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lunes, 30 de julio de 2012

Vivíamos en un palacio / 18 Sígueme


Echaba de menos la radio: el parte de las dos y media de Radio Nacional de España, que llegaba introducido con un toque de generala por pífanos y chirimías. El parte nos informaba en familia sobre congresos eucarísticos, los goles del Atlético de Bilbao, la muerte de Evita, las gestas de los misioneros, el contubernio, la bendición de un pantano y la cogida de Bienvenida. Pero en el palacio toda aquella información diaria en torno a la mesa había desaparecido, era ya solo recuerdo, cosa de las vacaciones de verano. El vacío se llenaba mensualmente, tarde y mal, con la lectura de  Sígueme, una revista fundada en 1938 “para los seminaristas soldados”, la cual quince años después ya había prescindido del “detente bala”, al menos en apariencia. Unos pocos privilegiados –“los ricos”, como decían algunos con cierta envidia− la recibíamos cada mes por suscripción. “Cuando la leas, debes dejársela a los demás”, me advertía el cartero. Y así lo hacíamos. Cuando volvía a mis manos después de la peregrinación, era ya casi un despojo. Todavía cabía una segunda lectura de las notas que los lectores habían ido dejando en los márgenes, primitivo intercambio de mensajes y emociones. Había meses en que resultaban más interesantes las notas que el texto: unos versos que no encontraron mejor soporte, el recuerdo de un cumpleaños, un “quomodo flumen de te” en latín goliardesco o la cuenta de los días que faltaban para las vacaciones, ¡siempre la obsesión del verano! La cadena de lectores de Sígueme convertía cada número de la revista en dietario colectivo de pillerías y complicidades inocentes. ¡Qué pena no haberlas conservado!
La noticia de la muerte de Stalin, con una foto en blanco y negro en la que aparecía de cuerpo presente con sus bigotazos, debió de llegar en el número de abril, tal vez el de mayo, de 1953. Estábamos terminando el curso y recuerdo el alborozo que produjo la noticia: había muerto el dictador (al nuestro particular no lo reconocíamos como tal, sino como Caudillo de España por la gracia de Dios, que era cosa bien distinta): enemigo de la Iglesia, tirano cruel, principal causante de que los nacionales hubieran, hubiéramos tenido que emprender la Cruzada, porque ni que decir tiene que en el palacio todos éramos hijos de nacionales. Los escolios que la cadena de lectores fue dejando al pie del reportaje eran, recuerdo, como estos: “Gracias, Dios mío, por esta muerte, aunque esté mal el decirlo”, “Pues yo voy a rezar por su alma”, “Es inútil, está en el infierno porque no se ha confesado”, “Llagará por fin la conversión de Rusia”.

Todavía hoy no puedo desligar  en mi imaginario la memoria de Stalin −ya sea en Yalta, presidiendo un desfile o de cuerpo presente con su guerrera blanca− de la llegada de aquella revista, mi única ventana al exterior desde septiembre a julio.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Vivíamos en un palacio. 17 / Que por mayo era, por mayo

Una mañana ya fue primavera. Los lirios estallaron en el jardín de la entrada y el antiguo salón del palacio, convertido en capilla, se llenó de azucenas que impregnaban el aire con aromas de estampita. Había dejado de hacer frío, por fin, y el sol nos acompañaba desde casi el momento de levantarnos. Hasta daban ganas de estudiar aunque, ahora que lo pienso, tal vez se debiera a la proximidad de los exámenes. Era la luz prometedora de días más largos y sobre todo, de las vacaciones que ya esperábamos ansiosamente.
La primavera desembocaba en el esplendor de mayo, puro verano en Arenas. Los pinares eran un concierto ensordecedor de cigarras durante las tardes de paseo. Nos empeñábamos en cazar algún ejemplar para hacerle la autopsia en busca del chirrido, pero nunca tuvimos ninguna víctima a nuestro alcance. Las chorreras de agua limpísima bajaban de la sierras arrastrando cantos rodados y nosotros poníamos a navegar río abajo escuadras de bajeles construidos con la roña de los pinos, un palo afilado a navaja por mástil y, de vela, el trozo de una pañuelo zurcido. Habíamos pasado en los juegos del ciclo de bichos y misioneros, que eran especialidades de invierno, al de los deportes acuáticos: botar barcos, tirar piedras al río rodando pinar abajo y mojarnos los pies, que era lo único que nos estaba permitido mojar en aquella naturaleza de helechos que se nos antojaba salvaje.

Mayo era el mes de las flores, Venid y vamos todos / con flores a María…, un ejercicio piadoso que consistía en plática, rezos y cantos por las tardes, más una especie de rifa a lo divino que explicaré. Un cestillo que había instalado a la entrada de la capilla contenía papeletas diminutas en las que se habían escrito ofrendas de obligado cumplimiento para quien voluntariamente metiera la mano allí en busca del sacrificio. Probabas, extraías tu filacteria y leías Reza tres avemarías y una salve, entrabas en la capilla, despachabas el encargo y en paz; pero también podía ocurrir que fuera Durante el próximo recreo deberás rezar el rosario en la capilla; o bien Examina si has molestado a algún compañero y pídele perdón. Entonces aquellos “sacrificios”, como los llamábamos, empezaban a no tener gracia. Meter la mano en el cestillo era una acción voluntaria, podíamos “sacrificarnos” o no, pero el caso es que íbamos en busca de la picadura, sobre todo los pequeños, como una forma buscar en lo desconocido, con la curiosidad de descubrir qué nos salía, a sabiendas de que, en el caso de que la filacteria no fuera de nuestro agrado, siempre podíamos devolverla y coger otra. Algo nos gritaba en la conciencia Eso no vale, pero menos valía dejarle a uno sin recreo en medio del esplendor de mayo, cuando hace la calor, / cuando los trigos encañan / y están los campos en flor…, como leía en mi antología de Rosas sin espinas, ¡ay, aquel prisionero del romance!, tan emocionante, tan mío.

martes, 31 de mayo de 2011

Vivíamos en un palacio / 16. Buscando a Chao



Chao (Drama lírico en cuatro actos), letra de Juan Lamamié de Clairac, música de Vicente Arregui, El Siglo de las Misiones. 5ª edición (1ª: 1919), Bilbao, 1943.




He buscado durante años el librito de aquella opereta de la que fui protagonista. Lo encontré hace ocho años en la librería anticuaria Hijazo de Logroño. Lo tengo ahora delante y compruebo que aquellos versos y la música se prendieron en el arcano de la memoria perpetua. Hace tres años, don Bernardino, que dirigió en 1953 y 1954 la puesta en escena en La Mosquera, me regaló una copia de la partitura. Después mi sobrino Alberto la ha estudiado y convertido en música. Ha sido una labor de arqueología en la que me empeñé para mantener vivo el recuerdo de los días de aplauso.
El gran salón de estudio de los pequeños es ahora “China, época actual”. Por los balcones de palacio entra la primavera prohibida. Chao es un chinito húerfano de doce años —los mismos del tiple—, esclavo del bonzo Tan, un viejo despiadado que se dedica a robar niños de la misión del padre Carlos con la ayuda de otros coletudos feroces. Y ahí está Chao, aterido de frío dentro del pijama de rayas recién planchado, el sombrero cónico de cartón, la coleta que huele a cola de caballo y unos ojos rasgados sobre la cara pintada de amarillo. Es el chinito bueno que conmueve desde el proscenio a los espectadores, “Si es que Buda, el Dios del bonzo, / es también mi Dios, / ¿Por qué no me dio una madre?, / ¿por qué a mí no?”. En este cantabile de la Escena II, cuando apenas se había abierto el telón, tres colchas cosidas, el tiple se la jugaba, lo había anunciado el director musical, don Constantino, “si te sale bien el solo, lo demás será coser y cantar”. A los acordes del piano, Chao se pasa toda la obra buscando una madre, que acabará encontrando en la imagen de la Virgen que preside la capilla del padre Carlos. Y el tiple busca aquella tarde con ansiedad el rostro de la suya entre el público, para ver como llora emocionada. Mientras recita y canta, el pensamiento del tiple no está en aquella China de cartón piedra, sino en la casa de Caballeros, en Ávila, donde aguardan los tebeos de Nicolás, el tren de cuerda, los álbumes de Nestlé y las cocinitas de la hermana. Aún faltan tres meses para las vacaciones. Si hubiera de verdad un padre Carlos que sacara a los niños de donde están contra su voluntad…
Cuando Chao cierra la obra, “Solo y sin madre en el mundo / ya no estaré, / que en la capilla del blanco / ya la encontré”, con una escala ascendente, do-re-mi-do, el tiple se tira del escenario y se refugia en el abrazo de la madre, solicitando de ella sin palabras la salvación.
Chao se repitió al año siguiente con algo más de técnica y mayor asistencia de público, pero el tiple, que estaba cambiando la voz, soltaba gallos y nasalidades, y no hubo miel ni clara de huevo que detuviera aquella metamorfosis y ya no fue lo mismo que en el estreno del año anterior. Aprendí pronto la diferencia entre los aplausos de entusiasmo y los de cortesía.

domingo, 10 de abril de 2011

Vivíamos en un palacio / 15. Los atrases


El ala oeste del palacio de La Mosquera no se construyó nunca. Los ladrillos y restos mal rematados de la fachada le proporcionaban un aspecto de edificio bombardeado. No tardamos en inventarnos historias sobre la guerra porque algo sabíamos sobre la furia anticlerical que se había desatado por la zona años antes. ¡Era tan fácil fantasear! Por aquel lado, el palacio no estaba rodeado de mucho terreno como por los otros tres, sino que daba con unos vecinos que nunca nos miraban con buena cara, tal vez porque colgábamos la pelota en su huerto con demasiada frecuencia. Aquellos metros en desorden eran los atrases, donde se amontanaba la leña y el carbón de las cocinas, se criaban los cerdos cuyas carnes y tocinos encontrábamos hechos pizca para acompañar las carillas y los garbanzos. Por allí también entrábamos a las letrinas desde el recreo. Los atrases eran territorio prohibido, de paso. Se podía bajar desde el campo de fútbol para recoger la pelota o entrar a aliviarse, pero había que abandonar la zona maldita de inmediato porque allí se corría el peligro de perder la vocación en cuestión de minutos. En los atrases reinaba Arturito, un fámulo bobalicón y casi mudo que habíamos decidido, por tácito consenso, excluir del mandato de la caridad cristiana. Nos sonreía buscando seguramente alguna muestra de simpatía por nuestra parte y nosotros le correspondíamos con rimas fáciles que lo sacaban de quicio: «Arturito cara de pito», «Arturo come pan duro». El pobre Arturo farfullaba algo que quería ser insulto, se armaba con el hacha de partir la leña y nos perseguía como en la mejor película de terror imaginable. Él sabía, y nosotros también, que su reino terminaba en la linde del campo de fútbol, así que allí cesaban la persecución y nuestras burlas crueles. Lo mejor de aquellos lances era que Arturito o bien no guardaba memoria de las ofensas o llevaba impreso en su alma cándida el sentimiento del perdón, porque al día siguiente podíamos recibir otra vez el regalo de su sonrisa y nosotros volver con nuestras rimas. Y vuelta a lo mismo. Tal vez Arturito era el blanco de nuestra ira reprimida por tantas horas de estudio y de clases, por el frío, la privación de comidas caseras, tanta ausencia. O quizás cumplía el papel de tonto de la clase, que allí no veíamos por ninguna parte y era tan necesario. ¿Por qué recuerdo los atrases con mayor claridad que otros lugares?: puede que fuera la atracción de asomarse al precipicio que siempre me ha acompañado. Era un territorio vedado y, en consecuencia, tentador, como una de esas casillas del juego de la oca por la que tenías que pasar deprisa, deprisa, pero en la que también deseabas caer para oír las expresiones de compasión y regocijo de los compañeros de juego. Alguna expulsión de palacio tuvo que ver con actividades clandestinas relacionadas con los atrases. Yo me libré.

sábado, 29 de enero de 2011

Vivíamos en un palacio / 14. Arenas 0 - Dioce 4

Jugábamos a un fútbol de garra y carrera, en el cual lo principal era llegar a la portería contraria por uno mismo, sin necesidad de combinar pases ni seguir estrategias. Cada uno era responsable de no dejarse robar el balón. Una jugada, hasta que la pelota salía por cualquiera de las bandas, consistía en que seis o siete jugadores de los dos equipos corrían en tropel con afán posesivo, regateando es un decir, para llegar hasta la portería donde el guardameta pasmado nunca sabía quién podía chutarle. No había áreas pintadas ni bandas ni centro del campo: todo a ojo y muy dependiente del criterio-capricho del árbitro, que solía ser uno de cuarto o quinto. La explanada que se abría en el ala Oeste del palacio era nuestro estadio. Por una de las bandas laterales daba a un pequeño barranco que lo separaba del edificio, lo que nos obligaba a desaparecer del terreno de juego (era en verdad un terreno) cada vez que el balón salía; y por la otra, lindaba con un collado de jaras, granados e higueras que disfrutábamos explorando a nuestro antojo aunque estuviera prohibido. Cada jugador se equipaba como podía: a lo sumo, unos zapatos viejos y el guardapolvo o sotanilla abiertos menos el último botón, de manera que pudiera recogerse en el cuello para no pisarse los bajos de la faldumenta. Con las botas que me habían echado los Reyes en casa, era la envidia de aquel equipo de niños desarrapados.
Don Celedonio, que todavía no era cura, jugaba con nosotros en cualquiera de los dos equipos con la sotana remangada y poniendo cuidado de no lesionarnos. Un día, cuando estábamos sin resuello después de un partido de aquellos, nos reunió y nos dijo:
-Van a venir a jugar contra nosotros los alumnos del Colegio Diocesano de Ávila, así que habrá que entrenarse para ganar.
Y durante algún tiempo cambiamos el fútbol de “a mí que los arrollo” por el de “aquí, aquí, centra, échasela”. No sé de dónde sacarían los profesores aquel equipamiento prestado con el que no hubo manera de encajar tallas y jugadores.
Y llegó el día clave. Convivencia vigilada, siempre con el miedo de que los chicos bien vestidos que olían a colonia, por muy católicos que fueran pudieran inocularnos la duda de si los de palacio estábamos en el lugar adecuado. Unos a otros nos mirábamos como bichos raros, a pesar de que los de la capital nos conocíamos. Fue aquel día cuando supe con certeza que había perdido para siempre a los amigos de mi generación, que si un día salía del palacio tendría que buscarme otros nuevos. El tiempo acabó confirmando mis temores.
El Dioce estaba recién fundado y ya era una potencia en fútbol escolar. Los hermanos Mariscal, uno de los cuales, “Yiyo”, era un delantero excepcional, nos dieron un repaso de estrategia y juego de equipo y, lo que es más grave, nos metieron cuatro a cero en medio de un griterío de ánimo a nuestro favor que no sirvió de nada. La derrota en casa fue tan humillante que aquella experiencia no volvió a repetirse a pesar del compromiso tácito que ambas partes habían contraído. Nuestros profesores debieron de pensar que la moral podía venírsenos abajo jugando con o contra aquellos chicos de nuestra misma edad que, además de rezar antes del partido como nosotros, sabían jugar al fútbol.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Vivíamos en un palacio / 13. Chinos contra misioneros


Jugar a las misiones era actividad reservada para las tardes de paseo por razones de espacio y tiempo. Aquel juego dramatizado necesitaba un paisaje natural extenso, como el que ofrecían los pinares que veíamos desde las ventanas del palacio. Allí podíamos imaginar selvas intrincadas, poblados infectados de chinos atroces que todavía no habían inventado el arte de falsificarlo todo, pero sí el de torturar ferozmente. Detrás de unas rocas, con helechos y ramas secas, el escenógrafo, que siempre era alguno al que no le gustaba mucho la acción cruenta, podía montar el decorado de una pagoda habitada por un bonzo que repartía zurriagazos, valiéndose de una bufanda, entre los pobres chinitos coletudos que preferían la iglesia del padre blanco, católico y amable, a la pagoda oscura del ministro amarillo y pagano de Buda. Yo siempre fui chinito. De bonzo hacía Félix, que era el que tenía bufanda: se había especializado en retorcerla tensándola por los extremos hasta convertirla en porra temible; y de misionero salvador hacía Emiliano, que ya con once años llevaba impreso en el rostro el sufrimiento de un mártir, un poco arrugadito él y con los ojos ojos nórdicos.
La otra razón por la que jugar a las misiones era actividad para los paseos tenía que ver con el tiempo. Se necesitaban al menos dos horas y media o tres para hacer verosímiles aquellas historias épico-sagradas. Los tres cuartos de hora de un recreo ordinario no daban para nada, y con la fachada neoclásica del palacio como telón de fondo, menos todavía. En tres horas daba tiempo a persecucionesy exterminio de cristianos, encarcelamientos y liberaciones milagrosas, martirios masivos, conversiones fervorosas y hasta llegada de tropas redentoras cuando la acción catequética no había logrado la conversión definitiva, que era, en realidad, de lo que se trataba.
Todo estaba en el cine y en los tebeos adoctrinadores: no teníamos que inventar nada. Y cerca, en Cuevas del Valle, se veneraba a San Pedro Bautista, protomártir del Japón, que en el mapa de Asia también quedaba por Oriente. Fue así, viéndonos interpretar la batalla por la fe las tardes de paseo, como debió de ocurrírseles a nuestros superiores que tanta pasión podía ser llevada a escena de verdad si se partía de un texto apropiado: había nacido el Proyecto Chao.
Algún efecto secundario más, aunque fuera menos relevante, producía el juego de las misiones, pienso ahora; como era el de entrar en calor en medio de aquellos inviernos de Arenas de San Pedro, que todo el mundo calificaba de “templados” y a mí me parecían siberianos. Volvíamos al palacio con los mofletes encendidos, los sabañones mordiéndonos bajo la piel y sudando debajo de las sotanillas después de tanta persecución martirial. Nos sentíamos niños corrientes además de curillas.

martes, 9 de noviembre de 2010

Vivíamos en un palacio / 12. Bichos

Cada vez que me cruzo en el campo con un escarabajo que va a lo suyo o cuando una lagartija se me queda mirando sin comprender por qué no me muevo, recuerdo las tardes de paseo por los pinares hacia Guisando o El Hornillo. Romper filas y lanzarnos fuera de la carretera los más pequeños en busca de aventuras era todo lo mismo. Tres eran las actividades principales que nos ocupaban: el fútbol, que solo podíamos practicar cuando nos llevaban por la carretera de Talavera donde había espacios abiertos que nosotros convertíamos en San Mamés o San Antonio, jugar a los misioneros martirizados o buscar bichos. Hoy toca escribir sobre bichos y advierto que el ejercicio de redacción puede resultarle duro a algún lector.
La “operación bichos” exigía cierto instrumental: un frasco o bote con la tapa agujereada, hilo bramante, una navajilla y un cuadernito con lápiz. No se había inventado aún el ecologismo. Los insectos, pequeños reptiles y roedores no habían superado la era en que eran considerados animales nacidos para ser pisados. Todavía hoy, contemplando los cuentos infantiles donde conviven humanamente en cuatricromía escolopendras, hormigas, grillos y luciérnagas, me dejo llevar por la atrición de aquellos pecados de infancia. Un escarabajo pelotero podía sufrir el vaciamiento del abdomen para convertirse en camioneta de carga y competir con otro ejemplar de la especie. Un ciempiés se transformaba en dos de cincuenta. Con tabaco “emborrachábamos” (eso creíamos) a las lagartijas para ver cómo se daban palmadas en su pancita blanca. Cazábamos grillos por el método de hurgar en la hura con una paja, porque el otro método, el tradicional de orinar en el agujero, no nos estaba permitido. Levantábamos piedras en busca de escorpiones –aquella era una operación arriesgada- para comprobar si era cierto que se suicidaban cuando los acosábamos en un círculo de fuego. Interpretábamos su locura por escapar como prueba de que sí. Éramos, en fin, crueles sin saberlo a ciencia cierta. El cuadernito no cumplía la función de cuaderno de campo, sino de dietario escueto de ferocidades: lugar, fecha y fechoría.
El abandono de lo atroz comenzó con un incidente inesperado. Había decidido encerrar media docena de grillos en un bote y alimentarlos con trébol. Esteban, que presumía de que su familia tenía ganado, me había dicho que era lo que más les gustaba. El bote me acompañaba a casi todas partes y, por supuesto, constituía elemento fundamental en el combate contra el aburrimiento de las horas de estudio. Un día en que nos cambiaron de clase lo dejé en la cajonera del pupitre y el nuevo ocupante no tuvo cosa mejor que hacer –seguramente, tan aburrido como yo- que abrir la prisión. Los grillos saltaron despavoridos, alborotaron la clase y dieron lugar a una investigación que acabó dejándome en evidencia. No recuerdo que me castigaran, pero cargué durante algún tiempo con una fama de Guillermo Brown que no me correspondía (nunca me ha gustado el personaje, me pone nervioso). Pude quitármela de encima cuando en los paseos me apunté al juego de los misioneros martirizados y también reduciendo las observaciones científicas a las moscas, que ni siquiera exigían salir al campo porque convivían con nosotros en la sala de estudio.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Vivíamos en un palacio / 11. Lo peor era en Navidad

A mediados de diciembre, en la casa de Caballeros se ponía en marcha la operación Navidad: desmomificación del belén, cura-pegamento de los traumatismos sufridos por lavanderas y camellos, reposición de cerdos y gallinas en la Librería Católica, búsqueda de musgo para las praderas, de serrín para los caminos, de papel de plata para ríos y lavaderos, harina para la nieve de los tejados, corcho para las montañas. Una colcha amarilla disimulaba la armadura de aquel paisaje por el que avanzaban los Reyes Magos en su camino hacia el portal de Belén. Mi padre sacrificaba con poco arte los gallos de corral (lo de pollos es poco decir) que llegaban del pueblo vivos y espantados y mamá preparaba dulces, flores y una sopa de marisco con ralladura de patata que mi hermana Rosa ha recreado con éxito hace poco. Los Reyes llegaban puntuales el 6 de enero con su carga de regalos, carbón dulce, cartas con escritura de espejo y recomendaciones de seguir portándose bien.



En el palacio de Arenas, aquellos días de Ávila que me parecían tan lejanos se convertían en nostalgia, en un deseo de salir corriendo para encontrar el brasero, los villancicos de la radio, niños pidiendo el aguinaldo y el aroma de la pepitoria que llegaba de la cocina. Los profesores hacían cuanto estaba en su mano para que nos sintiéramos bien: más miel en el desayuno, más higos (llegamos a maldecirlos), alguna golosina, un turrón marrón con más caramelo que almendra, el belén más grande que el que podíamos tener en casa; pero siempre el frío de las clases, de la sala de estudio, de los dormitorios, de los pasillos, el frío enseñoreándose del palacio. Solo se estaba bien en la capilla, allí todos juntos como en una tabla gótica, cantando villancicos y el coro entonando antífonas bellísimas, Puer natus est nobis. ¿Por qué cerraba los ojos don Constantino mientras nos dirigía?, ¿por qué no nos dejaba cerralos a los cantores?
Luego, un día de los que había paseo de aquellas navidades sin familia, llegaban los padres trayendo un rescoldo del calor de la casa, amable pero insuficiente: “hijo, qué delgado estás, te hemos traído turrón y peladillas y un regalo de Reyes, mira, unas botas de fútbol, a ver pruébatelas, sí, te están bien”. Y aquel ajuar deportivo casi compensaba de tanta ausencia, más adelante se verá por qué. De vuelta al palacio, con el paquete debajo del brazo y los padres despidiéndome en la esacalinata, ¿como no repartir peladillas y pasas con algunos que nada recibían porque seguramente no tenían nada? Los curas se empeñaban en llamar a aquello caridad, pero nunca lo sentí así, de hecho sigo sin entender muy bien el concepto. Era amistad, compañerismo, quizás la voluntad de no sobresalir, de no ser envidiado.

¿Qué por qué no he esperado a Navidad para colgar este post, perdón, el artículo? Pues porque no es una felicitación ni un cuentecillo de esos de “hondo interés humano”. Es que esta mañana he visto en El Grande ya instalado el chiringuito de la castañera y once grados en el termómetro de los soportales y se me ha venido el invierno encima de repente.

lunes, 30 de agosto de 2010

Vivíamos en un palacio / 10. Todo estaba en el Calleja

El otro volumen de mi biblioteca personal era un pequeño diccionario enciclopédico de casi mil cuatrocientas páginas, editado por Calleja y que también había pasado por el taller del ecuadernador Nicolás: octavo mayor, holandesa con puntas hoy perdidas, gofrados en lomo y tejuelo con cartela dorada. Un tesorillo. Lo tengo delante ahora, mientras escribo, y descubro que puede seguir siendo un fiel compañero. Ya no cumple el papel que le asigné entonces, cuando me sirvió para disimular soledades, pero ahora me valgo de él para desencadenar la memoria secuestrada. Allí venía desde el ‘ascensor hidráulico’ hasta ‘Zuinglio’, sacerdote escritor y heresiarca suizo (1484-1531), como enseña la entrada: todo lo que no dábamos en las clases venía en el Calleja. En una de sus láminas en color aprendí a diferenciar entre diez clases de toros de lidia según la pinta y la encornadura.

Y en otra titulada Geografía Física, viene un paisaje lleno de accidentes que todavía hoy me traiciona en los ejercicios de relajación, “ahora relájese e introdúzcase en el paisaje”, porque yo siempre acabo entre el 57, que son los cerros y el 66, que es el volcán; así que casi nunca entonces conseguía la “composición de lugar” ni ahora relajarme. Eso me pasa por no quedarme en el 8, que es la cala. Pero lo más llamativo y también lo más prohibido del Calleja era cuanta materia se refería a la Mitología y sus derivaciones artísticas: dioses y héroes que velaban sus vergüenzas detrás de tapacojones de acanto o de parra, Venus y Adonis de los maestros venecianos y flamencos que exhibían con descaro las vaguadas del pubis. No había yo reparado en el grave peligro que podía acarrear el Calleja hasta que alguien de más arriba, no recuerdo quién, me lo hizo notar, “deberías retirar de la circulación el diccionario”, porque la verdad es que circulaba de mano en mano continuamente, “a no ser que…”. El a no ser que consistía en que el futuro papa debía censurar láminas y viñetas como un bragetone; así que me apliqué en el oficio de censor pegando sobre aquel Olimpo alfabético apósitos cortados a medida con la materia prima que proporcionaban las tiras de papel trepado de los sellos. Era algo parecido a lo que hacía la hermana con las mariquitas, vistiendo el recortable de novia o de enfermera de Auxilio Social, aunque con diferencias, porque lo mío no era un juego, sino la labor de un sastre postridentino. Muchos años después me propuse restaurar la imagen limpia y original de aquellos coritos y, cuando lo pensé mejor, desistí. El Calleja estaba mejor así, como ahora lo contemplo, con su rastro de censuras ingenuas y caseras.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Vivíamos en un palacio / 9. Los meones


No estaba permitido abandonar el dormitorio si no era por causas mayores, un eufemismo que encerraba el significado vergonzante de algo para lo que no acabábamos de encontrar expresión adecuada. Cada uno tenía debajo de la cama su perico por si aparecía la necesidad menor, que era casi todas las noches. En la madrugada escuchaba atento el ruido ondulado del pis (la palabra era allí cursi, de niño de ciudad) chocando contra la caja de resonancia del bacín y yo jugaba, escondido en la oscuridad, a averiguar a los pies de qué cama era el suceso. Por la mañana, tras las palmadas y el saludo inicial, “Ave María purísima”, una procesión de orinantes con la ofrenda de su bacín se dirigía a algún lugar con objeto de dejarlo listo para la noche siguiente. Lo de hacerlo a los pies de la cama era la norma, por lo que ya teníamos cuidado de dejar el orinal a mano. La broma de algunos consistía en aprovechar el primer sueño y hacerlo en el perico de otro, imaginaba yo que tirando de algún registro sordo para apagar la melodía de la fuga.
Aquella obsesión de las noches, que tenía mucho que ver con el sentimiento de soledad y también con la música (aunque entonces no habría sabido explicarlo), me llevó a orinarme en la cama cada madrugada. Así fue como me convertí en miembro del grupo de “los meones”, calificación degradante que nos pusieron los compañeros “sin ninguna caridad”, a tres o cuatro niños que amanecíamos mojados. Colchón, sábanas y hasta la almohada pendían por la mañana como colgaduras delatoras de las ventanas que miraban a Gredos, como señales de socorro.
Alguien tomó una decisión: llevarnos a un dormitorio pequeño que daba a un patio interior para que nos meáramos sin escándalo ni escarnio. Y allí fuimos a parar. Desde arriba, el suelo empedrado del patio neoclásico llegó a ser alguna vez un reclamo oscuro y lejano, “efecto de las malas lecturas”, advirtió el padre espiritual cuando se lo confesé, “no pienses más en ello, reza un padrenuestro y tres avemarías”. A eso de las tres, entraba don Bernardino en el dormitorio y con amabilidad exquisita, como siempre hacía él las cosas, nos llamaba, “Jesús, arriba”, para tratar de que no ocurriera lo inevitable. Su sacrificio era en vano. Hasta que una mañana, sin previo aviso, supe que aquello no iba a volver a ocurrir. Así se lo comunique a don Bernardino. Él prefirió darse de margen unos días antes de decidir que podía volver a la sala de los conciertos nocturnos y me devolvió a la normalidad en cuanto se aseguró de que se había producido el milagro, “ves, eso ha sido porque has rezado todas las noches a la Virgen”. Los otros meones tuvieron que rezar algunos meses más.

martes, 6 de julio de 2010

Vivíamos en un palacio / 8 Rosas sin espinas


Mi padre me había encuadernado en el taller del maestro Nicolás una antología poética del jesuita Pérez de Izarra, titulada Rosas sin espinas e impresa en Bilbao en 1947. Había llegado a la familia como regalo de sor Fe, la hermana de Mamá, con destino a la educación humanística del futuro papa. Repaso ahora la Dedicatoria, en la que el antólogo (él prefiere firmar “El coleccionador”: me seduce la palabra y el concepto que encierra) explica: “ROSAS, porque espero que todas ellas [las poesías], o casi todas, os deleitarán sobremanera con el perfume exhalado de sus cálices y las bellas irisaciones de sus corolas […] pero SIN ESPINAS: porque he procurado con toda la diligencia posible que ninguna lastime al cogerlas vuestras manos angelicales”: es decir, las mías.
Fue un libro que corrió de mano en mano entre los niños de Primero para llenar las horas tediosas de estudio, sobre todo las de la última sesión del día, después de la cena. El libro, encuadernado en holandesa azul, era fácilmente reconocible para el prefecto, que sabía que llevaba el Nihil obstat y el Imprimatur reglamentarios y, por eso, lo dejaba circular con generosidad.
Si buscabas a Espronceda, allí estaban la Canción del pirata, el Himno a la inmortalidad y un fragmento del Canto a Teresa. Pero no venía La desesperación, que era el poema que yo había memorizado de otra antología, esta de mis padres: una que llevaba por título Las cien (o las mil: cien más, cien menos) mejores poesías de la lengua castellana. Un día se me ocurrió la idea espinosa y pagana de añadir por mi cuenta una hoja manuscrita con la letra más minúscula posible: toda una adenda a Espronceda, con aquellos versos que hoy me parecen una hoja del calendario Pirelli, pero tan turbadores entonces para el niño interno: “Me agradan las queridas / tendidas en los lechos, / sin chales en los pechos / y flojo el cinturón, / mostrando sus encantos, / sin orden el cabello, / al aire el muslo bello… / ¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!”. ¿Por qué se ponían chales?, ¿es que hacía frío en la cama?, ¿no tenían toquillas o camisones de felpa, como Mamá? eran las preguntas más inocentes; ¡que las otras, las espinosas...!
Olegario (los teólogos siempre han andado listos para detectar y erradicar la herejía) debió de notar que había crecido el trajín del libro de acá para allá; tal vez sorpendió un rictus despojado de lo angélico en algún lector: el caso es que se hizo con las rosas y con la espina y requisó la maceta entera hasta el final de curso.
Mi profesión de “coleccionador” no había comenzado con buen pie. Y la formación humanística del futuro papa hubo de esperar a que llegaran las vacaciones en casa, donde la censura no era tan estricta. Pero mi fama seguía acrecentándose.

martes, 22 de junio de 2010

Vivíamos en un palacio 7 / Dormitorio con vistas


Los de Primero y Segundo teníamos el dormitorio en el último piso. Desde las ventanas se divisaba el esplendor de las estribaciones de Gredos, verdes y azules, alguna vez nevadas. Sabíamos que era primavera porque llegaba hasta nuestras ventanas el chirrido de las cigarras y los grillos, la blandura de los granados en flor y el olor pegajoso de las jaras: daba pena acostarse tan temprano. Cada vez que subíamos o bajábamos, la escalera se convertía en una larga hilera de sotanillas. Estaba prohibido hablar, correr y empujarse en la ascensión y el descenso, pero si el prefecto se distraía y perdía de vista algún punto de aquella escala de Jacob, las ánimas nos las arreglábamos para contravenir las reglas y ejercer de niños indisciplinados y sin vocación, sobre todo cuando se trataba de bajar acicalados para el paseo. Lo de subir a dormir cada noche era un acto de mayor sumisión y menos regocijo: había que desnudarse con un pudor que no entendíamos, quitando y poniendo prendas por un precedimiento complicado de ocultación que no tardamos en aprender. Algunos no tenían pijama y se metían en la cama con el guardapolvos o como Dios quisiera: el caso era meterse entre las sábanas vestido, aunque fuera de inclusero. Un cuarto de hora después de haber llegado al dormitorio, llegaba don Celedonio, rezaba con nosotros y ordenaba silencio.
La cama se convertía cada noche en el útero al que necesitaba volver, recogido en un ovillo sobre mí mismo como la crisálida que espera su metamorfosis.
Se oían a lo lejos las esquilas de las cabras que volvían del ramoneo, las voces con acento llamando “¡Niñaaa, que te he dicho vengah ya!” que tanto nos gustaban, las palmadas llamando al silencio en el dormitorio vecino y los primeros ronquidos de los más dormilones.
Una mañana me desperté húmedo y con frío. Mis sábanas eran el mapa dibujado de una gran isla amarilla en medio de un mar de amoniaco.

sábado, 5 de junio de 2010

Vivíamos en un palacio 6/ Sebastián de Vivanco, Boccherini y don Constantino


Pertenecer a la escolanía del palacio reportaba algunos privilegios. No era el menor, aunque entonces lo considerara el primero, evitar algunas horas de estudio interminables, empleadas en darle vueltas a una traducción de Salustio o Tito Livio que siempre terminaba sonando a epigrafía indescifrable.
Don Constantino nos dirigía con la autoridad propia de un maestro de capilla. Cuando muchos años más tarde intimé en mis investigaciones con Sebastián de Vivanco, me vi retratado en aquellos mozos de coro de la catedral que preparaban esforzadamente los villancicos para el Corpus. Don Sebastián-Constantino era muy alto, sarmentoso y gesticulador. Me ha quedado de él la imagen de unas manos de pianista capaces de entrar en la garganta de los tiples para exigir un Fa sostenido o imponer un ejercicio imposible de corcheas y semicorcheas. Lo respetábamos y él nos correspondía con una conducta que, sin necesidad de hacer concesiones, significaba un "yo no puedo saltarme las normas, pero sois mis preferidos".
Una tarde nos llamaron a algunos cantores, "que vayáis al cuarto de don Constantino". Estaba haciendo pruebas de canto para encontrar al tiple que la escolanía necesitaba para los solos. "A ver, Arribas, ¿recuerdas el comienzo del Ave María?, pues adelante". Aclaré la voz, esperé a que sonara la frase en el piano y canté lo mejor que supe. Debió de salirme bien, porque desde aquel momento me convertí en el Tiple, con mayúscula, destinado a llenar los ámbitos del palacio con mis solos.
Después, en los libros de mi amigo Paco Vázquez, he leído que Boccherini había sido maestro de capilla del infante don Luis en aquel palacio, y he jugado a imaginarme cantando acompañado por el violón del italiano en la sala principal, la misma estancia que ocupaba la capilla dos siglos después.
Ser el Tiple de la escolanía favorecía tener más miel que los demás en el tazón del desayuno, estudiar solfeo, fumarse algunos estudios y practicar escalas en un piano desvencijado que exigía de los dedos más fuerza que destreza.
Ahora oigo canto gregoriano o polifonía con la memoria sonora de lo que aprendí en palacio y no siempre aplaudo con entusiasmo, como hacen los vecinos de banco suene lo que suene.

jueves, 20 de mayo de 2010

Vivíamos en un palacio / 5 Este niño tiene vocación


En la escuela de don Gaudencio solía aparecer algunas tardes Eugenio, un seminarista que estaba a punto de ordenarse. Él se encargaba de fomentar la vocación en los niños más piadosos. A mí me habían vestido de cura, incluso de papa, desde pequeño. Yo creo que mi madre soñaba con contemplarme, arrobada, en la Plaza de San Pedro, impartiendo desde el balcón la bendición urbi et orbi... et matri. Así que estaba destinado a entrar en palacio.
Tener vocación o no tenerla: esa era la cuestión primordial allí. A menudo conversábamos entre nosotros, niños de diez y once años, sobre el enigma, "Félix se va a marchar porque dice que no tiene vocación", "a mí me ha dicho don Victorino que es pronto para saberlo", "pues yo creo que sí que la tengo". La vocación formaba parte de aquellas cosas que sabíamos que tenían que llegar, pero que todavía no habían aparecido: algo más bien físico que descubríamos en los mayores, a los que veíamos, sobre todo cuando llegaba la primavera, abandonar el recreo de repente y dejar el partido a medias para entrar en la capilla, como movidos por un resorte de urgencia. Luego salían un poco traspuestos, aunque yo interpretaba que podía ser también por el intenso olor de las azucenas, capaz de tumbar al más plantado. Observaba de reojo a mis compañeros en los rezos y cuando íbamos por los pasillos, para ver qué cara ponían y si ya les había llegado. Algunos signos eran detectores de que la cosa iba por buen camino: caminar cruzando las manos dentro de las mangas; llevar la cabeza baja y los ojos medio cerrados para pasar desapercibido o, tal vez, para lo contrario; cojear sin exageración, mostrándose lacerado por el cilicio. También descubrí que la vocación, tal como yo la entendía, era cosa de algunos ratos sí y de otros no. Por ejemplo, casi todos perdían la vocación en los paseos de media semana y de los domingos, una vez que los superiores, después de atravesar las calles de Arenas, daban permiso para romper las filas. Tampoco la notábamos en los partidos de fútbol o de pelota a mano, durante los cuales nos brotaba otra más reconocible: la de hinchas de Sierra o de Moraña. Y, sobre todo, en mi caso se diluía como la miel que ponían en el desayuno para endulzar la leche, cuando llegaban Papá y Mamá una mañana de domingo "de visita". Entonces me sentía arropado, por fin, e imploraba en silencio los mimos que mi hermana estaba usurpándome.
Cuando llegué a Segundo, ya lo tenía claro: a mí no me había llegado. Así que me fui a ver al Vicerrector y se lo dije. "Lo que te pasa es que tú todavía no has sentido la llamada, debes esperar un tiempo, aguanta este curso". Y para que me distrajera de mi intención de abandonar el palacio o tal vez porque de verdad cantaba bien, el caso es que me metió en el coro. Allí comenzó mi breve carrera musical, a la espera de que la dichosa vocación apareciera de una vez. ¿Sería la vocación algo parecido a los pelos del sobaco?

miércoles, 5 de mayo de 2010

Vivíamos en un palacio 4 / Estudio


Dos ratos al día, cada uno de hora y media o dos horas, teníamos Estudio. En un antiguo salón del palacio con balcones a la huerta, el prefecto nos cuidaba, "¡No quiero oír ni una mosca!". Los prefectos eran seminaristas de Quinto, a punto de saltar a Ávila y convertirse en filósofos. Ellos también estudiaban durante aquellas sesiones si les dejábamos. Podía levantarme a consultar, pero antes debía armar bien la pregunta para que no se notara que, en realidad, se trataba solo de estirar las piernas y dar una mínima muestra de independencia. Uno de los prefectos más serios y exigentes con la cosa del silencio era Olegario: ¿el teólogo González de Cardedal?, es posible. Allí pasábamos las horas muertas repartiendo la atención entre las diez frases, "las diez siguientes para mañana, bien traducidas", y la luz cegadora del cielo estrellándose en los tableros plantados de la huerta.
José Luis no se concentraba si no estaba sobándose el lóbulo de la oreja izquierda con la mano derecha, y Tomás, su hermano, columpiaba las piernas, que le colgaban de la silla, como un autómata. Vicente era la garantía de que nada era intraducible y Rafael era un maestro en ordenar aquello hipérbatos violentos de los textos latinos, ¡qué manía de ponerlo todo patas arriba, los clásicos". Joseantonio, mi amistad particular, se carteaba conmigo desde dos filas más atrás, a la derecha, mediante recados escritos en diminutas esquelas que volaban certeras: "¿Te acuerdas de la tarde del bautizo?" (que no se me olvide contarlo otro día), y yo: "Cállate, que nos la vamos a cargar"; pero a Josantonio solo era capaz de callarle su tío el canónigo, y no estaba allí por suerte para él. "A ver, Bescós y Arribas (para algunos superiores solo teníamos apellidos), ¿qué os traéis entre manos?".
Una tarde, Domingo estudiaba sin poder sentarse, de codos sobre el pupitre. Se lo impedía un divieso rebelde en el culo, que llevaba siendo motivo de bromas crueles desde hacía días. Pero la peor, la más dolorosa, estaba por llegar. Joseantonio, que ocupaba el pupitre detrás del suyo, me había advertido: "Estate atento". Fue mirarle y le vi catapultar el pie izquierdo, con el que lanzaba siempre el córner a pesar de ser diestro, para practicarle una cura cruenta del divieso. Gritos de dolor de Domingo, reprobaciones del prefecto, desconcierto y risas. Y el prefecto:
-Arribas, ¿qué ha pasado?
No sé de dónde me salió:
-¡A mí qué me cuenta!
A Joseantonio, la operación quirúrgica le costó una carta a su tío y que se pusiera en entredicho su vocación, ¡con lo claro que lo teníamos los dos! Y yo debí escuchar una plática del vicerrector por maleducado, que no me pareció demasiado convencida, por un leve rictus que se aproximaba a la sonrisa. Poco a poco, iba yo labrándome una fama.

domingo, 25 de abril de 2010

Vivíamos en un palacio 3 / Pretéritos y supinos

El examen de ingreso en el Bachillerato no había sido tan difícil como había profetizado con alarma don Gaudencio: el análisis morfológico, un dictado y unas cuentas bien resueltas nos habilitaban para comenzar Primero en el Instituto de Vallespín. El tribunal debió pasar por alto, para no suspendernos a todos, que en el dictado escribiéramos "don Oso cortés", donde nos habían propuesto "Donoso Cortés", familiarizados, como estábamos, con cuentos en los que los animales gozaban de tratamiento y virtudes. ¿Cómo íbamos a creer que alguien podía llamarse Donoso, si ya nos parecía exagerado que hubiera un Onésimo y encima Redondo de apellido?
Cuando comenzamos el curso en el palacio, pronto descubrí que aquel ingreso de junio había sido para otra cosa, que allí no se ponía el mismo interés en aprender los ríos o los reyes godos y que pi erre al cuadrado no servía para lo mismo que pi dos erre, como de saberse las declinaciones y conjugaciones latinas, la lista de los pretéritos y supinos, más un vocabulario creciente al que nunca le veíamos el final. Me entusiasmé con los pretéritos y supinos, aquella lista mágica que daba origen a tantas palabras distintas.

Era por Semana Santa. Cierto día entró en clase uno de otro curso, mayor, y le dijo un recado al profesor casi al oído. El cura paseó la mirada por la clase (¿qué habría ocurrido?) y, señalándome, dijo:
-A ver, Arribas, acompaña a Emiliano.
Sentí el terror de quien se ve acusado sin saber de qué. Emiliano, que era de La Moraña, mientras recorríamos los pasillos no soltaba prenda. Por fin, llegamos a la puerta de un aula en la que entramos sin llamar. Hubo un murmullo entre los mayores al ver al inocente entrando en el templo.
-¡Para vergüenza vuestra, este alumno de Primero...! Por cierto, ¿cómo te llamas? -interrogó Caifás.
-Arribas, me llamo Jesús Arribas -contestó Jesús en medio de la turba, mientras apretaba las piernas para no orinarse allí mismo.
-¡Para vergüenza vuestra, Jesús Arribas os va a decir cuál es el pretérito y supino de labor.
Se hizo un silencio en el que me pareció que todos estaban esperando a que el reo pronunciara blasfemia para desgarrarse los guardapolvos.
-Labor, laberis, labi, lapsus sum -recitó Jesús de corrido.
Se oyeron murmullos de admiración, interrumpidos por un sermonazo de don Alejandro a fariseos y saduceos.
-Ya puedes marcharte, Arribas.
Volví a recorrer, esta vez sin esbirro, aquellas galerías de techos altísimos, como un infante abandonado, hasta mi clase.
-¿Qué tal ha ido, Arribas? -se interesó el profesor.
-Muy bien, don Bernardino.
Me sentí a salvo. Se me habían pasado las ganas. Los otros, que no entendían qué era lo que había estado tan bien, me miraban con asombro. Adiviné que cada uno estaba inventándose una historia, a cual más morbosa, y me sentí importante. Así que decidí tenerlos intrigados hasta el paseo del domingo.

martes, 20 de abril de 2010

Vivíamos en un palacio / 2. Sierra contra Moraña


El segundo día se nos fue en organización. No habíamos llegado todos la tarde de los mareos, pero a lo largo de la jornada siguiente el palacio recibió a los que venían de los pueblos del Tiétar y de la vecina Toledo. En aquellas pocas horas, ya habíamos adquirido la categoría de veteranos para mirar con cierta compasión a los recién venidos: simplemente, ya no éramos los últimos.
De manera natural -aunque también es posible que se debiera a algún sustrato oculto-, los nuevos fuimos clasificados en dos formaciones que no tenían identidad ni reglamento: Moraña o Sierra. Se daba por sabido que los morañegos eran toscos, nobles y hacían el saque en el frontón más lejos; mientras los serranos se mostraban astutos y más ágiles con la pelota para buscar la banda. Los morañegos eran rubicundos y macizos, mientras los serranos parecían cetrinos y un poco tirillas. Aquellos primeros días nos aplicamos en reconocernos dentro de las etnias que alguien había fijado. Era evidente que lo teníamos difícil. ¿Dónde encajábamos los de la Capital? Nadie nos quería en su tribu: los de la Moraña nos contemplaban con cierto desprecio, y los serranos, otro tanto. A unos y otros les parecíamos demasiado blanquitos, con una fisionomía (así lo decía Ingelmo, el más etnólogo de todos) un tanto blanda, de nenitas. Nadie nos quería en el frontón. No nos quedó más remedio que formar una tribu particular y minoritaria para defender nuestra condición de niño-de-ciudad, con la ayuda de los de otros cursos que ya habían pasado por lo mismo. Nos relegaron a jugar en el frontoncillo divido en dos que era, en realidad, la parte trasera del frontón grande.
Toda aquella segregación se venía abajo cuando pasábamos de la pelota al fútbol. Entonces, serranos y morañegos echaban la alineación a pies y nos elegían primeros porque, al parecer, éramos buenos en los regates y en el área.

martes, 13 de abril de 2010

Vivíamos en un palacio / 1. Aquella tarde de finales del verano


Aquella tarde de finales del verano de 1950, nos metieron en un autobús que salió de la Plazuela de la Fruta, subieron las maletas a la baca y enfilamos la carretera de Arenas. Cruzamos Menga y El Pico, descendimos por las Cinco Villas entre mareos y ruidos del motor renqueante y, a eso de las siete, estábamos entrando por la pérgola emparrada del palacio. Era la primera vez que veía uvas colgando de los sarmientos. Arenas era un coro estridente de chicharras camufladas en la espesura de los olivos, los granados y los pinos. Los curillas llegábamos arrastrando nuestra maleta y el paquete con la comida. Nos habían confeccionado una sotana en "Castor", el sastre del clero que tenía la tienda en José Tomé. "Cuídala mucho, hijo, que ha costada cara", recomendaban las madres. Mamá estaba practicando por entonces corte y confección por correspondencia y se había empeñado en ahorrarse la factura del sastre. Había que sacarle partido a la matrícula; así que compró una tela con poco apresto y armó, como Dios le dio a entender, una especie de hábito con treinta botones que mostraba querencia a pingar hacia dentro en los bajos. A la hora del paseo, en la revista, siempre me parecía ver la mirada inquisidora de don Celedonio preguntándose: "¿De dónde habrán sacado el paño?". Aquella noche de la llegada al palacio, fue la primera de mi vida en que Mamá no me besó antes de dormir. Me vi depositado en una cama, dentro de un dormitorio corrido, junto a otros veinte niños llegados de la ciudad y de los pueblos. Estábamos agotados por el trajín del viaje y el acomodo, y nos dormimos enseguida. Antes se oyeron algunos sollozos.