lunes, 16 de noviembre de 2015
miércoles, 13 de marzo de 2013
La Colón (Cuentos crueles)
Hacía más de quince
años que no la veíamos. La Colón siempre había parecido una niña vieja con la
piel de cuero, todavía se peinaba es un decir con la misma melena lisa de
entonces. Por aquellos años estudiábamos en el Ateneo, siempre en la sala de Santa Catalina,
una olla a presión en la que se cocían lentamente los opositores a cuerpos celestes, judicatura, notarías,
registradores, cada día un poco más seguros de aprobar a la siguiente y más paranoicos. La Colón llegaba todas las
mañanas a eso de las diez y ocupaba siempre el mismo pupitre. Por acuerdo
tácito, como otros muchos en aquella casa, sabíamos que aquel era el pupitre de
La Colón, cómo se llamaría nunca nos importó. De una bolsa de Galerías
sacaba papeles impresos por una cara en los que ella escribía por la otra frenéticamente
con letra gigante, concentrada en su trabajo, impidiendo que nadie
inspeccionara su tarea, si dejaba el pupitre aunque fuera por unos minutos
recogía todo dentro de la bolsa. El paso de los años fue dejando en ella la
marca del deterioro no tanto físico como mental, cada día escribía más compulsivamente, se estaba abandonando, era una ermitaña sin desierto, se
confeccionaba los vestidos como una niña que hubiera improvisado el disfraz
para una comedia, un tijeretazo para meter
la cabeza y otros dos para los brazos. Llegó un momento en que los opositores
más veteranos, que iban enloqueciendo a la par que La Colón, se conjuraron sin
mediar palabra contra ella y comenzaron a lanzar miradas a sus papeles con la
excusa de salir por el pasillo donde se sentaba aunque hubiera que dar un
rodeo. Uno que pertenecía a la junta de gobierno e iba para fiscal descubrió
que La Colón llevaba ya dos años sin pagar la cuota de socio y puso el grito en
el cielo, ¡así cómo iba a sostenerse la economía de aquella digna institución!,
¡de dónde le venían aquellos privilegios!, ¡no había derecho!, hasta que una
mañana ya no la dejaron pasar de la conserjería. No nos compadecimos de ella y
hasta nos sentimos más seguros sin la presencia de la escribidora, representaba
la imagen insoportable de un futuro peor. 
Publicado por
Jesús Arribas
en
4:22
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Etiquetas: Mucho cuento
viernes, 30 de noviembre de 2012
Análisis sintáctico (Cuentos crueles)
El análisis sintáctico lo había
salvado de muchos desórdenes. En la clase, ante los chicos, con la pizarra
detrás como si fuera un firmamento por estrenar esperando la aparición de los
cuerpos celestes, él se sentía un Dios Padre dirigiendo la minuta de la
creación. «¿Tú cómo analizas, por cajas, por rayas o por árboles?» Él analizaba por rayas y, al final, si el
texto había sido extenso, se montaba una constelación de números unidos por
enlaces que parecían una fórmula química. Estaba
orgulloso de su oficio y de que sus alumnos salieran sabiendo rayar frases tan
complejas como ¡No me digas!, ¿qué dices
que te dijo?, dime. Ildefonso María ahora está a punto de jubilarse y su
mujer, quince años más joven, no lo aguanta porque se pasa el día sometiendo a
análisis cuanto ella dice. Dice «Foncho, alcánzame el chino, que no llego
arriba». Y ahí lo tienes hablando solo Foncho
vocativo, alcánzame el chino
principal, alcanza verbo o núcleo del
predicado si prefieres, el chino
complemento directo y me indirecto, que no llego subordinada, que es el nexo y llego el verbo, los dos sujetos son elípticos, oración compuesta
por subordinación adverbial causal. Y a ella se la llevan los demonios porque
no se trata de una broma y sabe que es la antesala de algo que teme.
Una mañana ella explotó. Fue cuando
Ildefonso se puso a analizar No pises la
cocina hasta que no esté seco el suelo y ensayó poner la oración en pasiva que la cocina no sea pisada por ti…
Entonces ella, al llegar al complemento agente, no pudo más, descolgó el
teléfono y se le oyó decir «Richi, cariño, no lo aguanto un minuto más, pasa a
recogerme, que me voy con lo puesto.» Y allí se quedó Ildefonso María
analizando que tiene un valor causal
tal vez consecutivo y en me voy, me
es un pronominal.
El resto, en el psiquiátrico,
analizando todo lo que le dice la monja: «Venga, Ildefonso, marranote, que te
has vuelto a ensuciar», marranote es
un complemento del vocativo y presenta un matiz afectivo en su forma
aumentativa…
Publicado por
Jesús Arribas
en
19:43
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Etiquetas: Mucho cuento
viernes, 29 de abril de 2011
A por los cinco millones
—¿De qué lo quieres?
—De terror.
—Mira que luego sueñas con monstruos.
Anda, abuelo, que sea de terror, porfa, porfa.
A la nieta, como se le meta algo en la cabeza, no hay quien se lo saque, El abuelo busca y rebusca en la caja de los argumentos, pero no encuentra gran cosa porque las noticias de la mañana le han dejado sin aliento. Así que decide partir de ahí mismo: del noticiario de las ocho.
— Pues verás. Era ya casi mayo, cuando hace la calor. En aquella familia, el padre llevaba sin trabajar desde hacía dos años y la mamá, que había cosido ropa en casa para una marca de prestigio ya no recibía encargos. Cuando llegó Tomás, el hijo, que tenía veinticinco años, anunciando “Me han despedido esta tarde, no sé qué de un ERE han dicho”, una emisora antipatriota estaba dando la noticia de que más de un millón de familias tenía a todos su miembros en el paro.
—Abuelo, ¿tú estás en paro?
—No nieta, yo estoy jubilado. Parece lo mismo pero no lo es. Otro día te lo explico.
—¿Y qué pasó?
Pues pasó que luego salió uno del Gobierno para dar una explicación a los periodistas y les dijo: Os debo una explicación y la explicación que os debo os la voy a dar. Y fue y se la dio: “No podemos negar —dijo— que la situación es preocupante, pero aún no hemos llegado a los cinco millones de parados”, que si los pusiéramos en fila, agarrándose las manos, en línea recta, formarían un frente desde Cádiz hasta París; pero esto solo lo pensó, no lo dijo porque él era ante todo un patriota. “Estamos convencidos —prosiguió— de que en los próximos meses cambiará la tendencia porque los vientos de la recuperación hinchan nuestras velas”.
—¿Qué es la tendencia, abuelo?
—Pues eso, nieta, la tendencia. Pero no me interrumpas, que se me va la especie.
—¿Y qué pasó?
—Pues pasó que el ministro sigió dándoles la explicación esa que les debía y que les daba: “Estamos confiados en que el turismo, nuestro principal sector productivo, será una fuente de creación de empleo en los próximos meses. Hay factores internacionales que soplan a nuestro favor: las matanzas en los países musulmanes, la venida del jeque y la jequesa de Qatar, el atentado sangriento de Marrakech; es posible, además que los volcanes Vesubio y Stromboli nos echen una mano con erupciones y que el deshielo galopante del Ártico desplace este verano el turismo nórdico a nuestras costas. Un terremoto en los Balcanes o, ¿por qué no?, otra guerra como aquella tampoco nos vendría mal. Cualquier cosa, menos crear una atmósfera de pesimismo, que es lo que hace el principal partido de la oposición, amparado en los medios de comunicación antipatriotas”.
—Es horrible, abuelo.
—Tú lo pediste de terror.
—De terror, sí, pero no de catástrofe.
—Bueno, nieta, duérmete. Mañana te contaré otro cuento, quizás un cuento chino.
Por estos cuentos de terror caseros, pura imaginación de viejo calamidad, el abuelo se había ganado el calificativo de Antipatros en la tertulia de progresistas de la tercera edad.
Publicado por
Jesús Arribas
en
12:46
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Etiquetas: Mucho cuento


