Vivíamos en un palacio / 18 Sígueme
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Una mañana ya fue primavera. Los lirios estallaron en el jardín de la entrada y el antiguo salón del palacio, convertido en capilla, se llenó de azucenas que impregnaban el aire con aromas de estampita. Había dejado de hacer frío, por fin, y el sol nos acompañaba desde casi el momento de levantarnos. Hasta daban ganas de estudiar aunque, ahora que lo pienso, tal vez se debiera a la proximidad de los exámenes. Era la luz prometedora de días más largos y sobre todo, de las vacaciones que ya esperábamos ansiosamente.
La primavera desembocaba en el esplendor de mayo, puro verano en Arenas. Los pinares eran un concierto ensordecedor de cigarras durante las tardes de paseo. Nos empeñábamos en cazar algún ejemplar para hacerle la autopsia en busca del chirrido, pero nunca tuvimos ninguna víctima a nuestro alcance. Las chorreras de agua limpísima bajaban de la sierras arrastrando cantos rodados y nosotros poníamos a navegar río abajo escuadras de bajeles construidos con la roña de los pinos, un palo afilado a navaja por mástil y, de vela, el trozo de una pañuelo zurcido. Habíamos pasado en los juegos del ciclo de bichos y misioneros, que eran especialidades de invierno, al de los deportes acuáticos: botar barcos, tirar piedras al río rodando pinar abajo y mojarnos los pies, que era lo único que nos estaba permitido mojar en aquella naturaleza de helechos que se nos antojaba salvaje.
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Jugábamos a un fútbol de garra y carrera, en el cual lo principal era llegar a la portería contraria por uno mismo, sin necesidad de combinar pases ni seguir estrategias. Cada uno era responsable de no dejarse robar el balón. Una jugada, hasta que la pelota salía por cualquiera de las bandas, consistía en que seis o siete jugadores de los dos equipos corrían en tropel con afán posesivo, regateando es un decir, para llegar hasta la portería donde el guardameta pasmado nunca sabía quién podía chutarle. No había áreas pintadas ni bandas ni centro del campo: todo a ojo y muy dependiente del criterio-capricho del árbitro, que solía ser uno de cuarto o quinto. La explanada que se abría en el ala Oeste del palacio era nuestro estadio. Por una de las bandas laterales daba a un pequeño barranco que lo separaba del edificio, lo que nos obligaba a desaparecer del terreno de juego (era en verdad un terreno) cada vez que el balón salía; y por la otra, lindaba con un collado de jaras, granados e higueras que disfrutábamos explorando a nuestro antojo aunque estuviera prohibido. Cada jugador se equipaba como podía: a lo sumo, unos zapatos viejos y el guardapolvo o sotanilla abiertos menos el último botón, de manera que pudiera recogerse en el cuello para no pisarse los bajos de la faldumenta. Con las botas que me habían echado los Reyes en casa, era la envidia de aquel equipo de niños desarrapados.
Don Celedonio, que todavía no era cura, jugaba con nosotros en cualquiera de los dos equipos con la sotana remangada y poniendo cuidado de no lesionarnos. Un día, cuando estábamos sin resuello después de un partido de aquellos, nos reunió y nos dijo:
-Van a venir a jugar contra nosotros los alumnos del Colegio Diocesano de Ávila, así que habrá que entrenarse para ganar.
Y durante algún tiempo cambiamos el fútbol de “a mí que los arrollo” por el de “aquí, aquí, centra, échasela”. No sé de dónde sacarían los profesores aquel equipamiento prestado con el que no hubo manera de encajar tallas y jugadores.
Y llegó el día clave. Convivencia vigilada, siempre con el miedo de que los chicos bien vestidos que olían a colonia, por muy católicos que fueran pudieran inocularnos la duda de si los de palacio estábamos en el lugar adecuado. Unos a otros nos mirábamos como bichos raros, a pesar de que los de la capital nos conocíamos. Fue aquel día cuando supe con certeza que había perdido para siempre a los amigos de mi generación, que si un día salía del palacio tendría que buscarme otros nuevos. El tiempo acabó confirmando mis temores.
El Dioce estaba recién fundado y ya era una potencia en fútbol escolar. Los hermanos Mariscal, uno de los cuales, “Yiyo”, era un delantero excepcional, nos dieron un repaso de estrategia y juego de equipo y, lo que es más grave, nos metieron cuatro a cero en medio de un griterío de ánimo a nuestro favor que no sirvió de nada. La derrota en casa fue tan humillante que aquella experiencia no volvió a repetirse a pesar del compromiso tácito que ambas partes habían contraído. Nuestros profesores debieron de pensar que la moral podía venírsenos abajo jugando con o contra aquellos chicos de nuestra misma edad que, además de rezar antes del partido como nosotros, sabían jugar al fútbol.
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A mediados de diciembre, en la casa de Caballeros se ponía en marcha la operación Navidad: desmomificación del belén, cura-pegamento de los traumatismos sufridos por lavanderas y camellos, reposición de cerdos y gallinas en la Librería Católica, búsqueda de musgo para las praderas, de serrín para los caminos, de papel de plata para ríos y lavaderos, harina para la nieve de los tejados, corcho para las montañas. Una colcha amarilla disimulaba la armadura de aquel paisaje por el que avanzaban los Reyes Magos en su camino hacia el portal de Belén. Mi padre sacrificaba con poco arte los gallos de corral (lo de pollos es poco decir) que llegaban del pueblo vivos y espantados y mamá preparaba dulces, flores y una sopa de marisco con ralladura de patata que mi hermana Rosa ha recreado con éxito hace poco. Los Reyes llegaban puntuales el 6 de enero con su carga de regalos, carbón dulce, cartas con escritura de espejo y recomendaciones de seguir portándose bien.
En el palacio de Arenas, aquellos días de Ávila que me parecían tan lejanos se convertían en nostalgia, en un deseo de salir corriendo para encontrar el brasero, los villancicos de la radio, niños pidiendo el aguinaldo y el aroma de la pepitoria que llegaba de la cocina. Los profesores hacían cuanto estaba en su mano para que nos sintiéramos bien: más miel en el desayuno, más higos (llegamos a maldecirlos), alguna golosina, un turrón marrón con más caramelo que almendra, el belén más grande que el que podíamos tener en casa; pero siempre el frío de las clases, de la sala de estudio, de los dormitorios, de los pasillos, el frío enseñoreándose del palacio. Solo se estaba bien en la capilla, allí todos juntos como en una tabla gótica, cantando villancicos y el coro entonando antífonas bellísimas, Puer natus est nobis. ¿Por qué cerraba los ojos don Constantino mientras nos dirigía?, ¿por qué no nos dejaba cerralos a los cantores?
Luego, un día de los que había paseo de aquellas navidades sin familia, llegaban los padres trayendo un rescoldo del calor de la casa, amable pero insuficiente: “hijo, qué delgado estás, te hemos traído turrón y peladillas y un regalo de Reyes, mira, unas botas de fútbol, a ver pruébatelas, sí, te están bien”. Y aquel ajuar deportivo casi compensaba de tanta ausencia, más adelante se verá por qué. De vuelta al palacio, con el paquete debajo del brazo y los padres despidiéndome en la esacalinata, ¿como no repartir peladillas y pasas con algunos que nada recibían porque seguramente no tenían nada? Los curas se empeñaban en llamar a aquello caridad, pero nunca lo sentí así, de hecho sigo sin entender muy bien el concepto. Era amistad, compañerismo, quizás la voluntad de no sobresalir, de no ser envidiado.
¿Qué por qué no he esperado a Navidad para colgar este post, perdón, el artículo? Pues porque no es una felicitación ni un cuentecillo de esos de “hondo interés humano”. Es que esta mañana he visto en El Grande ya instalado el chiringuito de la castañera y once grados en el termómetro de los soportales y se me ha venido el invierno encima de repente.
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El otro volumen de mi biblioteca personal era un pequeño diccionario enciclopédico de casi mil cuatrocientas páginas, editado por Calleja y que también había pasado por el taller del ecuadernador Nicolás: octavo mayor, holandesa con puntas hoy perdidas, gofrados en lomo y tejuelo con cartela dorada. Un tesorillo. Lo tengo delante ahora, mientras escribo, y descubro que puede seguir siendo un fiel compañero. Ya no cumple el papel que le asigné entonces, cuando me sirvió para disimular soledades, pero ahora me valgo de él para desencadenar la memoria secuestrada. Allí venía desde el ‘ascensor hidráulico’ hasta ‘Zuinglio’, sacerdote escritor y heresiarca suizo (1484-1531), como enseña la entrada: todo lo que no dábamos en las clases venía en el Calleja. En una de sus láminas en color aprendí a diferenciar entre diez clases de toros de lidia según la pinta y la encornadura.
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Pertenecer a la escolanía del palacio reportaba algunos privilegios. No era el menor, aunque entonces lo considerara el primero, evitar algunas horas de estudio interminables, empleadas en darle vueltas a una traducción de Salustio o Tito Livio que siempre terminaba sonando a epigrafía indescifrable.
Don Constantino nos dirigía con la autoridad propia de un maestro de capilla. Cuando muchos años más tarde intimé en mis investigaciones con Sebastián de Vivanco, me vi retratado en aquellos mozos de coro de la catedral que preparaban esforzadamente los villancicos para el Corpus. Don Sebastián-Constantino era muy alto, sarmentoso y gesticulador. Me ha quedado de él la imagen de unas manos de pianista capaces de entrar en la garganta de los tiples para exigir un Fa sostenido o imponer un ejercicio imposible de corcheas y semicorcheas. Lo respetábamos y él nos correspondía con una conducta que, sin necesidad de hacer concesiones, significaba un "yo no puedo saltarme las normas, pero sois mis preferidos".
Una tarde nos llamaron a algunos cantores, "que vayáis al cuarto de don Constantino". Estaba haciendo pruebas de canto para encontrar al tiple que la escolanía necesitaba para los solos. "A ver, Arribas, ¿recuerdas el comienzo del Ave María?, pues adelante". Aclaré la voz, esperé a que sonara la frase en el piano y canté lo mejor que supe. Debió de salirme bien, porque desde aquel momento me convertí en el Tiple, con mayúscula, destinado a llenar los ámbitos del palacio con mis solos.
Después, en los libros de mi amigo Paco Vázquez, he leído que Boccherini había sido maestro de capilla del infante don Luis en aquel palacio, y he jugado a imaginarme cantando acompañado por el violón del italiano en la sala principal, la misma estancia que ocupaba la capilla dos siglos después.
Ser el Tiple de la escolanía favorecía tener más miel que los demás en el tazón del desayuno, estudiar solfeo, fumarse algunos estudios y practicar escalas en un piano desvencijado que exigía de los dedos más fuerza que destreza.
Ahora oigo canto gregoriano o polifonía con la memoria sonora de lo que aprendí en palacio y no siempre aplaudo con entusiasmo, como hacen los vecinos de banco suene lo que suene.
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El examen de ingreso en el Bachillerato no había sido tan difícil como había profetizado con alarma don Gaudencio: el análisis morfológico, un dictado y unas cuentas bien resueltas nos habilitaban para comenzar Primero en el Instituto de Vallespín. El tribunal debió pasar por alto, para no suspendernos a todos, que en el dictado escribiéramos "don Oso cortés", donde nos habían propuesto "Donoso Cortés", familiarizados, como estábamos, con cuentos en los que los animales gozaban de tratamiento y virtudes. ¿Cómo íbamos a creer que alguien podía llamarse Donoso, si ya nos parecía exagerado que hubiera un Onésimo y encima Redondo de apellido?
Cuando comenzamos el curso en el palacio, pronto descubrí que aquel ingreso de junio había sido para otra cosa, que allí no se ponía el mismo interés en aprender los ríos o los reyes godos y que pi erre al cuadrado no servía para lo mismo que pi dos erre, como de saberse las declinaciones y conjugaciones latinas, la lista de los pretéritos y supinos, más un vocabulario creciente al que nunca le veíamos el final. Me entusiasmé con los pretéritos y supinos, aquella lista mágica que daba origen a tantas palabras distintas.
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El segundo día se nos fue en organización. No habíamos llegado todos la tarde de los mareos, pero a lo largo de la jornada siguiente el palacio recibió a los que venían de los pueblos del Tiétar y de la vecina Toledo. En aquellas pocas horas, ya habíamos adquirido la categoría de veteranos para mirar con cierta compasión a los recién venidos: simplemente, ya no éramos los últimos.
De manera natural -aunque también es posible que se debiera a algún sustrato oculto-, los nuevos fuimos clasificados en dos formaciones que no tenían identidad ni reglamento: Moraña o Sierra. Se daba por sabido que los morañegos eran toscos, nobles y hacían el saque en el frontón más lejos; mientras los serranos se mostraban astutos y más ágiles con la pelota para buscar la banda. Los morañegos eran rubicundos y macizos, mientras los serranos parecían cetrinos y un poco tirillas. Aquellos primeros días nos aplicamos en reconocernos dentro de las etnias que alguien había fijado. Era evidente que lo teníamos difícil. ¿Dónde encajábamos los de la Capital? Nadie nos quería en su tribu: los de la Moraña nos contemplaban con cierto desprecio, y los serranos, otro tanto. A unos y otros les parecíamos demasiado blanquitos, con una fisionomía (así lo decía Ingelmo, el más etnólogo de todos) un tanto blanda, de nenitas. Nadie nos quería en el frontón. No nos quedó más remedio que formar una tribu particular y minoritaria para defender nuestra condición de niño-de-ciudad, con la ayuda de los de otros cursos que ya habían pasado por lo mismo. Nos relegaron a jugar en el frontoncillo divido en dos que era, en realidad, la parte trasera del frontón grande.
Toda aquella segregación se venía abajo cuando pasábamos de la pelota al fútbol. Entonces, serranos y morañegos echaban la alineación a pies y nos elegían primeros porque, al parecer, éramos buenos en los regates y en el área.
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Aquella tarde de finales del verano de 1950, nos metieron en un autobús que salió de la Plazuela de la Fruta, subieron las maletas a la baca y enfilamos la carretera de Arenas. Cruzamos Menga y El Pico, descendimos por las Cinco Villas entre mareos y ruidos del motor renqueante y, a eso de las siete, estábamos entrando por la pérgola emparrada del palacio. Era la primera vez que veía uvas colgando de los sarmientos. Arenas era un coro estridente de chicharras camufladas en la espesura de los olivos, los granados y los pinos. Los curillas llegábamos arrastrando nuestra maleta y el paquete con la comida. Nos habían confeccionado una sotana en "Castor", el sastre del clero que tenía la tienda en José Tomé. "Cuídala mucho, hijo, que ha costada cara", recomendaban las madres. Mamá estaba practicando por entonces corte y confección por correspondencia y se había empeñado en ahorrarse la factura del sastre. Había que sacarle partido a la matrícula; así que compró una tela con poco apresto y armó, como Dios le dio a entender, una especie de hábito con treinta botones que mostraba querencia a pingar hacia dentro en los bajos. A la hora del paseo, en la revista, siempre me parecía ver la mirada inquisidora de don Celedonio preguntándose: "¿De dónde habrán sacado el paño?". Aquella noche de la llegada al palacio, fue la primera de mi vida en que Mamá no me besó antes de dormir. Me vi depositado en una cama, dentro de un dormitorio corrido, junto a otros veinte niños llegados de la ciudad y de los pueblos. Estábamos agotados por el trajín del viaje y el acomodo, y nos dormimos enseguida. Antes se oyeron algunos sollozos.
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