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domingo, 10 de noviembre de 2013

Cómo organizar tu biblioteca


¿Qué hacer con los libros ya leídos? Riguroso orden alfabético atendiendo al criterio de autor, lo que puede arrojar resultados indeseados, como que Martín-Santos caiga al lado de Martínez Sierra y ninguno de los dos se encuentre cómodo en su destino. Separarlos por géneros, al más estricto estilo académico y, dentro del género, el subgénero –poesía, novela y teatro− y dentro del subgénero, el bisgénero –tragedias, dramas, comedias, sainetes, autos sacramentales y lo demás− y dentro del bisgénero, el tataragénero –comedias cómicas, comedias dramáticas, óperas bufas, zarzuelas palaciegas, sainetes costumbristas, operetas. Por tamaños, para aprovechar el espacio. Por estética, estos encuadernados en chagrén aquí,que me hacen juego con la plata. Por seguridad, los de Goytisolo, Baudelaire y Sade lo más arriba posible, no vayan a cogerlos los niños, y al alcance las colecciones de clásicos, Austral, Cátedra, Castalia. Por ideología, en las estanterías de la derecha Pemán, Camba, El Caballero Audaz, Zunzunegui y Cioran, y en las de la izquierda Alberti, Américo, Neruda y Azaña, y el resto en el centro izquierda o centro derecha, según, lo malo son las revisiones que los estudiosos suelen hacer de vez en cuando, sobre todo cuando llega los centenarios, que obligan a correr los libros de un lado para otro. Y ¿dónde colocar dicionarios como el de Autoridades o el María Moliner?, porque de inocuos nada. La combinación de varios criterios puede complicar la cosa hasta el infinito. El tiempo que debería ocupar en la lectura, Lesmes Andueza lo emplea en tener bien ordenada la biblioteca. Él se inclinó hace tiempo por un criterio de calidad. Apenas le queda tiempo para otra tarea que no sea corregir, evaluar, recuperar, sopesar. Es la costumbre que le ha quedado de su carrera de profesor. Ahora ya no lee de los libros casi nunca más que las solapas y las contracubiertas, primero el orden y después el placer de la lectura, pero el placer no llega casi nunca.

Hay libros recientes que se resiste a colocar con sus lomos a la vista, alineados como heridos en un hospital de guerra, y prefiere tenerlos al alcance sobre mesas, mesillas, consolas, aparadores, cómodas, con las cubiertas a la vista para que lo acompañen más allá de la lectura. Se resiste a almacenarlos. He aquí los dos últimos que ha salvado y le acompañan sobre la mesa de trabajo, como dos compañeros, temporales, porque detrás vendrán otros, está seguro. Diez bicicletas para treinta sonámbulos, el ejemplo de como un editor (Demipage) puede ejercer el buen gusto y el mejor criterio para celebrar el cumpleaños de su sello, con la invitación a treinta autores para que escriban un relato, una «clasica» en la que todos entran en la meta abrazados porque no hay ganador, todos lo son. Y una novela sorprendente, Intemperie, de Jesús Carrasco (Seix Barral), de cuya lectura Lesmes Andueza todavía no se ha repuesto. Hacía mucho que no le pasaba algo parecido.
Lesmes Andueza está pensando en dedicar una estantería a libros excepcionales, pero claro, ese no sería un criterio objetivo y, además, ¿cómo ordenarlos dentro de excepcionales?, ¿por géneros, subgéneros, bisgéneros y tataragéneros?, ¿por fechas de lectura?, ¿por la impresión que le han producido, asombro, abatimiento, gozo, nostalgia, pesadumbre, exaltación, rebeldía, ganas de matar?, sería imposible. Al final ha decidido abrir al menos un plúteo para los libros que volverá a leer. Allí pondrá entre otros el Quijote, para cuando vuelva estar en cama, el Cántico espiritual de Juan de Yepes, el Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez y algunos tratados de geografía de la desolación americana como el Pedro Páramo de Rulfo, los Cien años de soledad de García Márquez y Tulipa de Mayda Anias; y el Ideológico de Casares siempre a mano por si le da por escribir alguna cuartilla. Allí pondrá también Intemperie y Diez bicicletas para treinta sonámbulos cuando decida apartarlos de la mesa. Será cuando el sol que le entra por la ventana haya comenzado a deslucir la cuatricromía de las cubiertas, que es la forma amable de envejecer que tienen los libros.

lunes, 4 de febrero de 2013

Lincoln y la Nieta


Lesmes Andueza se entrevista con la Nieta una tarde del mes de enero. Hay una ciclogénesis explosiva, eso han dicho los meteorólogos de la tele empeñados en alargar cada vez mes sus programas de información; o sea que, como él ha preferido siempre, hace un frío del carajo. La Nieta recibe a Lesmes con todas sus armas de seducción desplegadas, abuelo, ¿sabes?, te he echado mucho de menos. Y a Lesmes le faltan palabras para corresponder a tanto cariño, yo también a ti, princesa. La Nieta, una vez cumplida la ceremonia de los afectos, se lleva a Lesmes a su habitación para presentarle las nuevas adquisiciones jurásicas: pequeños monstruos que velan sus sueños y de día pelean unos contra otros, los que vuelan contra los que caminan, en todo el espacio libre del suelo convertido en campo de batalla. Cada dinosaurio tiene su historia, su nombre y apellido. En caso de duda, la Nieta recurre a su libro-catálogo para registrar científicamente el descubrimiento de algún recién nacido. Algunos muñecos de los de siempre, pelo rubio de fibra, ojitos expresivos y mofletes imploran en vano cariño desde la estantería, esta niña no nos hace puñetero caso, parecen decir. Entra Mamá en el parque jurásico y propone, deberías merendar. Yo quiero un batido; no, un batido no, mejor un zumo; pero es que yo quiero un batido; te he dicho que no, que un zumo; bueno vale. Y la Nieta desaparece pasillo adelante, camino del frigorífico. Cuando minutos más tarde vuelve al parque jurásico, Lesmes sabe que algo ha ocurrido en la cocina. Mamá lo confirma minutos después, no me has hecho caso, has tomado un batido, ahora te vas a quedar un rato sola en la habitación pensando en lo que has hecho. Pasan unos minutos en los que los dinosaurios han debido de hibernar mientras vuelve el calor de la acción. Aparece la Nieta, ya he pensado; y ¿qué has pensado?; pues he pensado que yo quiero usar mi libertad y si prefiero un zumo pues cojo un zumo y no un batido. Lesmes Andueza pone cara de palo, a ver qué remedio. Improvisa un cuento ejemplar en el que una leoparda recomienda a sus leoparditos, empeñados en cazar ñúes, que se dediquen a jugar, que todavía no están preparados para la caza, que la libertad no está reñida con la obediencia. Pero la Nieta, que ha escuchado muy atenta, no está por la labor didáctica, vamos a jugar a otra cosa. Días más tarde Lesmes Andueza ve la película de Spielberg sobre los últimos días de Lincoln: un arrebato de patriotismo que causa envidia en estos tiempos, un tesoro de convicciones profundas que conmueven, y sobre todo un grito de libertad y modernidad que se impone sobre radicalismos arcaicos. Pero en la cabeza de Lesmes Andueza no dejan de sonar las palabras convencidas de la Nieta, yo quiero usar mi libertad. ¿Dónde las habrá oído? Cuando Lesmes Andueza llega a casa se sirve un ron, aunque sabe que ya no son horas, ¡por Lincoln, por la Nieta!

jueves, 3 de enero de 2013

Año nuevo, otra vez

Lo de año nuevo vida nueva le suena a Lesmes Andueza a imposible. Lo dice por experiencia. Son muchos años de hacerse propósitos cada 31 de diciembre para despertar el día 1 proclamando que nunca más volverá a comer las uvas al son de las doce campanadas, que nunca más volverá a escuchar a Raphael ni a reírle las gracias al primer paleto que aparezca en la tele haciendo de humorista, que nunca más volverá a participar en el juego de la lotería, ni a oír la Marcha Radetzky con el corazón al trote forzado, ni a felicitar a desconocidos o indiferentes, ni a asistir a cenas o comidas de empresa, hermandad, comilitancia o comandita, ni a informase por los noticiarios.


Lesmes Andueza está un poco harto de los ciclos anuales: ahora tocan villancicos y buenos deseos, ahora procesiones, luego playa y cremas, más tarde difuntos y, de nuevo pandereta… y vuelta a empezar. Siente que se le va pasando el tiempo rutinaria e inexorablemente, como en los viejos tacos de los que se arrancaba la hoja cotidiana cada mañana cuando era niño.
Lesmes Andueza está desnortado, no sabe muy bien para dónde tirar ni qué proponerse en 2013. No sabe si pedir algo para sí mismo, porque ignora si “sí mismo” es hoy sujeto de apetencias. Mira con distancia el júbilo de los demás, desaforados en la euforia de matasuegras, gorritos ridículos y serpentinas. Se cruza por la calle con conocidos que traen cara de exclamar: ¡feliz año nuevo!; o, a secas, ¡feliz año!; o en plan borde: ¡lo dicho, flizaño!, buscando la mayor economía afectiva posible. Y se cruza de acera o se para a mirar el escaparate que se sabe de memoria para evitar el protocolo.
Lesmes Andueza, en fin, no sabe por dónde empezar a poner orden, pero tampoco ha aprendido a sentarse para ver pasar la vida como hacen otros, así que está buscando algo en lo que sumergirse que no se convierta en rutina ni salpique a los demás. Envidia a los fieles de cualquier creencia, aunque sea del mismo calendario zaragozano, que todo lo encuentran resuelto con una simple consulta. Este año está probando con el zaragozano, por lo menos durante la primera quincena de enero, a más no se compromete, que él bien se conoce.

martes, 30 de octubre de 2012

Yo era humano y tú pasabas de largo


Lesmes Andueza conversa con su nieta, sabes, abuelo, te he echado mucho de menos, yo a ti también, nieta. La mira investigando si se trata de una frase de compromiso y comprueba que no, que le sale del corazón, lo sabe por la mirada directa que acompaña al gesto de entrega. La nieta no ha cumplido aún los cinco años y ya lee los cuentos que Lesmes le lleva. Abuelo, vamos a jugar, yo era un gato y tu eras humano. Este pretérito que Lesmes –pura deformación profesional y pelín pedante− denomina “imperfecto lúdico” le obliga a retroceder a su infancia, cuando jugaba a guardias y ladrones con los amigos por la plazuela de La Fruta y Pedro Lagasca, nosotros éramos del FBI (pronúnciese ‘febeí’) y vosotros erais los malos (entonces no se sabía nada de las tropelías de la agencia). Y ahí está la nieta lanzando maulliditos, moviendo los bigotes y relamiéndose después de haberse zampado una sardina que tiene forma de galleta, o una galleta que parece una sardina porque Lesmes ya no distingue bien entre nieta y gato. Lesmes explora hasta dónde llegan las fronteras del juego, mira, gato, ha entrado el perro y pregunta si puede subirse al sofá, sí, sí, que se suba, consiente la nieta-gato, pero que se esté quieto, él no juega. Esta exclusión tranquiliza a Lesmes, que no tendrá que incluir en la historia un actante más, ya bastante tiene con los cuatro, sí cuatro, abuelo, humano, nieta y gato.
 

Cuando llevan media hora de persecución de ratones, visitas al veterinario, caza incruenta de gorriones y otras actividades, Lesmes, agotado, propone ahora tú eras pintora y yo visitaba tu exposición. Entonces nieta se acuerda, espera, abuelo, que voy a traerte el cuadro que te dejaste aquí el otro día, desaparece corriendo y vuelve de su habitación con el regalo generoso de una aguada en la que flores y otras formas compiten en desorden, no es así, abuelo, eso es para abajo, pone orden la pintora, lo de arriba abajo y lo de abajo arriba, con cara de estar pensando tú no entiendes de arte.

Lesmes Andueza sigue jugando al yo era tal y tú eras cual para ahuyentar el mal pensamiento del tiempo que se le escapa dejándole las manos con frío de otoño. Pasados unos días, con noviembre llamando a las puertas y el Mercado Chico repleto de flores cortadas, Lesmes juega con sus obsesiones, yo era humano y tú pasabas de largo.

 

viernes, 20 de enero de 2012

Vargas Llosa no quiere ir al Instituto

Lesmes Andueza ha pasado la semana en ascuas. La posibilidad de que Vargas Llosa, su novelista de cabecera, pudiera aceptar el regalito envenenado que le ofrecía Rajoy lo ha tenido desvelado, mira que no puede ser, Mario, maestro, que te van a usar de florero, que tú no los conoces, da igual que sean los unos o los otros, ellos van a lo suyo y lo del Instituto Cervantes no es más que un trofeo con el que van a exhibirte y, además, Mario, para qué quieres tú meterte en líos ahora que empiezas a reponerte de la resaca del Nobel.
La relación de Lesmes Andueza con Vargas Llosa nunca se ha sustanciado ni siquiera en la firma de un ejemplar en feria del libro. Mario no sabe que Lesmes existe; sin embargo, Lesmes ha seguido los pasos del peruano desde los años sesenta del siglo pasado,  cuando ambos eran jóvenes, cuando el autor publicó La ciudad y los perros y él era profesor y algo más en aquel colegio y se empeñó en que los estudiantes del bachillerato experimental leyeran la obra y el jefe de estudios se resistía, ¿quién es ese Vargas Llosa que dice usted?, ¿es que no hay autores españoles que leer?, Delibes o Cela mismo, sí, si no digo que no, pero hay que leer a Vargas Llosa, bueno, pues haga usted lo que mejor le parezca, pero quiero un informe a final de curso para el inspector que recoja también la opinión de los alumnos, lo tendrá. Lesmes Andueza sabe que aquellos estudiantes lo agradecieron (¿se acordarán todavía?), porque después siguieron lecturas de García Márquez, otro novato del boom aquel que tanto irritaba a Gironella.
Lesmes Andueza tiene anotados a lápiz, en los márgenes, todos los libros del maestro; así que podría escribir un ensayo sobre estilo con poco esfuerzo. Cuando salió la noticia del regalo de Rajoy, volvió sobre El sueño del celta y repasó las cuarenta y tantas notas que fue registrando en la lectura de diciembre de 2010, algunas de ellas a propósito de lo que le parecieron fallos que podían deberse a la precipitación de la editorial por publicar algo importante del nuevo Nobel, como aceptes, Mario, te juro que lo saco y mira que no quisiera ponerte en evidencia, no me obligues, por favor.
Así que esta mañana, cuando ha oído en la radio que el novelista le ha escrito una carta a Rajoy excusándose y después ha visto en la tele a Soraya poniendo carita de sobrina contrariada, Lesmes Andueza ha respirado y ha vuelto a creer firmemente en la rabiosa independencia del intelectual, ahora que casi ninguno vive fuera del establishment, o sea, del establo.

jueves, 16 de junio de 2011

Indignaos / Indignás

Lesmes Andueza lleva tiempo haciéndose un lío con las palabras: ¿indignaos o indignaros, como se ha dicho toda la vida?, ¿o es que indignaos es para el masculino y si se trata de las chorbas debe decirse indignás? Ha consultado el Manuel Seco y allí no dice nada. Ha preguntado a sus antiguos colegas filólogos y le han respondido con un yo qué sé, mira yo estoy en otras cosas. Así que el otro día, aprovechando que se le habían terminado las cápsulas de la cafetera (otra nueva sevidumbre), el té negro desteinado y el muesli malteado para los yogures, se acercó a Madrid, a ver si en la Puerta del Sol se lo aclaraban. Todavía no se había levantado oficialmente el campamento de refugiados del 15M, así que Lesmes Andueza pudo recorrer el solar y pasear entre las jaimas: cultura, con los carros del súper atestados de libros; medios de comunicación, con dos o tres ordenadores y muchos papeles y una tribuna desde la que disparaban y rodaban algunas cámaras; dos cabinas sanitarias, o sea, dos retretes de cuya base escurrían sendos hilillos pestíferos. Una pareja, en el interior de un cobertizo a medias entre lo que viene siendo una tienda de campaña y un puesto de melones, dormitaba en un sofá tapizado en azul abuela. En todo el zoco olía a mierda, como en los viejos tiempos. En la asamblea diaria, que Lesmes Andueza no podía perderse, la joven indigná pedía “no aplaudáis, mejor que mostréis vuestro acuerdo como venimos haciendo”, y todos se pusieron a hacer los cinco lobitos con las dos manos. Y cuando dio por terminada la asamblea, agradeció con su tono más pijo y encantador “gracias por indignaros”. O sea, “por indignaros” y no “por indignarse”, pensó, no vale decir “si me queréis, indignarsus” ni “se indignen, coño”. Y Lesmes Andueza entró en un estado de espiral gramatical con lo de la indignación que solo pudo superar en el Callejón del Gato con una de bravas y otra de boquerones fritos.
Al día siguiente, asistío a la toma de posesión de los concejales en Ávila, cuatro de ellos sus amigos. A la salida los indignaos locales lo abuchearon porque iba con corbata y debieron de pensar que era un baranda más, a él, que había mostrado sus simpatías con el movimiento desde el primer día. Y se le vino el pronto de decirles “irsus, versus”, como se espantaba a los muchachos revoltosos en su pueblo; pero no lo dijo, porque se acordó de hace muchos años, cuando también él estaba harto del sistema, y aquello sí que era un sistema, y no se podía abrir la boca sin que te la cerraran de un sopapo.
En los días posteriores el 15M ha emprendido otros derroteros y ya Lesmes Andueza está en otros asuntos. Ha recuperado el orden de la gramática y el lexicón y vuelve a sentirse seguro.

lunes, 17 de enero de 2011

González, Aznar y Andueza, asesores

Lesmes Andueza, desde que se ha jubilado, no hace otra cosa que asesorar. "Lesmes, majo, que como ahora tienes mucho tiempo, he pensado que voy a dejarte mi novela, que tú tienes buen criterio, para que le eches un vistazo antes de ver si me animo a mandarla a algún premio". Y ahí está Lesmes Andueza leyendo el tocho de cuatrocientos folios, subrayando aquí y proponiendo expresiones más propias allá, corrigiendo en fin y buscándose un lío con el amigo, porque no acaba de entrarle en la cabeza que nunca se debe corregir el original de un amigo, ni se debe pasar del "me ha parecido muy interesante" si hay algo que no te ha gustado, que lo de corregir solamente vale para las redacciones de los alumnos y no siempre.
"Mi querido amigoLesmes -ahora es el untuoso- nos sentiremos honrados si accedes a formar parte del jurado que ha de fallar el premio de poesía Cueva del Maragato de este año; bueno, ya sabes, quiero decir del comité de lectura que selecciona los treinta mejores poemarios, porque el jurado, jurado, lo vamos a formar Colinas, Andreu, Cuenca y yo (le ha faltado decir: que somos los que cobramos)". Y ahí está Lesmes Andueza levantando montoncitos con los poemarios, aquí los de verso blanco y parecido, y allí los de ritmo interno, y en este otro los de microcosmo inextricable. A Lesmes Andueza le pagan estos trabajos con algún halago o algún reconocimiento para que se sienta concernido, en la pomada, dentro, satisfecho emocionalmente; pero de dinero, nada. Así que esta mañana, cuando lo ha despertado Herrera con que el presidente Aznar ha pillado una asesoría externa de 200.000 euros y que el presidente González ya había trincado tiempo atrás otra parecida, los dos jubilados como él, Lesmes Andueza ha decidido que aquí no se vuelve a leer un puto poema sin pasar por caja: poemarios, 500 euros; novelas, a 3 euros folio; y discursos para corregir, 300. Luego, ya en razón y después de desayunar su tostada con jamón, el zumo y un café con leche, lo ha pensado mejor y ha echado la mañana a asesorar como siempre a quien se tercie. Por qué se va a comparar él, piensa, con gente de tres al cuarto.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Ley antitabaco

Lesmes Andueza está contento con la ley antitabaco. Dejó de fumar hace más de un año una tarde en que el winston recién encendido le supo a rayos, vaya usted a saber por qué. El caso es que tiró a una papelera la cajetilla y se prometió "nunca más, por ahora" y hasta hoy. Pero ahora que Trinipuede (la seño) ha conseguido que dentro de poco nadie pueda fumar en establecimientos públicos, le están volviendo las ganas de fumar. Lesmes Andueza es así, siempre un poco a la contra, dime de que se trata que me opongo. Le molesta que fumen los demás, pero si le llega el humo de un winston es otra cosa: entonces se le despiertan recuerdos mezclados con aromas de café y hasta puede ponerse a escribir versos, que mira que se le resisten, sobre todo los libres.
Pero lo que no puede soportar es que se fume en la mesa, en la cafetería pase, pero en el restaurante, por favor, deme una mesa en la que no entre ni este olor a tabaco ni este humo, pide. Y no siempre es posible. El humo del tabaco se le mezcla con las alubias de Tolosa y adquieren un sabor repugnante a ropa negra; el pastel de cabracho al humo sabe a regaliz de palo y las chuletillas de cordero a lobo viejo. Así que Lesmes Andueza, que se teme que va a volver a fumar cualquier día de estos, está feliz con Trinipuede porque por fin va a saborear los platos a placer. A él le importa poco que se fume en los hospitales, es así de incorrecto, porque allí la comida ya se sabe que es mero alimento para humillar al doliente; o en el Congreso: Carrillo, Abril Martorell, todos echando humo, ofreciendo un pitillo a los guardias y ennegreciendo las pinturas; o en el plató: Carmen Martín Gaite explicando el guión de la serie sobre Teresa de Jesús. Son recuerdos de una época en eastmancolor. Pero en los restaurantes, ¡terminantemente prohibido!, no por razones de salud sino de buen gusto. El que quiera comer con humo, que se lleve el bocata a la fundición.
Lesmes Andueza está barajando la hipótesis de, si vuelve al tabaco, hacerse el loco o cometer un delito: al parecer van a dejar fumar en los manicomios y en las cárceles.

viernes, 13 de agosto de 2010

¡Adiós, mundo cruel!

Lesmes Andueza cometió el error de entrar en una red social. Él, que lo más social que había visitado en su vida era el salón de La Cacharrería del Ateneo, donde alternan los ronquidos de la siesta con las tertulias sobre Teosofía y el porvenir de la tercera República. Le había llegado la invitación golosa de una antigua amiga, que vaya usted a saber cómo lo había encontrado, "Cuca Mona quiere ser tu amiga, etc..." y claro, lo pilló en momento bajo, como siempre, y le dió al intro y fue como entrar en un universo de gentes que lo querían, lo invitaban a ser su amigo, le enviaban fotos, en fin, un agobio. Cuando Cuca Mona colgó una imagen suya en Ibiza amachambrada con un maromo mucho más joven que ella, sintió que la galería de retratos que cuelga del pasillo de La Cacharrería se convertía en un coro de risas ofensivas. Después fue lo de aquel alumno suyo, al que había suspendido dos años seguidos porque no era capaz de distinguir entre Sócrates y Kant, el que lo localizó para zaherirlo (Lesmes siempre prefiere las palabras intensas) con puñaladitas que solo apreciaba él, pero, ¡qué dolorosas! Y el colmo, cuando le llegó la invitación de un grupo de viejos, pero muy viejos amigos, de la carrera para asistir a un funeral por los ya fallecidos.
Lesmes Andueza se levantó la mañana del 13 de agosto, después de una noche de pesadilla en la que se le había aparecido la humanidad entera pidiendóle "quiero ser tu amigo", con un propósito claro: suicidarse, desaparecer, hacerse invisible, volver al limbo de paz donde ya nadie le llamara de tú, le metiera en círculos de espiritismo y heráldica, le enviara recetas del pastel de cabracho, le propusiera viajar en grupo...
Así que entró en FACEBOZ, como él llamaba a la red aquella, buscó los vericuetos del borrado, escribió como tres veces las palabras mágicas esas que se ponen en tipografía temblona y blanda para confirmar las últimas voluntades, se asomó al precipicio oscuro del mundo real, en el que nadie le saluda a uno si no es "un conocimiento" y se arrojó al vacío aliviado.
Ahora Lesmes Andueza se siente libre. Tan libre, que ha prometido no volver a mirar los retratos de la galería del Ateneo. No lo busquen en las redes. Ya no está.

martes, 29 de junio de 2010

España-Portugal, pasando por Cataluña

Lesmes ha sufrido pesadillas esta noche pasada. Será porque le ha dado por leer a estas alturas la Historia de los movimientos, separación y guerra de Cataluña, de Francisco Manuel de Melo, pero el caso es que ha soñado que él era el Conde Duque de Olivares y consolaba a su señor el rey Felipe IV: "No se apure Su Majestad, que Montilla en el fondo no es malo y ya verá S. M. cómo lo del Estatuto no llega al río, por mucho Corpus de Sangre que nos monten los Segadores esos, y además, aunque Melo es portugués, me ha asegurado que mañana España le va a ganar a Portugal en el Cabo de las Tormentas por dos a cero, para que quede claro que lo del Tratado de Tordesillas fue una pifia del Papa-árbitro y es ya papel mojado y que Luis de Camoens tenía que haber titulado su poemón Os Espanholes en vez de Os Lusiadas. ¡Qué Cristiano Ronaldo ni qué niño muerto! En estos Reinos no hay nadie más cristiano que Su Majestad Católica...". Y así toda la noche en plan valido pelota. El radiodespertador le ha expulsado de la Corte blanda de las sábanas y ha oído a Rahola trinchando el pollo de la cuestión catalana en busca de las coyunturas: que si los derechos históricos, que si Vidal Quadras estaría más guapo callado, que Guerra vive ya en otro mundo, que a este paso nos tendremos que ir del partido si el Constitucional sigue pitándonos fuera de juego. Todavía en la duermevela dulce de las siete, Lesmes ha visto a la presidenta de alto Tribunal diciendo: "De esta tarde no pasa, que yo mañana quiero ver el partido tranquila, sin que Maria Teresa me llame para echarme la bronca, que ya está una harta, cuatro años llevamos con lo mismo, como si no hubiera otra cosa que hacer". Y Lesmes, que ahora es un juez con criterio independiente, como todos los demás, ha respondido: "Pues si tenemos que quedarnos aquí deliberando sin ver el partido, nos quedamos". Y ha sido entonces cuando han gritado todos: "¡A votar, a votar!", y han votado.
Como tantas otras mañanas desde que se jubiló, Lesmes ha despertado bañado en un sudor frío, que le ha durado hasta que ha comprendido que lo del partido España-Portugal le importa más bien poco, y lo del Estatuto, menos. Ha desayunado bien y ha seguido leyendo a Melo, a Camoens, a Pessoa y Espriu, siempre unas páginas mezcladas con otras y envueltas con algo de Aramburu y otro poco de Cabrera Infante, para no perder ese estado de culta inconsciencia en el que tan bien se encuentra.

sábado, 26 de junio de 2010

Chile1 - España 2

(Imagen de luchaaraucana.blogspot.com/.../caupolican.html)

La tarde de ayer fue tensa para Lesmes. Había ido a Pradosegar para ver por sí mismo la última hazaña del antiguo cacique. Aquel que en otros tiempos había robado impunemente el toro de la Diputación como un Hércules chulo que contara con el permiso del rey Minos, volvía años más tarde por sus fueros y desviaba las aguas purísimas del río de Los Tejos para regar sus propios campos, así, con lo que hay que tener si se es cacique, con dos cojones, como siempre han actuado los héroes de la mitología.
A la vuelta de Creta, a eso de las siete y media, la carretera era un pista de carreras en sentido contrario. Se notaba que los españoles en trance de fin de semana circulaban alocadamente para llegar al pueblo, con el tiempo justo de abrir la casa, enchufar la luz y repantingarse ante el televisor (cerveza y panchitos) para participar en la batalla de chilenos contra españoles. Lesmes había calculado bien y por eso iba sin prisa. Llegaría a Ávila a las ocho, con tiempo de asomarse a El Chico y echarle un vistazo al palenque (solo por el gusto de ver la bulla en la que no iba a participar). Subiría a casa contando los escalones, como siempre, y se sentaría a ver el partido con esa peculiar manera suya de enfrentarse a los acontecimientos trascendentales, sin pasión alguna, ya sea la comparecencia del ministro Blanco para advertir de que no se crucen las vías o el desfile del orgullo gay. Se sentaría con la televisión y el sonido de la radio y ¡hala!, a filosofar. Porque a Lesmes, desde que se jubiló y no ha vuelto a dar clase, le ha dado por filosofar todo el tiempo.
Lesmes ya no tiene bien la cabeza y ve el mundo desde la vieja tarima. Los mapuches de Lautaro y Caupolicán se enfrentaban a los españoles de Hurtado de Mendoza en la lejana Sudáfrica. La antigua toqui Michelle Bachelet asistía con las amigas para presenciar y animar a sus araucanos, y los extremeños (porque ya se sabe que todos los conquistadores españoles, incluido Rodríguez Ibarra, eran extremeños) estaban comandados por Manoloeldelbombo, un gordo pelmazo que los conquistadores siempre llevan a las batallas para desmoralizar al enemigo. He dicho, creo, que Lesmes el pobre ya no anda bien de la cebeza: está medio enamorado de la Michelle, porque dice que ha descubierto en ella la mezcla de poder y cariño maternal que le pone. Y además se acuerda del soneto aquel de Rubén Darío que explicaba a sus alumnos, sobre Caupolicán: “Es algo formidable que vio la vieja raza: / robusto tronco de árbol al hombro de un campeón”. Y claro, a Lesmes se le va la cabeza una vez más y se pone de parte de Chile. Pero la tragedia de Lesmes cuando le pasan estas cosas es que no puede expresarlas porque le llamarían antipatriota y eso ya se lo ha oído él a la Pajín a propósito de algo y le ha sonado muy feo.
Así que Lesmes se metió en la cama a eso de las once rumiando con alguna tristeza la derrota de Bachellet. Todavía le queda la esperanza de ver a los araucanos enfrentados a los extremeños en la final y desquitándose de esta humillante derrota de los suyos: o sea, de los de Bachellet... o de los extremeños... no sabe muy bien, pero el lío mental le sirve para dormirse.
Lesmes es un español educado y convencido de que el futuro está en el diálogo de civilaciones.