pagan estos trabajos con algún halago o algún reconocimiento para que se sienta concernido, en la pomada, dentro, satisfecho emocionalmente; pero de dinero, nada. Así que esta mañana, cuando lo ha despertado Herrera con que el presidente Aznar ha pillado una asesoría externa de 200.000 euros y que el presidente González ya había trincado tiempo atrás otra parecida, los dos jubilados como él, Lesmes Andueza ha decidido que aquí no se vuelve a leer un puto poema sin pasar por caja: poemarios, 500 euros; novelas, a 3 euros folio; y discursos para corregir, 300. Luego, ya en razón y después de desayunar su tostada con jamón, el zumo y un café con leche, lo ha pensado mejor y ha echado la mañana a asesorar como siempre a quien se tercie. Por qué se va a comparar él, piensa, con gente de tres al cuarto.
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Lesmes Andueza está contento con la ley antitabaco. Dejó de fumar hace más de un año una tarde en que el winston recién encendido le supo a rayos, vaya usted a saber por qué. El caso es que tiró a una papelera la cajetilla y se prometió "nunca más, por ahora" y hasta hoy. Pero ahora que Trinipuede (la seño) ha conseguido que dentro de poco nadie pueda fumar en establecimientos públicos, le están volviendo las ganas de fumar. Lesmes Andueza es así, siempre un poco a la contra, dime de que se trata que me opongo. Le molesta que fumen los demás, pero si le llega el humo de un winston es otra cosa: entonces se le despiertan recuerdos mezclados con aromas de café y hasta puede ponerse a escribir versos, que mira que se le resisten, sobre todo los libres.
Pero lo que no puede soportar es que se fume en la mesa, en la cafetería pase, pero en el restaurante, por favor, deme una mesa en la que no entre ni este olor a tabaco ni este humo, pide. Y no siempre es posible. El humo del tabaco se le mezcla con las alubias de Tolosa y adquieren un sabor repugnante a ropa negra; el pastel de cabracho al humo sabe a regaliz de palo y las chuletillas de cordero a lobo viejo. Así que Lesmes Andueza, que se teme que va a volver a fumar cualquier día de estos, está feliz con Trinipuede porque por fin va a saborear los platos a placer. A él le importa poco que se fume en los hospitales, es así de incorrecto, porque allí la comida ya se sabe que es mero alimento para humillar al doliente; o en el Congreso: Carrillo, Abril Martorell, todos echando humo, ofreciendo un pitillo a los guardias y ennegreciendo las pinturas; o en el plató: Carmen Martín Gaite explicando el guión de la serie sobre Teresa de Jesús. Son recuerdos de una época en eastmancolor. Pero en los restaurantes, ¡terminantemente prohibido!, no por razones de salud sino de buen gusto. El que quiera comer con humo, que se lleve el bocata a la fundición.
Lesmes Andueza está barajando la hipótesis de, si vuelve al tabaco, hacerse el loco o cometer un delito: al parecer van a dejar fumar en los manicomios y en las cárceles.
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Lesmes ha sufrido pesadillas esta noche pasada. Será porque le ha dado por leer a estas alturas la Historia de los movimientos, separación y guerra de Cataluña, de Francisco Manuel de Melo, pero el caso es que ha soñado que él era el Conde Duque de Olivares y consolaba a su señor el rey Felipe IV: "No se apure Su Majestad, que Montilla en el fondo no es malo y ya verá S. M. cómo lo del Estatuto no llega al río, por mucho Corpus de Sangre que nos monten los Segadores esos, y además, aunque Melo es portugués, me ha asegurado que mañana España le va a ganar a Portugal en el Cabo de las Tormentas por dos a cero, para que quede claro que lo del Tratado de Tordesillas fue una pifia del Papa-árbitro y es ya papel mojado y que Luis de Camoens tenía que haber titulado su poemón Os Espanholes en vez de Os Lusiadas. ¡Qué Cristiano Ronaldo ni qué niño muerto! En estos Reinos no hay nadie más cristiano que Su Majestad Católica...". Y así toda la noche en plan valido pelota. El radiodespertador le ha expulsado de la Corte blanda de las sábanas y ha oído a Rahola trinchando el pollo de la cuestión catalana en busca de las coyunturas: que si los derechos históricos, que si Vidal Quadras estaría más guapo callado, que Guerra vive ya en otro mundo, que a este paso nos tendremos que ir del partido si el Constitucional sigue pitándonos fuera de juego. Todavía en la duermevela dulce de las siete, Lesmes ha visto a la presidenta de alto Tribunal diciendo: "De esta tarde no pasa, que yo mañana quiero ver el partido tranquila, sin que Maria Teresa me llame para echarme la bronca, que ya está una harta, cuatro años llevamos con lo mismo, como si no hubiera otra cosa que hacer". Y Lesmes, que ahora es un juez con criterio independiente, como todos los demás, ha respondido: "Pues si tenemos que quedarnos aquí deliberando sin ver el partido, nos quedamos". Y ha sido entonces cuando han gritado todos: "¡A votar, a votar!", y han votado.
Como tantas otras mañanas desde que se jubiló, Lesmes ha despertado bañado en un sudor frío, que le ha durado hasta que ha comprendido que lo del partido España-Portugal le importa más bien poco, y lo del Estatuto, menos. Ha desayunado bien y ha seguido leyendo a Melo, a Camoens, a Pessoa y Espriu, siempre unas páginas mezcladas con otras y envueltas con algo de Aramburu y otro poco de Cabrera Infante, para no perder ese estado de culta inconsciencia en el que tan bien se encuentra.
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